La Aventura Musical de Coki Navarro – XVII

By on agosto 7, 2020

XVII

Continuación…

Aquí estoy, tierra moreliana. Qué rico rompope. Qué rico chocolate y qué roscas de pan tan sabrosas comimos después de las dos funciones. Me gusta ir al mercado de Morelia, pues tiene una rara y alegre actividad que contrasta con la quietud de sus calles. Cuántas iglesias hay en este lugar y qué bellas todas. Bien, cuatro días son suficientes para conocer este encantador rincón mexicano y para llevarnos una grata impresión de su educado y culto público. Orden, moralidad, prudencia, tranquilidad… Todo esto se conjuga con el clima bondadoso de la tierra del rompope y de las monjas, del chocolate y las confesiones.

Hoy salimos a León. Nos vamos a Guanajuato.

Moroleón, La Piedad, Irapuato y muchos pueblos más. Cielo de México, qué lindo eres. Estamos entrando a León. Un grande y robusto león de piedra junto a un alto y labrado arco nos da la bienvenida. Hemos llegado. Vamos a tomar fresas batidas con leche. Humm, qué sabor tan exquisito. Cinco centavos el vaso. Cinco centavos de hace veinticinco años. Al mío no le ponga tanta fresa, por favor, porque no me gusta muy espeso. Deme algunas fresas que va a poner en el vaso, pues me las voy a comer con azúcar. León, Guanajuato, debe estar aproximadamente entre dos a tres mil pies sobre el nivel del mar. Así pienso. Por lo que más quieran, mis amables lectores, no se tomen la molestia de corregirme si estoy equivocado. Sigan leyendo, sigan, sigan. Me despierto temprano para conocer la ciudad. Nos presentaron ayer a unas amables leonesas que nos han invitado a conocer varios de los muchos lugares de importancia que León ha sabido preservar. Y de verdad que son de obligada visita. Me impresiona la ciudad por limpia y ordenada. Su catedral es un portento de arquitectura. Me emociona conocer las Criptas. ¡Qué silencio y paz hay en estas losas frías!… Cuánto misterio en este recinto sagrado. Niños, señores, jóvenes y ancianos de México, CONOZCAN SU PAÍS. CONOZCAN LEÓN Y TODA NUESTRA MAJESTUOSA PROVINCIA. Hoy en la tarde nos ha citado Paco Miller para darnos (a toda la compañía) la noticia de que, terminando nuestra semana en León, él ha de ir a EE. UU. a cumplir contratos que ya de antemano tenía firmados, por lo que de esa fecha para adelante cada quién debería seguir su camino, hasta volvernos a encontrar algún día. Con qué paciencia y paternalismo sincero fue conversando con nosotros uno por uno y grupo por grupo para conocer sus necesidades, sus inquietudes, sus planes. Él nos brindaba (como siempre lo ha hecho) sus mejores consejos y la ayuda necesaria para vivir con decoro los días que necesitábamos de descanso y mientras encontrábamos el camino a seguir. Caras largas y tristes. Llanto incontenible en algunos compañeros y seriedad en el rostro de Don Jorge, representante de la compañía. Todos nos consolaban, pues éramos los “benjamines” del grupo. Los muchachos, como nos llamaban.

No temas, me decía Pepín, el enanito, mientras su diminuta y cariñosa hermana Benita me tomaba de la mano (ni parada en una escalera me alcanzaba el hombro) ya ustedes tienen cartel y estamos seguros de que enseguida van a conseguir trabajo en la capital. Dos enanitos con el corazón más grande que su cuerpo.

Fiesta de despedida, que más que fiesta fue solo despedida. Abrazos, besos y nuestro unido compañerismo se nota en cada mirada y en cada palpitar de corazones al decir Adiós o Hasta Luego. El viejo “gordo”, con sus alas de ángel y sus ciento cincuenta kilos de bohemia y ternura, se ayuda ahora a caminar con un bastón, pues sufre de una artritis que lo tiene arrastrándose. Todos estamos insospechadamente inconsolables, pero con esa austeridad que llevamos en el alma, al menos los que hemos aprendido a reír en circunstancias donde otros morirían de angustia. Todos en un solo abrazo nos decimos HASTA PRONTO.

