Inicio Portada Nicaragua conmemora el centenario del Cardenal Miguel

Nicaragua conmemora el centenario del Cardenal Miguel

92
0

Visitas: 98

Rafael Quintana

El Cardenal Miguel Obando y Bravo fue uno de los líderes religiosos más prominentes de Latinoamérica en el siglo XX y el XXI. Vivió tiempos turbulentos: la dictadura de la familia Somoza, la insurrección que llevó al poder al sandinismo, la revolución socialista, la guerra de la Contra y, finalmente, la accidentada transición democrática de Nicaragua.

En vida, generó mucha controversia porque, dada la polarización y el conflicto, cada bando le demandaba su apoyo y el rechazo al otro bando. Con el paso de los años ha sido reconocido como un hombre consagrado a procurar la reconciliación entre los nicaragüenses como un requisito para alcanzar la paz.

El 2 de febrero, Nicaragua conmemoró el centenario de su natalicio.

Entrevistamos al Doctor Francisco Mayorga, economista y escritor, recordando sus años junto al Cardenal Miguel y su legado.

El Cardenal Miguel conversa con su vicerrector académico, el Doctor Mayorga, en la ÚNICA, en 1993.

Doctor, ¿cómo comenzó su amistad con el Cardenal?

Fue en el contexto de un secuestro en el que el Cardenal Miguel fue requerido como mediador. Serían las cinco de la mañana de un día de agosto de 1993 cuando salimos de Managua rumbo a Quilalí para negociar la devolución de veintiún funcionarios de gobierno que José Ángel Talavera (conocido en el Frente Norte 380 como “El Chacal”) tenía como rehenes en Caulatú. Yo iba con el Cardenal Miguel en su camioneta. Atrás, en un segundo vehículo, acompañaban al Cardenal los monseñores Eddy Montenegro y Bismarck Carballo.

En esa misión de alto riesgo en la montaña tuve la oportunidad de conversar largamente con él, mientras viajábamos de Managua hacia Sébaco. Yo había ya viajado dos días atrás a Caulatú a negociar la liberación de los primeros veintiún rehenes. Por eso él perspicazmente me interrogó sobre la situación, la personalidad de Talavera y de su hermano Salvador, y detalles específicos sobre los rehenes que yo había tenido la oportunidad de ver.

Fue muy metódico. Era evidente su experiencia en situaciones similares. Él ya había logrado mediar en el secuestro de la casa de Chema Castillo en diciembre de 1974, y en el de agosto de 1978, cuando un pelotón de guerrilleros sandinistas bajo la conducción de Edén Pastora secuestró a todos los diputados en el Palacio Nacional, en una gesta singular que asombró al mundo.

En Sébaco, paramos a recoger al entonces Monseñor Leopoldo Brenes, obispo de Matagalpa y hoy nuestro Cardenal de Nicaragua. Luego, igual en Estelí por Juan Abelardo Mata, obispo de Estelí.

Durante el largo y riesgoso viaje pude realmente conocer al maestro y sus discípulos. Polito era humilde y manso de corazón, aunque profundo y sagaz en sus reflexiones. Juan Abelardo era intenso y apasionado, con el fuego de Pablo en su palabra.

Es histórico que el Cardenal Miguel tuvo que mediar en momentos de gran tensión. ¿Cómo era el Cardenal en esas negociaciones?

Algún día narraré los detalles de ese dramático episodio. Hoy solo quiero anotar que quedé profundamente admirado de las destrezas negociadoras del Cardenal Miguel, pidiendo a Polito que interviniera cuando era necesaria una voz suave, pero persuasiva, y a Juan Abelardo cuando era necesario presionar enérgicamente. A mí me hacía intervenir cuando quería hacer ver el costo económico de cada exigencia de los Contras.

Fueron sin duda las palabras directas y serenas del Cardenal Miguel las que lograron hacer comprender a los secuestradores que los ofrecimientos del gobierno de doña Violeta eran justas. Después de ocho horas de intensas negociaciones, salimos de vuelta a Managua con los veintiún rehenes y el compromiso del gobierno de cumplir los acuerdos.

Fue el último estertor de la guerra de la Contra, que había desangrado al país por diez años largos y sombríos.

Usted colaboró con el Cardenal Miguel en el período fundacional de la Universidad Católica. ¿Cómo se dio esto?

Poco tiempo después de la mediación en Caulatú, el Cardenal Miguel me invitó a servir como vicerrector académico en la recién fundada Universidad Católica. Hoy esa universidad lleva su nombre y es una institución de gran prestigio académico.

Eso fue hace más de treinta años. Allí pude conocerlo aún más de cerca, como gran profesor, como filósofo de la educación y como líder conduciendo un equipo de seglares. Aprendí mucho de su trato amable y firme. Siempre empático, pero apuntalando la disciplina en el trabajo. Lo que más me impresionó fue su espiritualidad. Muchas veces toqué a la puerta de su despacho y entré para encontrarlo de rodillas en el reclinatorio frente a su pequeño oratorio en el fondo.

