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Juan Corta Las Flores

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(III)

JUAN CORTA LAS FLORES

Brillaba el sol de todos los días y soplaba un poco de brisa nueva. En el salón solamente se oían los movimientos del profesor quien, después de cerrar la puerta, subió a su estrado. Tomó la lista: “Vamos a ver…”, pronunció y cada muchacho dijo su número: … 18, 19, 20.

– “Bien,” asentó el profesor satisfecho de la asistencia.

– “Continuemos estudiando las partes de la oración: sujeto, verbo y complemento. Ya les he explicado qué son cada una y el papel que desempeñan. Ahora escribo en el pizarrón la oración simple: “Juan corta las flores”. ¿Cuál es el sujeto?”

– “¡¡¡Juan, profesor!!!”

– “¿El verbo?”

– “¡¡¡Corta, profesor!!!”

– “¿El complemento?”

– “¡¡¡Las flores, profesor!!!”

– “¿Qué hace Juan?”

– “¡¡¡Corta las flores, profesor!!!”

– “¿Quién corta las flores?”

–¡¡¡!!!

“¡Yo! ¡Buenos días!” irrumpió una voz a espaldas del profesor quien al dar la cara recibió marcado como en eco, el saludo: “Buenos días”

– “Sí… Buenos días”, respondió amablemente el profesor, como disculpándose. “¿Qué se le ofrece?”

– “Yo soy Juan”

– “¿Juan?”, preguntó el profesor, esforzándose por recordar. “¿Qué Juan?”

– “El sujeto de la oración”

– “¿El qué?”

– “El sujeto de la oración. Vengo a cobrar mis honorarios.”

– “¿Cuáles honorarios?”

– “Los de mi oficio que en este preciso momento estoy ejerciendo en la oración.”

– “No… no… entiendo…”, añadió el profesor, demostrando incomodidad. “Explíquese mejor.”

– “Bien. He aquí una oración simple. “El profesor enseña gramática”. ¿Qué hace el profesor? Enseña gramática. ¿Quién enseña gramática? El profesor. A usted le pagan por enseñar gramática. ¿No es cierto?”

– “S… s… s… sí”

– “Pues bien, yo corto las flores y vine a que me pague. Soy Juan, el sujeto de la oración, entiéndame. Sin mí no es posible que las flores sean cortadas. Si no hay acción, no hay oración, y yo soy precisamente la energía de la acción. Corta las flores no dice nada si no es una frase imperativa, y en tal caso a quien se le dé la orden habrá que pagarle por sus servicios. Pero eso sí, puedo asegurarle que no hay nadie en el mundo que corte las flores mejor que yo porque, si supuestamente sucediera, perdería calidad la oración, y los alumnos no percibirían en su exacta intención el sentido de la idea.”

– “Pero, señor, yo…”

