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DISCURSO – PROLOGO
López Trujillo, Poeta Inaugural
Por JUAN DUCH
Palabras dichas la noche del 14 de septiembre de 1971, en la Universidad de Yucatán, al recibir Clemente López Trujillo la medalla “Eligio Ancona”
En la creación poética, y en los quehaceres periodísticos de Clemente López Trujillo, sobresale una cualidad principal, definidora de su extraordinaria contribución –inigualada en algunos aspectos– a las letras yucatecas de nuestro tiempo y al inicio, en nuestro medio, de una etapa literaria pródiga en descubrimientos y en renovaciones.
A su obra personal que, si breve en cuanto a los títulos publicados, no por ello es menos importante y significativa, agrega López Trujillo, tan ilustre y sencillo a la vez, el cumplimiento de una tarea fundidora, o fundente, y para su difusión entre nosotros, de corrientes y procesos literarios nacionales y universales que se dieron cita en su vocación de cosechar y a los que dio puerta de entrada a Yucatán, a su literatura.
Poeta desde que, apenas salido de la infancia, publica sus primeros versos en la “Revista de Yucatán”, el crecimiento poético de López Trujillo se produce en años de vitalizante renovación de las letras mexicanas y universales. La entrega después a la poesía yucateca. Incorpora ésta a la inquietud y al lenguaje de una nueva época. Es testigo, y no como simple espectador, de la conmoción intelectual que producen la primera gran guerra en el mundo, y ésta y la Revolución Mexicana en nuestra patria. Vive intensamente los años en que se toma conciencia, a veces con desbocado optimismo, otras con frustrante amargura, de una impostergable necesidad de cambio y en favor de nuevas formas y nuevos contenidos en el arte.
Si don Enrique González Martínez había exhortado a torcerle el cuello al cisne rubendariano del modernismo, Maples Arce resolvió una madrugada, tras vigilia de quemantes fiebres, que habíamos de salvarnos por el estridentismo. El propio don Manuel explicó recientemente la utopía de esta especie de guerrilla poética: “La estrategia que convenía –teoriza a muchos lustros de aquel meterse en la “bola”– era la de la acción rápida y la subversión total. Había que recurrir a medios expeditos y a no dejar títere con cabeza. No había tiempo que perder. La madrugada aquella, sin que mediara ningún mensaje a la Corregidora, me dije: no hay más remedio que lanzarse a la calle y torcerle el cuello a don Enrique González Martínez.” Pero Maples Arce, ya en la serenidad de los exámenes históricos, enseguida aclara: “Más que las teorías, las afirmaciones, la agresividad propagandística, lo importante es que al mismo tiempo iba surgiendo un arte nuevo.”
Fue la época (y quede bien claro que no habremos de ajustarnos aquí a una precisa cronología, ni al orden de las fechas exactas, intentando únicamente los trazos de un panorama muy general) que dio océanos de navegación y caminos de andanza a la adolescencia y a la Juventus de López Trujillo: el tiempo de las explosiones y repercusiones del surrealismo, del expresionismo, del futurismo, del ultraísmo. Un estremecimiento, un sismo universal que ha de extenderse a lo largo de varios decenios. Vicente Huidobro retorna a Chile con los frutos de las mismas semillas que él había ayudado a sembrar en Europa. Jorge Luis Borges atiende semejantes empresas de transportación entre dos orillas. Comienza a influir poderosamente en México Marcel Proust. Y empiezan a llegarnos las voces de Neruda y Vallejo. De España, sobre la influencia hondamente arraigada del 98, van haciéndose presentes entre nosotros Gerardo Diego y Gómez de la Serna y, poco después, García Lorca y Rafael Alberti.
México, sin embargo, no sólo es receptor, recipiente. Hace lo suyo. Y no es poco lo que hace. En nuestras letras –cito textualmente a José María González de Mendoza– “fue José Juan Tablada el primero en percibir la importancia y las posibilidades de las nuevas corrientes artísticas; su mérito es haberlas sentido a la “mexicana,” no imitando, sino asimilando cuanto en ellas era esencial, y usando esos medios y recursos para expresar lo que nos es propio y característico. Con ellos hizo poesía mexicana.”
