La Voz

By on febrero 26, 2021

Aguirre estaba empezando a sentir el mayor dolor de cabeza de su vida y se estaba poniendo peor con cada minuto que pasaba. Su chofer y los dos guardaespaldas que le acompañaban en la furgoneta de lujo –regalo de uno de sus jefes–ignoraban los continuos bufidos y maldiciones que lanzaba por momentos.

No era para menos. No estaba de buen humor. Y cuando alguien trataba de entablar alguna conversación con él siempre terminaba mal, con el rostro sangrante en el asfalto o en un bote de ácido.

La fuente de su actual desdicha era una llamada que recibió hacía unos minutos. Estaba saliendo de uno de los clubes que manejaba, acompañado de las mejores zorras del lugar, no prostitutas, como prefería de vez en cuando, sino actrices a las que, tomando en cuenta su estilo de vida, correspondía considerarlas como tales.

Cuando uno de los guardaespaldas le pasó su celular, diciéndole que era urgente, emitió un gruñido y un insulto dirigido a nadie en particular, antes de tomar el teléfono. Del otro lado de la línea escuchó la voz de Jacinto, conocido en el negocio como el “Caricias”, mote que en parte era broma y en parte indicaba a lo que se dedicaba.

Al principio, Aguirre estaba listo para mandarlo al diablo y hacer lo posible por decirle que fuera lo que necesitara podía esperar hasta mañana. Pero se sorprendió al escuchar algo que nunca creyó oír en sus varios años en el cártel: Jacinto diciendo “Por favor”.

Jacinto no dio detalles de lo que estaba pasando. Dijo que era algo que “tenía que ver con sus propios ojos”, que le podría tomar una foto o video, pero que no le creería hasta que estuviera presente.

No habiendo obtenido el puesto que tenía ahora por ser un idiota, Aguirre lo pensó con cautela y empezó a considerar la probabilidad de una trampa. En su negocio, donde se pasan cantidades absurdas de dinero de mano en mano, la fidelidad de los empleados está definida en cuán rápido alguien haga una transacción y de cuántos millones sea.

Sim embargo, mientras más lo pensaba, más consideraba que Jacinto era el menos indicado para tenderle una trampa; no solo era fiel, sino que era alguien a quien prácticamente le debía la vida, así como Jacinto se la debía a él un par de veces. Se le pagaba bien y siempre estaba dispuesto a hacer los trabajos que se le asignaban, por más desagradables que fueran. ¡Diablos! Aguirre confiaba tanto en él que era de los pocos que tenía su número privado.

Finalmente, de mala gana, decidió ir, más que nada porque tampoco quería que los jefes le armaran bronca cuando le preguntaran por qué no contestó el llamado. Sin más, dejó a las mujerzuelas sin despedirse y se metió en el carro con dirección norte, hacia la enlatadora abandonada, también conocida como la segunda casa de seguridad de Veracruz.

Ya en el auto, con un dolor de cabeza que el enojo pasajero le había causado, decidió pasar primero por una farmacia para comprar algunas aspirinas.

Mientras las pasaba con un buen trago de su botella de whisky, se dio cuenta de algo que le hizo instintivamente llevar su mano hacia la pistola que traía en su cinto.

Jacinto no se asustaba fácilmente. Nunca en todos estos años lo había escuchado tan nervioso, nunca, ni siquiera en medio de problemas tan alarmantes como los sucedidos en la hacienda de Tabasco, o la vez que los federales estaban encima de ellos, o incluso aquel último tiroteo en su antiguo club, donde él fue uno de los que devolvió disparos. Jacinto podría taladrarle el cráneo a un sujeto sin chistar, pero esa noche estaba pidiendo ayuda como un niño.

Aguirre le pidió al chofer que encendiera la radio. No le gustaba el silencio. Detestaba esa sensación de incertidumbre ante la ausencia de ruido, como esperando algo. El dolor de cabeza estaba pasando, pero aún se sentía tenso; deseaba con todas sus fuerzas llegar ya a su destino.

Eran más de la una de la madrugada cuando llegó a las puertas de la fábrica. El hombre de guardia reconoció el vehículo de inmediato y abrió los portones. Cuando Aguirre se bajó, preguntó qué estaba pasando. La respuesta fue que no sabía nada, que le habían dicho que estuviera pendiente de su llegada; no creía que fuera una emergencia porque no lo llamaron en ningún momento para ayudarlos con los sujetos que trajeron.