– “Sí, claro. Usted cree que es posible hacer trabajar a alguien sin remuneración alguna. Quien trabaja tiene derecho a la vida. Necesito ganar para vivir; no creo que sea capaz de dejarme morir de hambre. Porque entonces, ¿qué resultaría? ¿El difunto Juan corta las flores? Eso no es posible, profesor. Es un absurdo y no lo creerían los alumnos. Se reirían de usted. No es propio de un educador engañar a sus discípulos. A los niños hay que enseñarles verdades; en ellas aprenden con mayor confianza lo que se les enseña. Es muy triste caer en concepto de mentiroso ante los propios alumnos, profesor. Puede usted hacer referencia a mi oficio en cualquier tiempo: corta, cortó, cortaba. Qué hago o estoy haciendo, qué hice en aquel jardín, pero que prosigo en este prado y que haré mañana en otro camino que no sé cuál será. En realidad son pocos mis honorarios pero, reuniendo la aportación de todos los maestros de primaria que requieran mis servicios, será una cantidad más o menos justa. Además no tengo trabajo todo el año como ustedes los profesores, o los camioneros, o los oficinistas, o los comerciantes, o los vendedores de pasteles, o los peluqueros. No tengo tampoco sueldo del Gobierno o de alguna otra institución porque, hasta eso, la Real Academia se ha desatendido de mí, me ha tirado a la basura. Puedo ser poca cosa ente sus pulimentos, brillanteces y esplendores, pero en una escuela primaria soy rey e imprescindible. No son presunciones; es cierto. Que prescindan de mí los profesores y que corten las flores, a ver si pueden hacerlo todo y bien, como hay que hacer las cosas. Yo solo tengo trabajo los principios de curso, y una que otra hora extra durante los exámenes. Así es que págueme o no podrán seguir las clases de gramática. ¿Sería capaz de dejar a sus alumnos sin enseñarles los secretos de la oración? No viviría en paz con su conciencia, se lo aseguro. Además, cuando sus alumnos sean mayores le señalarán como el peor de los maestros y, por si fuera poco, fíjese bien, explotador de la más importante parte de la oración: “Explotador del sujeto”. “Criminal”, le dirían al pasar por la calle. Y si la noticia cae en las manos de la prensa, ¡pobre de usted! “Desalmado maestro de escuela sacrifica al sujeto de la oración”, sería el titular a ocho columnas de todos los rotativos. No le cuento la revolución que se desataría y el juicio popular a que lo someterían todas las naciones. Y las huelgas de padres de familia que se suscitarían, y las de los niños unidos de todo el mundo. No me vea así poca cosa, que soy famoso en todos los continentes. A la tierra que usted vaya oirá Johannes, Hans, Giovanni, Janio, Xuan, Joan, Jua, Jan, Ivan.”

– “Pero, señor Juan…”

– “¡Juan a secas, no seas ridículo!”

– “Juan, esto que usted expone no está, que yo sepa, estipulado en el reglamento del magisterio, ni en los estatutos del sindicato.”

– “Claro que no, profesor. Son libertades que ustedes se toman. ¿Por qué en lugar de Juan no citan a Pedro o a Pablo? Les gusta la eficiencia, ¿verdad? El que quiera celeste que le cueste, amigo. A ver, la paga, necesito irme, debo continuar mi trabajo. La acción no debe interrumpirse ni un momento porque dejaría de tener validez el presente. Estoy contraviniendo esa ley dinámica por su culpa.”

– “¿Por mi culpa?”

El “Juan corta las flores” escrito en el pizarrón se ha ido diluyendo poco a poco. Solamente se distinguen los rasgos más gruesos de la sobria caligrafía del profesor. Ya no puede leerse con claridad. Ya no se sabe realmente que decía lo escrito.

El pobre Juan, nombrado en tantas escuelas de tantas villas, de tantos pueblos, de tantas ciudades, de tantos países del mundo, haciendo lo mismo, cortando las flores, expuesto siempre a la sorpresa de la policía – NO PISE EL CESPED, NO CORTE LAS FLORES – regatea hoy, incomprendido, la mísera gratificación que le corresponde como sujeto de la oración. ¿Puede acaso concebirse a Juan haciendo otra cosa, pintando casas por ejemplo, cuidando automóviles, barriendo calles, haciendo pan, construyendo edificios? Dejaría de llamarse Juan, y ¿quién cortaría las flores?

Juan antes de nacer, cortaba flores seguramente. Para calcular su edad habría que revisar generaciones enteras. Juan es joven, nació joven y morirá – ¿morirá? – joven. Por eso se llama Juan. Juan corta las flores, he ahí su categoría, su dignidad. Juan corta las flores desde que el mundo empezó a ser el mundo. Juan es precursor universal de esa actividad.

En forma accidental descubrió en sí esas facultades. Mejor dicho, afloró su vocación innata y la experimentó como una necesidad vital. A uno solo de sus pocos camaradas que en el principio poblaban la tierra no se le había ocurrido cortar una flor para sus galanteos. Era Juan, desde entonces, un hombre sensible, diferente radicalmente a sus contemporáneos que se confundían entre las bestias, y que manifestaban su interés amoroso impulsados por atávica conducta antropoidea.

