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VI

I.- Proa
AQUÍ estoy, mar. Vine sin Ella
–ante la que mi corazón se arrodilla–
Ella, proa del cantar.
Honda tu voz, áspera de sal,
me lava y me descubre su recuerdo,
que yo había creído sepultar.
En ti pensamos, arrugado mar,
cuando sentimos alas y cantos de pájaros en los corazones,
y soñamos volar.
II.- Nado libre
Voy en ti, sobre tus olas altas,
lírico idioma el tuyo que interpreta
el temblor de su voz y de su alma.
Pequeños nudos de mi brazo a nado
en tu espalda. Te siento laxo, débil.
Tal vez yo tenga triste el corazón.
Yo no soy un romántico, lo sabes.
Soy de tierra de agaves y mi cuerpo
es de roca con un alma de espinas.
El tontiloco amor quiso probarme:
echó en mi roquedal granos de ensueño
y me volví nidal de golondrinas.
Alado amor que se empapó de cielo
y que viví de cortar estrellas,
caído en su cosecha de luceros.
En mi pampa sedienta
donde nada podía florecer,
ella aventó un beso y brotó un árbol.
Crece, sube a tientas dentro de mí
–¿has visto caminar a un niño ciego?–
este amor, buen amor, mi dulce amor.
Voy contra ti, reptando en la marea.
No calmas, pero enjoyas con tu espuma
el drama de la sed que vivo yo.
III.- Inmersión
HINCHO el pulmón, desciendo a tus entrañas
–fauna y flora achatadas y deformes,
universo en que nada es vertical.–
Sonidos para sordo: de temblores;
panorama de ciegos: corto, frío;
aletazo y temor de eternidad.
Peso de mundo en mis arterias, peso
de mil atmósferas: galopa
dentro de mi corazón la inmensidad.
Con ademán de náufragos, emerjo.
Soy en la superficie como una
burbuja de la nueva humanidad.
Siento que el pensamiento se ha lavado
un poco y que el recuerdo canta
y duele más.
IV.- Saloma
ESTA mi noche, la noche mía,
tuvo luceros de oro sin par
cuando Ella dijo que me quería.
Cuando Ella dijo que me quería
cegó mis ojos la luz del día
y en mi desierto brotó un rosal.
Desierto mío: el mar sin puerto.
Ni alas ni mástil: solo el desierto
con la salumbre de mi cantar.
Alzo el poema lleno de estrellas:
Voy contra el mundo pensando en Ella;
pensando en Ella voy contra el mar.
- Ancla
ORIANA sin par, epicentro
del dolor más feliz que yo tuve:
te amo y te acaricio en mis versos.
Quería un amor como el tuyo:
que me podara el corazón,
que hiciera, de todas mis angustias, una.
Una enorme, ilímite, capaz de ensancharme
el alma y de hacerme más hombre
y de anclar mi esperanza.
Aquí en la luz, aquí en el oro
potable de tu nombre, mar
que me cerró los labios.
Miguel Ángel Menéndez
Continuará la próxima semana…





