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Llegamos a México, D.F., más tristes y fríos de lo que salimos de León. Nos instalamos en casa de la hermana del “viejo” gordo Don Guilbardo. Para esas alturas ya este gran hombre estaba listo para el hospital. Su hermana, sus sobrinos y todos en la vecindad nos comprobaron que en el mundo aún quedan gentes de nobles sentimientos, pues le prodigaban al “viejo” los mejores cuidados que su estado ameritaba y a nosotros nos invitaban cada día a comer en sus humildes pero amorosos hogares. Nuestros ahorros se esfumaron a los primeros días de haber llegado, por lo que nuestra necesidad nos señaló que había que trabajar para vivir.

El “viejo”, aún con sus alas rotas, se comunicó con la secretaria del señor Blumental (quien nos había escuchado en Los Ángeles), y este gran caballero nos ofreció de inmediato un contrato en el Hotel Casa Blanca de Acapulco. Eso influyó mucho en el ánimo de nuestro representante y se hizo fuerte para acompañarnos a ese bello puerto.

Nuestro compromiso consistía en pasar dos variedades nocturnas y, si era preciso, cantar algunas canciones en el Beach-Cocomber (creo que así se escribe, pero al menos así se pronunciaba).

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Qué belleza de lugar es Acapulco. El hotel estaba (ya le cambiaron el nombre) en la cima de una montaña y su vista dominaba toda la costa acapulqueña. Ahora sí, a comer se ha dicho. Un comedor inmenso con unas gigantescas mesas repletas de todas las comidas del mundo. Buen vino. Más comida y turistas para la creatividad mental. Bikinis y trajes de colores. ¿Quién dice que el bikini se inventó hace poco?… Gentes haciendo compras en el mismo centro del puerto, pero gentes en traje de baño. ¡Cómo nos recreábamos mirando y admirando con los ojos más desorbitados que podíamos poner!

Bohemia linda la de Acapulco. Enseguida hicimos “un millón y medio” de amigos. Después de la segunda variedad de la noche comenzaba en verdad la trova. Siempre nos invitaba alguien a una tremenda fiesta. Tremendísimas fiestas.

Gente ansiosa y buena. Pueblo que canta y ríe junto con sus hermanos continentales que están de paso. Todo Acapulco es belleza. Claro es que no deseo dejar constancia de sus paupérrimos alrededores… NO… NO… Quiero que esta parte de mi relato sea muy alegre, pues me esperan muchas hojas en blanco que llenaré de lágrimas y desesperanza. NOS VEREMOS MÁS ADELANTE PARA QUE ME DEN LA RAZÓN.

Trabajábamos con La Martinica. Bello ejemplar femenino de color que hacía vibrar a cuantos estábamos a su alrededor. Bailando o no, esta gran morena hecha de rumba y canela, de noche y luceros y de blanca sonrisa nos comunicaba su cadenciosa sensibilidad. Noches de gran gala y categoría en que nosotros éramos también (¿por qué no?) parte del Show.

Todas las horas en Acapulco fueron de airosa ansiedad. Lo mismo veíamos a Silverio Pérez que a Don Miguel Alemán. Artistas internacionales. Turistas riquísimos, y pobrísimos pero divertidos dormilones en la playa. En ese Hotel tuvimos la oportunidad de conocer la categoría desbordante de Don Chema Dávila. Gran señor de propinas con billetes grandes como su personalidad.

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Amanezca o anochezca, nosotros seguimos cantando y comiendo, y también haciendo aparecer el contenido de mil segundos de amistad. Era tan radiante como el sol, como melancólica la luna. Amigos liberados y turistas que enrojecen de tanto calor que les envía el dios Febo. MUJERES, MÚSICA, COMIDA… MÁS COMIDA Y MÁS VINO, BIKINIS Y…. de repente TODO SE TERMINÓ y esa noche nos despedimos del “millón y medio” de amigos de Acapulco. Al otro día nos encontramos nuevamente en la capital, México. Al cobrar, ahora sí vimos juntos nuestros “centavos”.

Varias noches sueño con “La Martinica”.

Coki Navarro

Continuará la próxima semana…

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