Visitas: 442
Los ramilletes de Edilberto Mukul Bacab, expresión de la cultura popular
Las fiestas patronales de nuestro pueblo dan lugar y permiten manifestaciones artísticas y culturales diversas. Hombres y mujeres por igual ponen manos a la obra para que, de sus destrezas, de su legado y creatividad, emerjan objetos, artículos, símbolos para el lucimiento de la fiesta a la imagen al santo patrono de la localidad.
Debemos al patrocinio de personas e instituciones y organismos, aquí en la ciudad de Mérida y a las familias en los pueblos principalmente, que aun podamos apreciar la entrada y salida de los gremios. “La forma tradicional del catolicismo popular más recurrente en las comunidades de la entidad”, precisa la antropóloga Ella Quintal Avilés, es observar con deleite el zapateo de los jaraneros, ver la quema del torito, que se baile la cabeza de cochino y, alrededor de estos, el paseo y danza alegre de los portadores de los ramilletes.
Nuestro pueblo, Tekantó, no es excepción. Más aún cuando entre los artesanos natos y vivos destaca una persona que se dedica a la confección de los ramilletes, elementos imprescindibles de la fiesta popular y tradicional.

Visitamos a don Eddie, sobrenombre de Edilberto Mukul Bacab, en su domicilio de la calle 9 por 22 y 24 de la Colonia Santa Rosa, localizada al norte de la plaza principal. Es una persona sencilla y muy trabajadora. Le pregunto qué son los ramilletes, y por qué los hace, y me indica que son un complemento de los gremios, que le gusta mucho hacer este trabajo, y que las personas de este pueblo y otras comunidades de los alrededores le vienen a ver para que confeccione los citados elementos.
En el pueblo, este tipo de elementos los hacía una persona muy conocida, Jacobo Quijano, porque era un consumado “rezador”, muy solicitado para novenas y rosarios de aquí y más allá de las fronteras municipales y estatales. Eddie le ayudaba en la confección de estos artefactos, picando el papel. Al fallecer aquél, Eddie “heredó” el trabajo, y desde entonces los viene elaborando. Aprendizaje y trabajo independiente suman ya veintitrés años.
Los ramilletes a simple vista tienen una forma cilíndrica de punta roma. Estas figuras se forman por decenas de banderines de colores que, al girar, conforman un impetuoso y delicado remolino de papeles. Este movimiento giratorio se lo imprime el bailador al estar también zapateando y girando: con las manos hace rodar el centro, que es una viga esbelta central sobre la cual están estratégicamente situadas tres bandejas de madera de diferente tamaño sobre las que están insertadas los banderines de papel con sus astas de maderitas; “chilibes” de palma de coco, en buen yucateco.
Cada ramillete contiene poco más de cien banderines. Esta es la forma tradicional del ramillete, pero don Eddie ha introducido algunos cambios, quizá siguiendo modas, modelos, ¿por qué no?, impulsando, proponiendo un cambio, una mejoría estética y ornamental en la elaboración de estos objetos. Está confeccionando en la actualidad los ramilletes, conformados por un mástil al cual se le sujetan tres canastos o floreros de papel, del cual se desbordan flores en papel crepé, y en la punta sitúa a dos muñecos de papel vestidos con la ropa típica yucateca, es decir, mestizos.
Don Eddie nos indica que en los ramilletes, dependiendo del modelo solicitado, se hace una inversión en materiales de aproximadamente entre 80 y 180 pesos. Un gremiero puede solicitar la confección para mayor lucimiento de la citada festividad grupal, familiar y religiosa: el arco decorado de flores y luces, el decorado de velas, y los ramilletes y, una que otra vez, el decorado de la cabeza de cochino.
Don Eddie explica que un antiguo vecino de la comunidad le comentó que en el pasado los citados ramilletes estaban conformados por ofrendas, en vez de banderitas o flores de papel. Estas ofrendas podían ser frutas de las huertas de traspatio o productos de la milpa: calabazas, tomates, atados de vainas de diversas variedades de frijol, ibes, espelón, mazorcas de maíz, botellas de miel, panes, y en la parte superior una botella de anís.
Este tipo de ramilletes se pueden apreciar en comunidades del sur, como Tixméhuac, durante la celebración de la festividad de las Siete Cruces. Ahí cambia un poco el nombre, pues le llaman “ramadas”, pero no se cargan, sino que penden del techo de los altares de palma y huano, capillas o templos.

