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¡Feliz Navidad!

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Perspectiva

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¡Feliz Navidad!

“Y el Verbo se hizo hombre y habitó entre nosotros”

Juan 1:14

Desde que era un niño, como hasta ahora, diciembre me ha parecido mágico. Cuando niño, sin duda la expectativa de recibir los regalos que Santa Claus me trajera era el principal motivo de mi alegría; cuando adolescente, las vacaciones y la oportunidad de descansar de lo que en esos días consideraba como una “carga” – la escuela – suplían hasta cierto punto los regalos que ahora cambiaban su origen; desde hace algunos años, finalmente he entendido que el gozo que siento en estas fechas es porque celebro en mí el nacimiento del Hombre Más Grande que ha existido jamás y, también, la posibilidad de reunirnos en familia alrededor de la mesa, para crear recuerdos y vivencias que alumbren nuestros años futuros.

Creo que la verdadera medida de la influencia que un ser humano ha tenido en nosotros es adoptar y continuar las tradiciones que nos inculcó mientras vivió. Así, mientras por un lado descubrir cuánto en realidad vive Cristo en mi corazón desde los 17 años vino a llenarme de felicidad por el simbolismo que rodea la Natividad, hay alguien más a quien debo también esta particular disposición y felicidad interna, esta sobredosis de joie de vivre que me impulsa en estas fechas: mi amada Chichí.

Ella, hasta la última Navidad que pasó junto a nosotros, nos exhortaba a reunirnos alrededor de la mesa en la Nochebuena, rememorar a aquellos que ya no estuvieran con nosotros, brindar por ellos y por nosotros, y gozarnos y solazarnos en aquellos que aún nos acompañaran. Siempre finalizaba su exhorto diciéndonos: “Cuando yo no esté, deseo que sigan reuniéndose como hoy, en familia.” Hasta ahora, no le hemos fallado.

Es fácil perder de vista cuál es el motivo principal de la Navidad: el nacimiento de Jesús, como símbolo de renacimiento de algo bueno – lo mejor – en nuestros corazones; como un recordatorio de su evangelio simplificado, aquél que dice “Trata a los demás como a ti mismo” y que encierra tal profundidad y guía moral en tan pocas palabras.

A lo largo de nuestras vidas, diciembre viene siendo un paréntesis en el cual podemos abrir nuestro corazón, curar heridas, y prepararnos para recibir nuevamente la luz que proviene de esas palabras, alistándonos para iniciar un nuevo año con las mejores armas posibles: una brújula moral y un renovado sentido de compasión.

En este mes de diciembre tenemos la mejor oportunidad de encontrar otro elemento que nos llena de satisfacción cuando finalmente lo comprendemos: Hay mayor satisfacción en dar, que en recibir. Hay tanta gente necesitada, tanto en lo económico como en lo sentimental, a la que pudiéramos ayudar, compartiendo con ellos parte de nosotros, El corolario a lo mencionado es “Quien da más, recibe más”, pero no lo veamos mezquinamente como una inversión de bienes materiales en espera de una retribución, sino más bien como la posibilidad de sentirnos verdaderamente humanos solidarios con aquellos que necesitan de nosotros.

Tal vez por medio de una pequeña donación, o tal vez a través de una caricia o un abrazo, el caso es que tenemos muchas maneras de compartir lo nuestro con aquellos que lo necesitan, aquellos que llamamos prójimos, muchas veces comenzando en nuestras propias familias.

Desde esta perspectiva, diciembre es singularmente hermoso por los motivos expuestos, y porque llevamos nuestras emociones a flor de piel. Es cuando más cercanos nos encontramos a la verdadera naturaleza humana, acaso por la influencia del nacimiento del Salvador de los Hombres, acaso porque esa bondad que nace a partir de este milagro es tan poderosa que nadie puede permanecer incólume.

Como fuera, esta Navidad brindemos por aquellos que nos han precedido, y también por aquellos que aún nos acompañan; actuemos en beneficio de aquellos que necesitan; prodiguemos amor y buenas acciones. Seguramente encontraremos – no falla – que la satisfacción reside en dar, más que en recibir.

Feliz Navidad, amables lectores.

Gerardo Saviola

gerardo.saviola@gmail.com

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