Igual me sucedió cuando llegué a su casa por alguna emergencia, en diferentes momentos y a veces a deshora. Muchas veces lo encontré de rodillas, rezando en el oratorio de su casa. Era una casa sencilla y austera. Siempre humilde, nunca se le pasó por la mente hacerse construir un palacio arzobispal. Eso no estaba en su naturaleza humilde.

Habiendo tenido el privilegio de conocerlo tan de cerca, puedo afirmar, sin lugar a duda, que era un hombre de oración, un modelo de sacerdote, un santo varón.

He dicho antes que el cinismo y el materialismo de la vida moderna nos han hecho perder de vista algunas virtudes fundamentales. Una de ellas, quizá la más importante de todas, es la virtud de la santidad.

La bondad, la abnegación, la pureza de corazón, la generosidad, son virtudes que han quedado fuera de las cualidades que la modernidad aplaude.

Por eso, a veces, pasa un santo a nuestro lado, pasa una santa, y no somos capaces de reconocer el aura bendecida que los envuelve.

Yo pude, en esos años cerca del Cardenal Miguel, percibir y apreciar el aura consagrada de su vida santa, su profunda fe, su vida de oración, su apostolado y su entrega a los demás.

¿Cuáles fueron sus impresiones durante la conmemoración del centenario del Cardenal Miguel el dos de febrero?

Asistí con devoción al acto celebrado en la Catedral Metropolitana. El templo estaba atestado de feligreses de todas las vertientes. Hubo una delegación de alto nivel del gobierno, con varios ministros y la alcaldesa de Managua presentes.

Allí tuve de nuevo la oportunidad de escuchar la voz siempre humilde y sabia del Cardenal Leopoldo Brenes, llena de cariño para quien fuera su preceptor, y de la luz del Espíritu Santo para tocar los corazones de los presentes.

Hubo varios discursos que abordaron las diversas dimensiones de la personalidad y los hechos del Cardenal Miguel. La rectora de la UNICA, Michelle Rivas, reseñó la tenacidad constructora y el estilo de liderazgo del Cardenal Miguel en el complejo proceso de juntar voluntades y construir la universidad que hoy tiene la bendición de llevar su nombre.

También se mencionaron las grandes obras que el Cardenal Miguel edificó en la reconstrucción de la Managua post-terremoto.

En efecto, varios oradores mencionaron su colosal labor al erigir rápidamente los nuevos templos de Managua, arrasados por el asolador terremoto de 1972.

También se reconoció la titánica tarea de construir una nueva Catedral Metropolitana, una nueva Curia Arzobispal, y la admirable labor de fundar el nuevo Seminario Arquidiocesano.

Grande es el legado del Cardenal Miguel como constructor de obras para el bien del espíritu humano.

¿Tiene algún otro recuerdo, otra memoria del Cardenal Miguel?

En la ceremonia de conmemoración, escuché una vez más la sonora voz de Monseñor Bismarck Carballo, gran orador sagrado, reseñando diversos aspectos de la vida pública del Cardenal. Me alegró que mencionara al doctor Luis Humberto Guzmán, jurista demócrata cristiano que, siendo presidente de la Asamblea Nacional a mediados de los noventa, impuso al Cardenal Miguel la condecoración en oro de ese poder del Estado.

En ese momento se me vino otro recuerdo a la mente: El doctor Guzmán, al condecorar al Cardenal en la recién inaugurada Catedral de Managua, dijo palabras que para mí son inolvidables: “Cardenal, su nombre Miguel significa mensajero; su apellido es Bravo y usted es nacido en La Libertad. En consecuencia, podemos afirmar que usted es un bravo mensajero de la libertad.”

El gobierno también ha dado reconocimientos al Cardenal…

El gobierno de Nicaragua ha sido completamente justo al conferirle el título honorífico de “Prócer de la Reconciliación y la Paz”. La Asamblea Nacional ha creado recientemente una nueva condecoración en reconocimiento a la labor ejemplar del Cardenal, procurando incansablemente la paz y la reconciliación de la familia nicaragüense.

Esa dimensión fundamental ha caracterizado al Cardenal Miguel como un verdadero discípulo de Cristo en la prédica incansable de su mandamiento evangélico: “Amaos los unos a los otros”.

Su ejemplo será siempre un bálsamo y un faro para movernos a dejar atrás nuestras diferencias, resolviéndolas en un marco de armonía, practicando la tolerancia y el amor cristiano.

Escuché muchas veces decir al Cardenal Miguel: “Hay que mantener a Cristo en nuestro corazón para cerrar la puerta al odio e impedir que vuelva la guerra.”

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.