Inicio Nuestras Raíces Conociendo A La Gente

Conociendo A La Gente

12
0

Visitas: 1

Conociendo_1

Vivencias Ejemplares. Apuntes de un Maestro Rural.

Conociendo A La Gente

El recibimiento no podía haber sido mejor: los niños se acercaban curiosos a verme y yo aprovechaba para hacer amistad con ellos. Así conocí a Floriberto –extraño niño –, moreno, de pelo abundante y muy rizado que le quedaba como un gran gorro, pero lo que más llamaba la atención eran sus ojos siempre enrojecidos, achinados e inclinados de afuera hacia adentro, cejas tupidas con una punta medio a lo diablito, de voz ronquita y una sonrisa que dejaba ver unos dientecillos bastante disparejos; a Manuelito Luna, blanquito de ojos grandes, claros y redondos, bajito y muy vivaracho; a Toñito Hernández, delgadito y alto, precioso niño de ojos de un café claro más grandes de lo que pudiera considerarse normal, de vocecilla un tanto nasal.

Me entregaron la llave de la escuela que, como la mayoría de las rurales, solo tenía hasta tercer año. Toda la escuela era una sola aula. Espaciosa, eso sí, de color amarillo. Los muebles estaban en buenas condiciones. La escuelita estaba en medio de un terreno de uno 20 por 20 metros. Limpio, pero sin plantas.

Revisé el archivo y, no satisfecho con sólo lo que ahí se informaba, comencé mi censo escolar. Como llegué antes del tiempo de iniciar las labores escolares formales, pude tranquilamente recorrer el pueblito casa por casa y no hubo una sola en la que fuera mal recibido. Aquí no se dio el caso como en El Ahijadero en donde un señor me dijo: “¡¿Escuela para qué?! ¡¿Para que aprendan a escribirle cartas al novio?!”

Aquí la gente era más receptiva y siempre fui recibido con sonrisas y con la invitación de “pasar a lo barrido”. La gente era menos arisca, menos recelosa.

Desde la primera noche me fui a la escuela con mi aparato –quinqué–, porque no había luz eléctrica y ahí se empezaron a acercar los que serían mis mejores amigos, aliados y colaboradores: los hermanos Jesús y Juan Ruedas, Chanito Martínez, Nacho el lechero –papá de Floriberto– quien vivía al lado de la escuela, don Aurelio Domínguez, el de la tiendita que estaba a un costado de mi casita cruzando la calle, Epigmenio –Pimenio –, me parece que Torres, Nicolás Garay y otros.

De las pláticas con ellos se fue conformando un plan de trabajo social, aparte de las labores escolares normales, plan que se materializaría en los desayunos escolares, clases nocturnas para los adultos analfabetas, organización del servicio de biblioteca con algunos libros que había en la escuela y otros míos, instrucción militar a los guardias rurales con base en un manual que ellos tenían, labores manuales para las alumnas –bordado y tejido sobre todo– a cargo de muchachas y algunas señoras de la comunidad, después de las clases de la tarde, etc. Igualmente, les informé que podía inyectarlos y atender algunos problemas de salud comunes, en tanto podían ir al médico. Solicité parte del terreno de atrás de mi pequeña vivienda para que, bardeado, pudiera servirme como patio –corral le llaman ellos–, para lo cual pedí material y organizarse para hacer fajinas –jornadas de trabajo colectivo de beneficio social–, etc.

Todo fue aceptado, y enseguida se puso manos a la obra con gusto y entusiasmo. Eréndira me había adoptado como a uno más de sus hijos.

Yo era feliz.

El inicio formal de los cursos escolares fue con una breve ceremonia en la placita que era simplemente un espacio sin construcción alguna y que quedaba flanqueada por mi casita, la tiendita de don Aure –así se le llamaba cariñosamente–, la casa de Toño Hernández, cruzando la calle la casa de Manuel Luna y, cerrando a un costado, la iglesia. Para entonces, los niños ya medio entonaban el himno nacional pues había formado mi corito para eso.

Los vecinos aprobaron mi discurso lleno de entusiasmo, de proyectos de trabajo, y con referencias a la historia patria y a la educación como palanca de desarrollo.

Desde ese día, las ceremonias de los lunes se hicieron costumbre.

Desde la primera noche, y con bastante frecuencia, durante dos años escuché a un grupo de muchachos cantar en algún lugar cercano. Alguno de ellos, que yo creía era Tano –Cayetano–Ruedas, hacía una hermosa segunda voz a las rancheras –sólo de esas cantaban, claro–, siempre paralela a la melodía principal.

Escuchándolos me quedaba dormido.

MTRO. JUAN ALBERTO BERMEJO SUASTE

Continuará la próxima semana…

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.