Octavio Paz ahonda y redondea, clarifica la definición: “Tablada –señala el eminente poeta y ensayista– inicia nuestra poesía contemporánea, e introduce el haikú en lengua española. Da libertad a la metáfora antes que los ultraístas, escribe poemas ideográficos casi al mismo tiempo que Apollinaire. Revela a los futuros “Contemporáneos” un nuevo sentido del paisaje, el valor de la imagen, el poder de concentración de la palabra.”
Tales antecedentes resplandecen en una generación fundamental, la de los “Contemporáneos”, que no solo se renueva, también ensancha, equilibra, estabiliza. Pertenecen a ella autores tan ilustres como Torres Bodet, José Gorostiza, Xavier Villaurrutia, Bernardo Ortiz de Montellano, Salvador Novo, y nuestro (nuestro, sí, porque nacido en Tabasco, es también de Yucatán) Carlos Pellicer, cuya presencia enciende una llamarada de luz en la emoción de este acto.
López Trujillo navega en el río que lleva, que trae ese impetuoso y rico caudal. Se baña en sus aguas. No es, debe aclararse, el único protagonista yucateco de tal incorporación o, mejor, absorción literaria. El grupo que sesionaba entonces bajo los árboles del Parque Hidalgo, aquí en Mérida, no fue ajeno al poder de algunos de esos deslumbrantes influjos, pero López Trujillo los recibe y sigue con mayor constancia. Sus primeros viajes a la ciudad de México lo sitúan en posiciones más favorables para que los aires renovadores le den de golpe en la frente y encuentren cálido nido en su temperamento y sensibilidad.
Si don Antonio Mediz Bolio, con La Tierra del Faisán y del Venado –uno de esos libros cuya fronda se eleva y extiende sin cesar– conquistó definitiva ubicación de universalidad para las letras y temas vernáculos, no creo caer en deslices de exceso al afirmar que es Clemente López Trujillo, con Ermilo Abreu Gómez, el maestro de lucidas lecciones que jamás dejaremos de atender; con Leopoldo Peniche Vallado, valor sobresaliente de la cultura yucateca contemporánea, por mucho que pretenda ocultarlo su obstinada modestia; con Antonio Magaña Esquivel, quien durante largo tiempo transmitió a las páginas de la prensa meridana abundante y sólida información acerca del nuevo teatro mexicano y mundial; y con Santiago Burgos Brito, que también nutrió sus trabajos periodísticos con noticia solvente y oportuna de la creación literaria y artística nacional y extranjera; es Clemente López Trujillo –decía–, uno de los cinco yucatecos que más contribuyeron, más sistemáticamente, con mayor afán y mejor éxito, a traer a nuestra tierra en su momento, y posteriormente, el alimento y la brisa de las corrientes de la literatura y del arte en la etapa a que estas palabras se refieren. Dicho esto, desde luego, sin menoscabo de otros excelentes escritores yucatecos cuya obra merece igualmente muy justo reconocimiento. La particularización que acabo de hacer se ciñe en este caso, de manera muy concreta, al mérito que como difusores debe acreditársele a los cinco nombrados.
Y hemos llegado al momento de hablar acerca de la poesía escrita y publicada de López Trujillo, que ni toda la publica, ni toda la escribe. Trozos de espléndidos poemas suyos –a la mitad, o menos– recuerdo haber escuchado de sus labios, pero sus letras nunca tuve la alegría de verlas impresas.
En títulos, su producción es breve, lo cual tampoco es infrecuente en otros, como él, nacidos y vividos bajo estrellas poéticas (*). Sin embargo, con todo y su brevedad, es definitiva, permanece, permanecerá, pues por la plasmación de esos entronques y fusiones a que ya aludimos, señala el inicio de un capítulo en la historia de la poesía en Yucatán. Representa entre nosotros un nuevo sentir, un nuevo entender, un diferente hablar.
En noches recientes, he repasado la bibliografía poética de López Trujillo; únicamente, claro, la que pude tener al alcance de la mano, tras tanto viajar, y tan entrampado como estoy en el drama continuo de separarme de mis papeles más queridos. Reafirmé en mi memoria sus fechas editoriales. Y advertí el hecho de que sus libros Feria de Frutas, Te amo en tres palabras y El venado fueron publicados en un solo decenio, entre 1932 y 1941. De tal modo, las tres obras de López Trujillo se nos ofrecen en una corta porción de tiempo. Después de El venado transcurrieron más de quince años hasta que vino a editarse su hermoso canto El poeta de Ochil.
