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Lamento por Un Indigente

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Lamento por Un Indigente

Un buen día elegí darle los buenos días, simplemente porque se me hacía de muy mal gusto y peor educación estacionarme cerca de lo que era su casa, pasar caminando frente a él, y nunca dirigirle la palabra. Él correspondió a mi saludo de la misma manera, y a partir de ese día logramos intercambiar, además de saludos y despedidas, algunas palabras.

Él se acercaba de vez en cuando a pedirme unas monedas – “Para comprarme una barra de pan”, “Para completarme para una coca”, “Para un cigarrito” – que siempre le entregué sin mayores miramientos, sin juzgar si para ese fin las usaría.

Cierto es que su aspecto desaliñado, sin asearse regularmente, tuerto – en uno de esos intercambios de palabras me dijo que fue un “desgraciado policía” el que lo había dejado así –, ensimismado, y no pocas veces bebido, desalentaban a muchos que no solo no intentaban comunicarse con él, sino que aceleraban el paso para alejarse lo más pronto de su presencia. Pero algunos de nosotros lo identificábamos como un personaje más de la cuadra, sentado en el quicio de su puerta, fumando, observando, sobreviviendo. Él, a su vez, nos respetaba.

Recuerdo perfectamente una mañana en que lo descubrí deslizando un pedazo de pan debajo de un portón. Cuando le pregunté el motivo por el que estaba actuando de esa manera, me dijo que un pobre perrito se quejaba de hambre y estaba compartiendo con él un poco de lo suyo. En ese preciso instante supe que, a pesar de su apariencia, no era un mal hombre. Después de todo, los hombres desalmados ni siquiera piensan en los demás de su especie, mucho menos en un animalito indefenso.

Esta semana, al llegar al trabajo el lunes, me extrañó no verlo.

Dos días después, me acerqué al quicio de la puerta y me encontré con la imagen que acompaña esta aportación. Supe en ese momento que algo malo le había sucedido.

Indagando con los del grupo de Vigilancia de la empresa, me informaron que el sábado – este sábado próximo pasado que tanto frío sentimos – lo encontraron ahí sentado en el quicio de su puerta, observando ya al infinito, libre de hambres, libre de necesidades, sin tener que sobrevivir nunca más: un infarto se llevó su infortunio y a él.

Ignoro si su familia se encargó de él, pues nunca lo vi acompañado, si deja deudos, o si tenía alguien que se preocupara por él. Lo sorprendente es, como se observa en la gráfica, la cantidad de ofrendas que se han dejado en ese lugar, despidiéndolo de este mundo, reconociendo el espacio que deja atrás. A esas ofrendas agrego estas palabras.

¿Cuántos de nosotros conocemos a personajes similares, y cuántos de ellos reciben apoyo de nosotros, ya fuera directamente, o porque entreguemos una colaboración a alguna persona o institución que se encargue de indigentes como él?

¿Cuántos más como él morirán en este invierno que apenas lleva un tercio de su duración?

¿Qué podríamos hacer por ellos?

Lo que fuera, cualquier cosa, que hagamos por ayudarles nos ayudaría a reforzar una de las cualidades humanas que tantas veces desdeñamos u olvidamos, siendo de las más valiosas: la caridad. Comencemos por recordar que son seres humanos, tal vez con historias difíciles, pero seres humanos.

Desde esta perspectiva, hace más de dos mil años se nos dio la instrucción de ayudar a nuestro prójimo. Nunca como ahora queda claro que recae en nosotros hacer algo al respecto. Sobre todo cuando los que en verdad debieran dedicarse a hacer buen uso de nuestro dinero para encontrar maneras de acabar con esta indigencia, transformándolos en personas activas, con mejor calidad de vida, lo dilapidan en ellos mismos o, de plano, se lo roban.

Abramos nuestro corazón y, en la medida de nuestras posibilidades, nuestra cartera. Ayudemos a aquellos que necesitan de nosotros para sobrevivir en este invierno, y luego repitámoslo en primavera, verano, otoño y así sucesivamente, hasta que se vuelva un hábito.

Gerardo Saviola

gerardo.saviola@gmail.com

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