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Las Cantinas de Mérida
I
A D V E R T E N C I A
Claro que el título de este trabajo ofrece más de lo que esta publicación contiene.
El hecho es que es imposible hablar de TODAS las cantinas de Mérida. Al menos para mí, porque ya quisiera conocerlas todas, aunque sea de pasada.
Citaré solo a algunas, las más conocidas y de mayor prosapia e historia, sin tampoco pretender agotarlas todas. Algunas de ellas ya no existen, otras han cambiado de nombre o de giro, sería obra de romanos escribir sobre la totalidad de ellas.
Bástele al amable lector saber que sólo en el directorio telefónico, entre bares, cantinas y salones de cerveza hay cerca de noventa.
Pero, ¿y las que no tienen teléfono?
Habrá que conformarse pues con las que aquí se mencionan, pidiendo anticipadas excusas por la hipérbole del título.
El Autor.
Las Cantinas de Mérida
Ya me parece oír el mordaz comentario que seguramente hará mi cofrade don Marco A. Almazán, probo escritor y dilecto amigo, quien seguramente dirá al tener en sus manos esta publicación que lo aquí dicho lo escribí “con pleno conocimiento de causa”.
Se equivocaría si así dijera, porque voy a hablar por referencias, de “oídas”, de algunos de los más distinguidos taberneros que en Mérida han sido. Pude conocer a varios de ellos siendo muy joven. Algunos ya han muerto y otros se han retirado de ese sagrado oficio. Casi todos eran españoles o descendientes de familias ibéricas. Caballerosos y respetables. Señores con más señorío que algunos de sus parroquianos.
Y no se crea que tabernero es una palabra peyorativa. Por el contrario. Tiene prosapia y alcurnia. No es una palabra castellana, sino latina, de cuya lengua romance la heredamos tal y como está escrita.
Mi padre que no tenía pelos en la lengua, ni melindre de ninguna especie, me llevaba a veces – siendo yo muy niño – al “Gran Hotel”. Corrían entonces los inicios de los años treintas. Se reunían ahí el gobernador Bartolomé García Correa y otros políticos. Iba con ellos porque era amigo de todos y, desde su posición de abogado independiente, departía, opinaba, y hacía análisis de la “res pública”.
Ahí conocí a don Luis García, propietario de la cantina del “Gran Hotel”. Un verdadero señor. Los mejores vinos y licores del mundo estaban en sus anaqueles. Y estaba también la gran pierna de jamón serrano para quien quisiera comer una “lasca” de él, amén de quesos manchegos y otras exquisiteces venidas de ultramar.
Siendo ya mayor, frecuentaba con mi padre el “Salón Bach”, de don Ricardo Fernández. Lo apodaban “el chato” por la sencilla razón de que lo era. Otro gran señor. Su provisión de vinos era prodigiosa. Oportos portugueses, blancos alemanes del Rhin, tintos españoles y así por el estilo. Lo malo es que nadie los pedía. Las botellas estaban llenas de polvo y telarañas. Los coñacs de Francia estaban en las mismas condiciones: polvosos e ignorados por la parroquia. Se bebía cerveza y rones de todo tipo. El “Salón Bach” ya no existe, pero persiste su recuerdo. Ahí conocí a Mito Jordán, el padre de Gloria, estimable actriz de aquellos años y bailarina de flamenco.
Alrededor de las doce del día, Mito Jordán acostumbraba tomar su primera cerveza. Me dijo en una ocasión que me iba a decir una parábola que acababa de escribir. La transcribo de memoria:
“Cristo estaba llorando en el quicio de una puerta, en Jerusalén. Se le acercó una mujer y le preguntó:”
– “Si eres el hijo de Dios, ¿por qué lloras?”
“Y Cristo le respondió:”
– “Lloro por ustedes, que son unos miserables”
Le pregunté a Mito Jordán si en la parábola el llanto de Cristo era motivado por la miseria económica o moral de la humanidad. No me contestó. Sonrió con esa sonrisa tan suya. Pagó su cerveza y la mía, y se fue. No lo volví a ver nunca.