Reflexionemos, preguntémonos: ¿Cuántos títulos pueden darle a una bibliografía particular, personal, la relevante importancia y el destino fundador y trascendente que se le reconoce a la poesía de López Trujillo? Seguro estoy de ello, y me siento proclive a una afirmación que acaso algunos consideren audaz: se los daría, se los da, uno solo de los cuatro porque, apegados todos a una línea común en la esencia, en la concepción, en la aspiración, en la actitud del poeta, están claramente impresas en cada uno de ellos (sobre todo en los tres primeros) las decisiones innovadoras que conceden a la obra de López Trujillo una categoría inaugural. Inaugural, naturalmente, no de la poesía yucateca o de Yucatán, que en aquellos años ya contaba con voces tan sonoras y nombres tan brillantes como los de Antonio Mediz Bolio, Luis Rosado Vega y Ricardo Mimenza Capetillo, (y antes tuvo presencia y resonancia –imposible mencionar a todos– en esa extensa antología que va desde Andrés Quintana Roo y Wenceslao Alpuche hasta Justo Sierra Méndez, José Peón y Contreras y Delio Moreno Cantón).
Fue inaugural la poesía de López Trujillo –precisamos– porque halló y puso en circulación literaria un idioma diferente para cantar cosas ya antes cantadas por otros, o para darle emoción, mirada y canto, por primera vez en Yucatán, a mucho de lo que los poetas anteriores habían visto y guardado en silencio.
Las frutas de Feria de Frutas (Saramuyo: dulce, coraza de botones suaves / frutal endecasílabo del alma), jamás habían sido escritas, descritas de tal manera. Nunca el amor de Te amo con tres palabras había sido dicho con tal lenguaje: ni en métrica, ni en el sonido, ni en la adjetivación, ni en el concepto. Soltó el idioma, rompió sus ataduras, le dio esa sagrada libertad de que habla Octavio Paz al referirse al caso –nacional– de Tablada.
A golpe de poesía, abrió López Trujillo la puerta por la que habían de pasar poetas tan poetas, y tan de hoy, como nuestro recién perdido hermano Carlos Moreno Medina. Se dieron, después de esa inauguración, los grupos de “Provincia” y de “Voces Verdes”, y otros más cercanos aún, que incluyen nombres como el de Fernando Espejo y Raúl Renán, éste más dedicado ahora a la narrativa, y el de Alberto Cervera Espejo, con tarea semejante después –también inauguradora– en el campo del teatro experimental, y el de Raúl Cáceres Carenzo y el de Fernando Marrufo y el de Roger Cicero Mac Kinney (que no por ser dirigente del PAN ha dejado de ser poeta), y el de otros que seguramente no conozco por mi larga ausencia de Yucatán. No se trata, aclarémoslo, de establecer conexiones directas y estrechas entre grupos y nombres, que tuvieron sin duda muy diversas fuentes, fechas y procesos formativos, sino simplemente de subrayar que la obra de López Trujillo es un hito, una señal imperfecta y guiadora entre dos épocas poéticas nuestras.
Ejemplifiquemos con su lenguaje: Vasos bíblicos de melón / Te amo en un rojo y un verde / Dialogo de fresas / Fresca atmósfera de jícama / Guanábana cósmica / Te amo en el avión correo trasatlántico / Nieve de sed en los poemas / De verse rojos hasta la nieve Góngora / Aquí el flamboyán y allí el azul de la obsidiana mística / Tu voz de lluvia fina / Los peces sombríos / Los paisajes con prisa…
Palabras son éstas fuera de contexto, tomadas al azar como signos definidores de un idioma poético, el del López Trujillo, que nadie antes había hablado en Yucatán. es una poesía con fiesta de color, sabor terrestre y frutal, desbordes de plasticidad, arriesgados vuelos, universos de fiebre, juego de palabras y palabras tan joven, y tan viejo, como el jugar eterno del hombre.