Ella Quintal Avilés, en un documentado trabajo de gabinete y campo sobre las celebraciones tradicionales en el oriente de la entidad, nos ofrece la siguiente perspectiva: El ramillete está formado por una pértiga, a la cual se sujetan por el centro –teniendo la pértiga como eje– tres, cuatro, o a veces más canastillas de bejuco (“tramo”), una encima de la otra. Cada “tramo” se adorna con papel de seda y se decora con banderitas de diversos colores, elaboradas con el mismo material. Otras veces, esas canastitas que integran el ramillete son decoradas con flores de papel crepé, o con flores de cera de abeja (en maya lolikib). Adentro de las canastitas, los socios que colaboraron con los materiales para “vestir” el ramillete colocan figuras de pan de trigo en forma de “águilas” (en maya ch’íich’ waaj), ángeles y medias lunas. Antes, estos ramilletes llevaban botellas de aguardiente, cigarros, tablillas de chocolate y muñecas de trapo. Al llegar el gremio a la iglesia, los ramilletes son colgados con largas sogas del techo del interior del templo. Muchas veces se cuelgan de la barda de madera del “coro”, donde permanecen hasta el día siguiente, cuando tiene lugar la “salida” del gremio. Los ramilletes son “bajados” por quien se hará cargo de “vestirlos” el año entrante. El contenido del mismo (figuras de pan y banderitas) es repartido entre los socios del nuevo responsable.
Comentario aparte merece señalar que, cuando se baila la cabeza de cochino, en la puerta de la iglesia, en el palacio municipal, frente al mercado y en señaladas esquinas de la población en tanto se llega a la casa, uno de los jaraneros – el más experimentado – sirve en una jícara el citado licor y lo arroja hacia arriba y en determinada dirección. Los jaraneros y el grupo de personas avanza acompañados de la charanga, voladores, y van dejando tras de sí una estela aromática de anís. Esta es la auténtica fiesta de mi pueblo.
Don Eddie, además de elaborar estos enseres para las fiestas del presente mes en el pueblo y en noviembre, recibe solicitudes de las comunidades vecinas. Su otra actividad es hacer piñatas. Es en la segunda mitad del año cuando comienzan los pedidos, y es entonces cuando los demás integrantes de su familia se suman al trabajo.
Dentro del paisaje laboral de este trabajo de elaborar ramilletes, arcos, decorados de velas, piñatas, el cual realiza “no tanto por lo que se gana, sino por el gusto de hacerlo”, hay que indicar que el trabajo fijo de don Eddie, mediante el cual genera y lleva el sustento familiar, es el de sacrificar animales, “la matanza de cerdos”, en el rastro municipal o quien lo emplee, ya sea sacrificando o también despachando la carne.
Quizá nos pueda causar disgusto o incomodidad la combinación de actividades un tanto extremas y antagónicas, lo cruel de la realidad y lo estético de la creatividad, y viceversa, pero así se nos presenta y asumimos la vida. No hay escapatoria a las contradicciones de la existencia humana, menos si las oportunidades y el quehacer diario nos son menoscabadas.
Don Eddie se enaltece, se agiganta y se le valora por la diversidad de actividades laborales para subsistir, para ganarse el pan que se lleva a la boca y con el que mantiene a su familia. Y por saber que hace algo estético, que alimenta y nutre su espíritu, que da carácter a nuestro pueblo.
Apreciamos al máximo, y distinguimos el gusto y sentido estético que don Edilberto imprime a sus creaciones de papel. La paciencia infinita en cortar y picar el papel de china o seda, pegar las banderitas sobre las agujas de los centros de las hojas de palma de coco, insertarlos uno a uno sobre las bases, con el fin de dar sentido a las expresiones de nuestra cultura popular y al lucimiento de las tradiciones religiosas paganas del genuino pueblo yucateco.
“Toma, Lee”

Ya se acerca la fecha de la celebración del santo patrono de nuestro pueblo, San Agustín, cuya imagen desciende del altar mayor y reposa en una mesa para que sus devotos toquen sus vestimentas, su libro y sientan su presencia.
En nuestro pueblo más de uno se llama Agustín; Cuxo o Cuxa sobrenombres en lengua maya en sus acepciones masculinas o femeninas. Tan solo en mi cuadra estaban Pablo Agustín, Miguel Agustín, y dos Agustinas. Si revisamos o hacemos un recuento en los libros de registros de nacimientos, nos encontraremos quizá muchos más.
Agustín de Hipona, sencillamente y sin aventurarnos más, es un santo de la iglesia católica. Pero en realidad tiene la categoría de Padre de la Iglesia, Filósofo, teólogo, escritor. Sus obras son la Ciudad de Dios, escrita desde el paganismo según Julián Marías, y Las Confesiones. Durante mucho tiempo, en la mente y el raciocinio de los hombres, fue un pilar de la concepción filosófica religiosa terrenal, como lo fue también Santo Tomas de Aquino.
Existen patrones de los cocineros y de los fogones – San Pascual Bailón –, de los campesinos – San Isidro Labrador –, de los músicos – Santa Cecilia –, y un largo etcétera. El país de los lectores podría tener en la imagen de San Agustín a su protector pues se dice que un día en Milán, sumergido en su crisis personal, se le apareció un Ángel que le ofreció un libro diciéndole: “Toma, lee”.
Texto y fotos de Juan José Caamal Canul
Fuentes:
Quintal Avilés Ella, Fiestas y gremios en el oriente de Yucatán, reproducido en «Cuadernos de cultura yucateca No. 4. CULTUR- Gobierno del Estado de Yucatán. ISBN: 968-6718-07-9. Mérida, Yucatán, México 1993. Antropóloga Social, egresada de la Escuela Nacional de Antropología e Historia. Investigadora del Área de Antropología Social del Centro INAH, Yucatán
Caamal Canul Juan José, “Las siete cruces, costumbre arraigada”. PP. 229-231. Libro “Nuestra Tierra, grandeza que desafía el tiempo”. Talleres Gráficos del Sudeste, 2001.





























