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IX
Madrugada

Le despertó la sensación de hormigueo en el brazo izquierdo. “¡Vaya! No duermo yo y se me duerme el brazo.”
Tanteó sobre la cama en busca de la camiseta, la encontró y se secó el cuello. Brotaba sudor de todo su cuerpo; penetró al abrir los ojos, que le ardieron con una sensación quemante. ¿Treinta y siete, treinta y ocho, treinta y seis grados?
Igual que aquella vez en Valle Chico. Solo que en esa ocasión se levantaron de la cama y, entre risas y juegos, embromándose uno al otro, se metieron bajo la regadera. ¡Después, después…!
“¡Vaya! Ya estamos de nuevo con el tema.”
¿Qué hora sería?
Tomó un cigarro de la cajetilla puesta a su alcance sobre la mesa de noche y, a la flama del encendedor, adivinó más que vio la hora. Las dos de la mañana.
A su lado, la mujer se revolvió, acomodándose de nuevo, y reanudó plácidamente la rítmica respiración del sueño.
El cigarro le supo amargo y, tras dos breves chupadas, lo restregó contra el cenicero.
Si al menos pudiera levantarse y leer, o salir, oír música, emborracharse, caminar de un lado a otro. Pero no, había que simular tranquilidad, no era justo que en la casa se enteraran de sus problemas. Si, por el contrario, esta situación se hubiera presentado en el otro lado, no hubiera tenido inconveniente en platicarlo una y otra vez; cuando algo le inquietaba, ella lo conocía tanto que, insensiblemente, lo iba orillando poco a poco hasta que, en catarsis benéfica, un torrente de palabras lo hacía desahogarse y enfocar los problemas en su justa dimensión.
Pero ya estaba de vuelta con el tema.
Cerró los ojos, apretándolos fuertemente. ¿Qué hacer para dejar de pensar? Uno de sus hijos tosió en el cuarto vecino. Bendijo la coyuntura, y se levantó para asomarse a la cama del niño. Nada, respiración tranquila, le tocó la frente más por distraerse que en busca de una fiebre que él sabía que no tenía.
No como aquella fiebre que le acometió en Cruz Verde y que a ella le hizo pasar la noche en vela, sentada en la cama a su lado, pendiente hasta del menor de sus movimientos, en amorosa vigilia. Por reflejo, se llevó la mano a la propia frente y comprobó que ardía.
Volvió a su cuarto, prendió otro cigarro.
Si al menos amaneciera.
El día significaba descanso. La oficina, el trabajo, ponían en segundo plano su angustia. Le permitían hacerse la ilusión de que la olvidaba y, a la salida, se refugiaba con dos o tres compañeros en el bar próximo. Allí, entre risas y bromas de grueso calibre, las rondas se sucedían, aletargando la mente. Antes, cuando se juntaba con ellos y con ellas, ¡qué bonito era el disfrutar del ambiente! Las horas transcurrían sin sentir y, por el solo hecho de estar en su compañía, se sentía grande, fuerte, inteligente, ingenioso, capaz de muchas cosas buenas, bellas y útiles. Sintió en el pecho la sensación de dolor, un encogerse del corazón, como cada vez –como siempre– que pensaba en ella.
Trató de pensar en otras cosas. En su mujer que, ignorante y confiada, dormía en el lecho conyugal. En sus hijos, sobre todo en el mayor, ese muchachón que descollaba lo mismo descifrando las reconditeces de una regla de tres compuesta, como los misterios de las curvas que disparaban los lanzadores de los equipos contrarios. Ese muchachón, todo alegría, que pronto sería hombre. Un hombre del que habría que cuidarse para que no los sorprendiera.
Una acre sonrisa apenas si desdibujó su cara. Por ratos se olvidaba de la realidad. Pensaba que lo irremediable no había sucedido y planeaba sus acciones futuras como si contara con el aliento de ella.
Otra vez la burra al trigo.
Tenía que sobreponerse. No era justo que su mujer y sus hijos cargaran con sus penas. ¿Acaso habían disfrutado de su dicha?
Un dolor le martilló las sienes. Fue como sonámbulo al botiquín del baño, y del frasco de analgésicos tomó dos píldoras que apuró, empujándolas con el agua de la llave. Esperó unos minutos, así de pie.
De pronto, se dio cuenta de no haber necesitado hacer luz para encontrar lo que buscaba. En el reloj de una casa cercana sonaban –graves y pausadas dicen los escritores– cinco campanadas. De la calle venía el ruido de la ciudad que despierta.
¡Qué descanso! Un nuevo día comenzaba.

Luis H. Hoyos Villanueva
Continuará la próxima semana…





