“¿Sujetos? ¿Qué sujetos?”, preguntó Aguirre, molesto por no haber recibido este pedazo de información por teléfono.

El guardia dijo que los habían botado aquí los hombres que tenían asentados cerca de la ciudad para que el Doc –otro alias de Jacinto– le diera el “tratamiento”. Cuando se fueron, estaban amordazados y sujetados en la parte trasera de la bodega, como siempre era el procedimiento.

Mientras se dirigía a la bodega, preguntó por qué nadie se había quedado. Los jefes los habían enviado a apoyar a los hombres en la costa, estaban peleando con otros surtidores de drogas. Como era obligatorio dejar al Doc protegido con al menos dos hombres, él y otro tipo se quedaron aquí. Aguirre, sabiendo que era mejor ver por su propia cuenta de qué se trataba, entró a la bodega con sus guardaespaldas, dejando al guardia regresar a su puesto.

La bodega se encontraba frente a él. No era una bodega, pero era el nombre para aquel sitio de menor tamaño anexado junto a la fábrica abandonada, que consistía en una edificación de varios metros, con un par de cuartos de almacenamiento, uno de ellos una cámara frigorífica y el otro era, literalmente, una bodega. Entre esta y la cámara se llevaban a cabo las interrogaciones a puerta cerrada. Bueno, no siempre interrogaciones, ahí pasaban sus últimos momentos todos aquellos que trataban pasarse de listos con el cártel y sus asociados. El tiempo de ingreso hasta la muerta del sujeto podía prolongarse por días, según fuera el caso y el humor del que estaba a cargo.

Al poner un pie dentro, Aguirre supo que algo estaba mal. Dentro de la bodega había dos clases de ruidos: gritos y sollozos incontrolables, seguidos del sonido eléctrico de una sierra o taladro siendo usado en la carne de alguien, o la radio y risas de Jacinto y su ayudante mientras tomaban su descanso entre sesiones.

Esta vez reinaba el silencio, ese silencio que ya antes había incomodado a Aguirre, ese que le causaba una incomodidad tan grande que esperaba que sus guardaespaldas no vieran: un escalofrío en la espalda.

¿Por qué se sentía así? Tenían que ser las drogas, la combinación de las píldoras y la bebida que había tomado. ¡Carajo! Llevaba una pistola y dos hombres que casi le doblaban la altura, armados y preparados para todo.

Antes de tocar la puerta de entrada al cuarto, tanto la entrada para la cámara como la bodega, esta se abrió y el rostro del asistente de Jacinto, el joven Gutiérrez – “El Niño” como le decían–, apareció frente a él.

Aguirre casi lo manda volando por la fuerza con la que aporreó la puerta para abrirse paso hacia el centro del cuarto. Al entrar, miró el espectáculo frente a él: A un lado estaba la mesa, llena de comida y bebidas, y junto a ella la radio y una televisión portátil. Colillas de varios cigarrillos recién fumados se veían en los muchos ceniceros. En una silla, pensativo y con los ojos dirigidos al centro del cuarto, estaba Jacinto. No se veía nada bien.

Del otro lado, alejados de la mesa, estaban los “implementos de trabajo”. Lucían como una mezcla de las herramientas de un arquitecto, un jardinero, un carpintero, un cirujano y un soldador. La mayoría estaba empapada de sangre, algunas estaban remojadas en un recipiente que contenía una mezcla de agua, acetona y cloroformo. A la izquierda estaba la entrada de descarga abierta –antes daba a un embarcadero donde se cargaban y descargaban las latas, pero ahora el puerto se había hundido y daba directamente al mar. El lugar donde tiraban los restos.

Finalmente, en el centro del cuarto, en un charco de algo que Aguirre estaba seguro era una mezcla de sangre y orina, estaba amarrado en una silla con cadenas un hombre que reconoció como uno de los soplones que habían mandado a buscar hacía una semana.

Era una caricatura de lo que alguna vez fue un hombre: los dedos de las manos y los pies rotos y/o cortados, piel arrancada en varios lugares, sin dientes, mejillas sin carne, orejas cortadas, sin nariz, sin un ojo, con moretones y laceraciones que le cubrían el rostro.

Debía llevar muerto un par de horas.

Junto a él, una silla rota, varias cadenas y el cuerpo ensangrentado de otro hombre, decapitado. Parecía haber puesto más resistencia, y Javier y su asistente debieron haberlo terminado con uno de sus machetes. Algo bastante inusual, ya que nunca había escuchado que eso le pasara a Jacinto en todos sus años. No vio dónde había quedado la cabeza.