Juan cortó su flor, una rudimentaria rosa que aún no llevaba ese nombre, de pétalos toscos, casi negro el color rojo que apenas comenzaba a insinuarse, para ofrecerla simbolizando su amor a la mujer elegida. Juan apreciaba por sobre todas las cosas bellas de la naturaleza a las flores. Las veía bellas y las comparaba con la mujer. Juan fue el primer poeta y cortó tan perfectamente la flor que asombró a los hombres de su tribu y en la piedra bíblica se escribió, para ejemplo de todos, el hermoso hecho: “Juan corta las flores…”

En lo demás, que el pulimento del tiempo impide descifrar, debe hacer alusión a la mujer. Esa piedra histórica, de obligatoria lectura para los niños, sirvió de máxima en la primera escuela y de texto para aprender el idioma que aún tartamudeaba en los labios de aquellos hombres que a punta de pedernal empezaban a labrar la cultura.

Y si Juan corta las flores desde incontables edades, bien lo hará: corta, cortó, cortaba, ha cortado, habrá cortado, cortará, cortaría, cortara, habría cortado, hubiera cortado, hubo cortado, todo está bien. Si lo hace, lo hizo o lo hará, cualesquiera que sean las condiciones que influyan sobre la acción, no hay que tener cuidado y confiar en la pericia de Juan.

Las ocupaciones son también reflejo de los individuos que las ejercen. Ver a Juan atentamente es ver flores. De su rostro, de sus manos, de su cabeza, de sus palabras, de sus movimientos saltan rosas, claveles, girasoles, azucenas, alhelíes, alcatraces, pensamientos, hueledenoche, lirios, gladiolas, violetas, mirlos, margaritas. Juan vive cortando flores, para eso vive, por eso vive. ¿Qué otra cosa podría hacer?

Juan es el único caso en que, al pronunciar su nombre, Juan, la imaginación retrata simultáneamente al cortador de flores. No sucede así con Raúl ¿Qué dice? Nada. ¿Qué Raúl? ¿Cuál Raúl? ¿Raúl de dónde? Habría que decir muchas cosas de ese Raúl particular para que la mente pueda representarlo. ¿Y Argimiro? ¿Y Adalberto? ¿Y Jorge? ¿Y Carlos? Estos nombres, que por sí solos no retratan la esencia del sujeto, pueden ser cómodamente sustituidos por cifras; Raúl, el Raúl que decimos, podría ser el 2,000,001 y Carlos el 3,000,010.

– “Mire, Juan. No es posible que usted…”

– “Sí, ya sé. Duda de mi legitimidad, de mi autenticidad. Me gustaría saber cómo sería: ¿cobrizo?, ¿blanco?, ¿amarillo?, ¿negro?, ¿rojo?, ¿alto?, ¿bajo?, ¿sucio?, ¿limpio?, ¿calvo?, ¿melenudo?, ¿lacio?, ¿crespo?, ¿patitieso?, ¿patituerto?, ¿desdentado?, ¿dentudo?, ¿feo?, ¿gallardo?, ¿callado?, ¿locuaz?, ¿llano?, ¿afectado? No había pensado nunca en Juan, ¿verdad? Me nombraban con familiaridad, pero en un sentido abstracto, sin concederme forma humana. Dicen Juan como decir justicia, libertad, gloria, disformes ideas sin localización material exacta, sin confrontación de verdadero sujeto viviente. Jamás habían aceptado la existencia de Juan, simple sujeto de la oración, nombre andariego, trashumante, trotamundos que va de boca en boca como noticia o chisme permanente, cortando flores, lo mismo que cualquier jardinero. Sin embargo, amigo, amigos, existe. Aquí está: soy yo. Véanme, tóquenme. Usted, profesor, cerciórese de que existo. Tengo que existir porque, si no existiera, ¡ay de los profesores de gramática primaria! Simplemente no existirían tampoco. Tendrían que modificarse las cosas del mundo, el mundo mismo, y es mucho trabajo. ¡Créalo! Por de pronto habría que comenzar preparando en el oficio a Pablo, a Pedro porque, como son cosas de la vocación, no aprenderían nunca. No les gustaría y no darían la figura ni el nombre para la profesión. ¿Se imagina a Pedro cortando las flores? ¡Bah! ¡Ridículo! ¡Fracaso! ¡Ninguna dignidad profesional!