Es fácil observar que las subversiones de Maples Arce, los hallazgos de José Juan Tablada y, también, la luz, la selva poética de Carlos Pellicer, están presentes –huella viva, simiente recreada– en las páginas de López Trujillo. No sé, en cambio, y en esto también coincide Clemente con Pellicer, si se ha prestado suficiente atención a un hondo, puro, agitado, vertical, contradictorio, estremecedor sentido religioso que habita en López Trujillo (la duda, Dios, la fe, la muerte, la eternidad, el vacío, la diminuta intensidad, la infinitud, lo fugaz, el quedarse…), más abajo o por encima del color o del amor cercano: en la raíz enfebrecida y dolorosa que da nervio a toda su obra. Son dos luces las que se juntan en sus ojos. Una hacia afuera: la luz del agua, de la tierra, la vegetal, la de los cuerpos. Otra, que no logra ser ocultada, vive en lo profundo y asciende hacia lo alto. ¿Qué Dios será el suyo, el de López Trujillo, el que busca ansiosamente, desesperadamente, en su paisaje interior poblado de soledades? Después de tantos siglos estoy solo y nada me acompaña sino el viento / Mi voz de hombre entristecido y carcomido / Solo el hombre entre los solos / Todas estas palabras que decimos y escribimos, de pronto se detienen en un punto del alma, silenciosas, más allá de su vida y de su muerte / Dentro, donde la daga es una angustia / La tierra es el cielo que pisamos…
Estas páginas son frases poéticas suyas tomadas de diferentes páginas. Recogidas sin hilo que las ate. Reveladoras todas, sin embargo, del hambre y la sed hondas que ponen temblor de zozobra en el alma de López Trujillo, solo y frágil, en pie sobre el asombro de sus intimidades y afanoso en la busca de los paisajes exteriores llenos de sol y árboles, abrasados de ardiente amor a todo.
Su amor a Pascal, y a Unamuno, y cardinalmente su enamoramiento de los dramas dialécticos en los que hace danzar a sus palabras, enfrentándolas, erigiéndolas en tesis y rescatándolas un segundo después para posiciones antitéticas, dan también muy singular sustancia a la poesía de López Trujillo: “Caer en el fondo y cavar en el alma y caer en el alma y cavar en el fondo, como en un remolino, y morir y nacer y volver a morir y estar siempre naciendo.” Dialéctica, sí. Y modernidad. Y clasicismo. Todo a la vez en su voz.
En cuanto a El Venado, pienso que acaso es en este poema en donde se conjuga mejor una integración entre su mundo exterior y el íntimo. Mal haríamos en suponer que el venado cantado por Clemente corre y salta en una escenografía geográfica cercana, pintada con paleta folklórica. Es el alma de López Trujillo la que salta y corre y cae y se levanta y se detiene sobre la piedra quemante en busca de las aguadas.
Clemente me ha acusado siempre de darme mucho a improvisar teorías. Pues bien, perdóneme –o regocíjese, si así le place–, con ésta: tengo para mí que ese cariñoso sobrenombre de “el venado” que muchos de sus amigos le damos, y con el que se le conoce en los círculos literarios de la ciudad de México, no le viene de que haya escrito un poema con tal título. Al revés: tuvo que escribir el poema (y no para cantar, sino para verse y escucharse) porque el venado es él. Cazó en versos su estampa, como disparándole a un espejo: “…Y el indio levanta la cabeza y la aporrea / místicamente contra el sol / implorando una gota, cien mil gotas / de agua al cántaro magnífico / Y el venado siente / un abrir y cerrar de tenazas por dentro / ¡Como el hombre en el alma y el cuerpo!”
El venado es el poeta. Ágil, disparado en flecha, mitad en el suelo y mitad en vuelo. Difícil de cazar y, al mismo tiempo, construido de gracia y de inocencia:
Ágil, esbelto, rítmico,
maestro en la carrera y en el salto
y en el medir las cosas y los hombres,
está ya para siempre en esta tierra
el venado esculpido en la esperanza.
Sí, señoras y señores, aquí está. Y se llama Clemente.
(*)Tome en cuenta el lector que después de este discurso de Juan Duch, pronunciado en 1971 y que aquí se reproduce en parte, escogido como prólogo por Clemente López Trujillo, éste ha aumentado considerablemente su producción poética. Se incluyen en este libro poemas como los Nocturnos de Desorbitado, que el prologuista no conocía entonces, y otros muy recientes como los Poemánticos, escritos el año pasado. Consideramos, sin embargo, que los juicios y opiniones de Duch acerca de López Trujillo, a más de siete años de distancia y basados sólo en una parte de su obra, mantienen plena vigencia y que, lejos de envejecer, se ha enriquecido la calificación que merece tan distinguido autor, cuyos méritos lo definen como uno de los poetas fundamentales de Yucatán. E.K.
Continuará la próxima semana…





