Aguirre arrastró una silla, sentándose junto a la de Jacinto, observándolo.

“¿Estás drogado?” preguntó Jacinto, antes de que Aguirre dijera algo y sin dejar de mirar al cuerpo decapitado.

“¿Cómo?” preguntó Aguirre.

“Que si estás drogado.”

“¿Qué coño tiene eso que ver con esta mierda?”

“Contéstame sí o no,” dijo Jacinto, viéndolo a los ojos.

“No.” Técnicamente estaba mintiendo, porque lo que había tomado en el club ya no le hacían tanto efecto como antes.

“Yo tampoco,” le dijo Jacinto. “Así que ten eso en cuenta, por favor.”

“Jacinto, ¿qué coño estás diciendo? Me llamaste porque algo paso, ¿no?”

“Terminamos con el que está en la silla hace tres horas, almorzamos y, luego de una siesta, continuamos con el otro. No estaba con el soplón. Al parecer estaba comprando algo de mercancía cuando los chicos los metieron en las camionetas.”

“¿Entonces por qué te lo cargaste?”

“Mmm…,” Jacinto levantó las manos en un gesto de ignorancia. “No podía dormir y necesitaba ocupar mis manos… y ya que estaba aquí…”, sonrió mostrando sus dientes oscurecidos por el tabaco y la mota. Aguirre se recordó así mismo que el viejo también ya estaba un poco tocado.

“Cuando empezamos con él, antes de que lo tocáramos, empezó a temblar. No a resistirse, sino a convulsionar. Fue extraño. Lo sacamos para que viera lo que le hacíamos al otro, como siempre hacemos cuando nos mandan más de uno. No dijo una palabra todo el tiempo, ni se inmutó. Ahora estaba agitándose como poseído.”

Jacinto apuntó entonces a un machete ensangrentado junto a la silla que ocupaba Aguirre.

“Rompió la silla y las cadenas. En ese momento el Niño y yo nos lanzamos encima de él para evitar que escapara, aunque era obvio que no estaba intentándose levantarse. Mientras el Niño lo sujetaba, tomé ese machete y le corté la cabeza de un tajo. Luego…”

“¿Luego qué?” preguntó Aguirre exasperado.

“Velo tú mismo”

“No voy a ver ni una mierda hasta que me digas qué es.”

“No me creerías. Por eso te mande a llamar, para que lo vieras por ti mismo. No puedo siquiera creerlo, mucho menos explicarlo… En serio, Aguirre: no sé qué es lo que vimos.”

Aguirre se dirigió al el Niño, quien miraba la puerta entreabierta de la cámara frigorífica.

“¡Hey! ¿Qué carajos fue lo que vieron?”

“Ya te dije,” Jacinto emitió. “Tienes que verlo tú mismo.”

“Si me estas tendiendo una trampa, Jacinto…”

“¡No te estoy jodiendo!” gritó el viejo, perdiendo la poca compostura que tenía. “Te juro por mi puta madre que no te estoy jodiendo y puedes volarme los huevos si miras allá y no ves nada!”

Aguirre se dio cuenta de que no estaba bromeando. Nunca lo había visto así.

Cansado, y considerando la posibilidad de que simplemente al viejo por fin le estaba afectando el trabajo, y que el otro asistente idiota le seguía la corriente, decidió que se iría más rápido de ahí si acababa con esto de una vez por todas.

Llamó a uno de sus guardaespaldas y este lo siguió al acercarse al cuerpo tirado en el piso. Al examinarlo, aparte de la ausencia de cabeza y la sangre derramada, nada parecía fuera de lugar…

Entonces detectó huellas de sangre que se dirigían hacia la cámara. Pequeñas huellas, como las que hacia un gato o cachorro en el piso de una casa con las patas mojadas. Estas eran rojas, mucho más numerosas, con una forma que terminaba en punta.

Aguirre finalmente decidió entrar en la cámara frigorífica, metiendo medio cuerpo entre la entrada y la puerta pesada de acero medio abierta. La ausencia de frio le indicó que habían apagado la temperatura hacía un buen rato.

El interior de la cámara estaba iluminado por una única lámpara fluorescente. No detectó nada más allá de las cajas y bolsas de gran tamaño cuyo contenido no era de su incumbencia. Detectó movimiento detrás de una caja en el suelo, pegada a la pared, justo donde terminaba el rastro de puntos carmesí.