“Deficiente oración haría: “Pedro corta mal las flores, es un bruto, mata los rosales, se espina los dedos, deshoja las flores, las marchita con sólo tocarlas”. ¿Qué es esto? Los alumnos se burlarían y el profesor acabaría por renunciar. No lo pretendo, ni siquiera he pensado que alguna vez un profesor sea depuesto por emplearme mal en la oración. Para eso existo. Por eso no dejo de cortar flores con todo cuidado, para que tengan de dónde tomar ejemplo. Pero qué terrible es el que yo sea víctima de mis necesidades. ¿Verdad que ese ha sido el pleito de los hombres que sienten inflamada el alma de bondad y que no pueden, por desgracia, alimentarse de entusiasmo y satisfacción? Amo a los niños. Me endulza tanto escucharlos cantar mi himno: “Juan – corta – las – flores. Corta – las – flores – Juan. Las – flores – Juan – corta”, que me olvido, embelesado, de mi condición material.

“Es cierto que he pasado momentos críticos en mi existencia. He creído adaptarme a las épocas más diversas. Tiempos hubo en que para buscar una flor recorría páramos, vadeaba ríos, penetraba selvas intrincadas, me detenía el mar. Me curtía el sol, me calaba el frío, me perseguían los rayos, me abatían las tempestades. En muchas ocasiones me alimentaba de hojas, de raíces, de frutos, de semillas, de las mismas flores que cortaba. Hubiese sido feliz, lo sería, si mi organismo estuviese adecuado para alimentarse únicamente de flores. Entonces no estuviese aquí, ni tendría por qué molestarle, profesor.

“No todas las sociedades humanas por las que he pasado me han mirado bien. Se me ha perseguido y acusado de brujería. Se me ha llamado vagabundo, inútil, disolutor del orden social, contraventor de la moral pública. Las guerras me han acosado. He pasado por patíbulos, paredones y campos de concentración. No diré de las cárceles comunes que suelen ser mi techo. Se me ha querido obligar a defender causas, tomar partido, asumir posiciones. Unos me han llamado impuro de sangre y me han puesto sellos en el lomo. Otros me han confundido con el sobrenatural guía espiritual que no cejan de esperar. Y, los que en un tiempo me llamaron brujo, hoy me califican ateo, enemigo de su dios. La Ley tan ciega y tan elástica, y tan distinta en la mente de cada hombre ha coincidido en su dictamen: ¡loco! Ahora mis funciones tendrán que surcar el espacio; pero no sé… Dudo, temo que no haya flores en la Luna, en Venus o en Marte; y si las hubiera podría suceder que no me dejaran cortarlas. Y, ¿cómo dirían los profesores selenitas?: “En la Luna Juan cortaría las flores si las hubiese o si se dejaran”, o “La Tierra es el único planeta del Universo donde Juan puede cortar las flores”, o “Supongamos que Juan puede cortar las flores en la Luna”. Todo ejemplo sería condicionado, imaginario, complicado, y los niños no vivirían la verdad de una acción simple y llana.”

“A veces creo no entender nada del mundo. Es una vieja sensación que viene repitiéndoseme cada vez que tengo una reflexión como esta. Me duele el corazón. Sin embargo, cuando corto una flor y me pica una espina o una abeja, advierto que nada es gratuito, profesor, y que la vida es hermosa…”

Un suave aroma florido se respiraba en el salón de clases. El viento golpeaba los balcones y el sol se abrió más para ganar espacio entre las horas del día

Mientras se aclaraba de nuevo el coro repetido de la oración simple en los oídos del profesor, éste, con la mirada volada hacia el escampado, contemplaba una sola flor rústica erguida en un yerbajo empotrado en la base de la cerca que rodeaba la escuela; al mismo tiempo sentía el deseo caprichoso de salir a cortarla e irse con ella, sin destino, a vagar el mundo.

– “¡¡¡Juan, profesor!!!”

Continuará la próxima semana…

Raúl Renán

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