Pues así, lector, sin orden ni concierto, ni siquiera por orden alfabético, iré sucesivamente citando a los señores cantineros de Mérida, aunque refiriéndome únicamente –con algunas excepciones– a quienes ya están en la historia del señorío cantineril. Que no se ofendan los omitidos, aunque yo haya sido o sea cliente de ellos.
“El Dzalbay” y Su Sobrio Propietario
Alrededor de la cantina “El Dzalbay”, sita en el cruce de las calles 53 y 64, se cuentan muchas anécdotas dignas de ser registradas.
Ha incontables años la compró un señor de apellido Vega, oriundo de Tabasco. No le gustó el oficio taberneril y se la vendió a un morigerado panuchero, sobrio, austero y enemigo de las libaciones, raras cualidades para quien administra una cantina y se supone que va a ganarse la vida con ella. Pero la cosa es curiosa. Tal vez anticipándose a lo que años después serían los “Cursillos de la Cristiandad”, la compró para hacer una labor de “apostolado”, como se dice.
Me informan personas que lo conocieron y trataron que cuando llegaba un cliente para pedir su cerveza o su copa, bajo el quemante sol de medio día, el nuevo propietario de “El Dzalbay” le contestaba:
– “¿Por qué va usted a tomar una copa? ¡Se va a enfermar! El alcohol es malo para la salud.”
El sediento cliente insistía. No era don Marco A. Almazán, por supuesto, porque en aquellas lejanas fechas ni vivía en Yucatán ni había bebido su primer trago. Tal vez ni había nacido o andaba en pantalones cortos.
Ante la insistencia del parroquiano, ahora más sitibundo que sediento, tal vez por deformación profesional el panuchero metido a cantinero le decía:
– “¿No quiere mejor comer un par de panuchos? Y ahora mismo le bato un chocolate bien calientito.”
– “¡Quiero una cerveza bien fría! Y sírvamela inmediatamente porque me muero de sed.”
– “¿Y el chocolatito?”
– “¡Váyase usted al demonio con su chocolatito!”
Lógicamente, la clientela habitual comenzó a desertar de “El Dzalbay”. El negocio desde luego quebró, y el sobrio panuchero tuvo que venderlo. Aprovechó la situación el siempre caballeroso don Lupe Basteris y lo compró muy barato.
Don Lupe ya no ofrecía “chocolatitos”, sino cerveza bien helada, amén de rones.
Y a propósito de rones, don Lupe comenzó a fabricar su famoso “Ron Basteris”, que era de obligado consumo para paladares fuertes y bolsillos pobres.
Cuando yo estudiaba el primer año de derecho en la Escuela de Leyes –y esto tiene más de treinta y cinco años–, mi compañero de “machaque” y yo todas las noches nos íbamos al Parque de las Américas y ahí estábamos hasta muy entrada la madrugada. El sitio era ideal por su paz y silencio. Entonces el tránsito era mínimo; pero en invierno el frío era intenso, tanto como es el tránsito ahora.
Entonces, en un viejo automóvil que entonces tenía, todo destartalado aunque con carrocería de tanque de guerra, como eran los de antes, nos dirigíamos a “El Dzalbay” a comprar una cuartita de “Ron Basteris”, que nos calentaba el cuerpo y nos iluminaba el cerebro para entender los “intríngulis” del Derecho Civil.
Siempre estaba don Lupe Basteris sentado en un sillón colocado en la acera, en la puerta de su cantina, sin importar la hora que fuera, con un grupo de amigos, conversando bajo la luz de las estrellas, porque la mercurial no había llegado a Mérida y el humilde foquito de la esquina apenas alumbraba.
Lo saludábamos, nos invitaba a una copa, y otra vez al Parque de las Américas a seguir descubriendo los secretos de Justiniano, hasta que el amanecer pintaba de rojo las nubes.
Desde esa cantina, el caballeroso don Lupe creó, levantó, y sostuvo una familia hermosa. Tuvo un hijo que es ahora un reputado médico y otro que es un respetable sacerdote.
Tuvo derecho don Lupe a sentirse satisfecho, así en la Tierra como en el Cielo.
[Continuará la próxima semana…]
ALBERTO CERVERA ESPEJO





