Los ojos de la cabeza estaban abiertos, sin pestañar. Lo que se robó su atención fue lo que había en la base de la cabeza. Del cuello cercenado salían varias patas negras delgadas. Patas con forma de araña, o cangrejo, o algo parecido, que hacían que la cabeza se balanceara lentamente, como si de un gigantesco insecto se tratara.

La boca de la cabeza se abrió. La voz sonaba como muchas a la vez.

“Está bien, Aguirre… No te preocupes. Te estamos preparando el lugar, putito. Papi y mami están aquí, también esperando, junto a tu cuñado, tu novia, y todos los que te has cargado todos estos años… Te las vas a pasar como nunca, putito…”

Aguirre cerró la pesada puerta de golpe, poniendo su espalda contra la puerta de la cámara, miró a todos en el cuarto.

“¿Señor?”

Despabilado por la voz de su guardaespaldas, Aguirre le dijo: “Emilio, ¿puedes por favor decirme que es lo que hay ahí, al fondo de la cámara…?”

Abrió la puerta y se hizo a un lado para dejar pasar a su guardaespaldas.

Emilio, sospechando, pero sabiendo que no conseguiría nada discutiendo, entró lentamente a la cámara.

Se escuchó un susurro y casi al instante Emilio, pálido, salió de la cámara.

Aguirre cerró la puerta de nuevo.

“Emilio, qué fue lo que…”

“Una cabeza. Una cabeza con patas de araña…”

Se quedó callado un momento y luego añadió: “Dijo el nombre de mi esposa.”

***

Lo que llevó a Aguirre a quemar todo el lugar fue lo que sucedió después de que viera “la cosa”.

Interrogó a Jacinto y su asistente, pidiéndoles detalles del origen del tipo, mientras cavilaba lo que deberían de hacer con todo esto.

La respuesta llegó cuando Emilio, junto con el otro guardaespaldas, buscaba pistas en el cuerpo del sujeto. Encontró una nota en uno de los bolsillos, junto a una pequeña bolsita de anfetaminas.

Aguirre tomó ambos e iba abrir la bolsita cuando notó que el interior era extraño, despedía raras luces de colores cuando la luz se reflejaba en su superficie.

No dudó más: procedió a arrojarla al mar, y entonces quemó el lugar al leer el contenido de la nota.

Esta era casi ilegible, estaba empapada de sangre, pero un nombre se alcanzaba a leer.

Aguirre no supo lo que sucedía, pero comprendió por qué estaba pasando.

Mostro la nota a los demás. El asistente dijo lo que todos pensaban: “los brujos…”

Los Brujos, en efecto. Así era como se conocía a ese peculiar cartel entre la frontera de Veracruz y la capital que había llamado la atención por las cosas extrañas que los rodeaban.

Al principio se llamaron los “Diablos”. Cambiaron su nombre cuando se supo que no solo eran diableros los que estaban en ese grupo. Aunque no se sabía mucho de ellos, todos los capos y peces gordos del país hacían lo posible por no hablar al respecto, un tabú inconsciente de todos.

Todos concordaban: cuando los Brujos se involucraban, demasiada gente moría, demasiada incluso para los estándares de los carteles, y usualmente de formas que no eran humanamente posibles.

“A la mierda con esto,” dijo Aguirre. Miró a Jacinto, quien sabía qué estaba pensando. Cuando dio las órdenes, nadie discutió.

Tomaron todo lo que tenían de valor y lo subieron al carro, luego cargaron los cuerpos y los arrojaron a la cámara, asegurándose de no mirar dentro de ella. Luego regaron el lugar con gasolina. Ya luego darían una explicación a sus jefes; preferiría lidiar con ellos que con esa jodida cosa que se arrastraba.

Pasaron horas antes de que el fuego fuera detectado por los primeros civiles. A mañana siguiente todo era ceniza, o al menos eso esperaba.

Aguirre cavilaba en silencio mientras miraba el paisaje por la ventana del vehículo que lo llevaba a casa.

Nada sería igual para él.

Ahora ya no temía al silencio, sino a la posibilidad de que uno de estos días escuchara el susurro de esa voz, que era una y muchas a la vez.

Esa voz que le recordaba que no importaba a qué dios o santo le rezara, que no importaba cuán lejos corriera y se escondiera.

Esa voz que le recordaba que algunas cosas nunca se van…

Y que siempre esperarían por él…

HUGO PAT

yorickjoker@gmail.com

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