La Aventura Musical de Coki Navarro – XI

By on junio 25, 2020

XI

Continuación…

Saldremos rumbo a Nacozari. Es otra frontera, pero sin la “prosperidad” de las grandes que hemos conocido, pues apenas tiene una población poco numerosa. Trabajamos ahí una noche, y medio dormimos durante el trayecto hasta que llegamos a Cananea. Sólo recuerdo que viajamos todo el tiempo agarrados de los pasamanos o de donde podíamos, pues en verdad que se movía el camión. Recuerdo bien que, como a la media hora de haber iniciado el viaje, nos sorprendió una tormenta de arena que nos horrorizó, pues de haber tardado más de los quince minutos que duró nos hubiéramos asfixiado irremediablemente, ya que el polvo se colaba por todas las rendijas que tenía el camión, el cual quedó en esos pocos minutos totalmente despintado y los cristales se opacaron por el impacto de la arena que el viento huracanado rozaba contra nuestro vehículo que por poco y se convierte en nuestro rodante ataúd. Minutos enloquecedores de temor y terror de muerte. No sé cuántas horas viajamos, pero sí sé el peligro que tuvimos tan cerca de nosotros, la imprudencia del chofer al efectuar el viaje de noche, peligro que más adelante narraré para que ustedes juzguen si tengo o no la razón.

Cananea, centro minero de Sonora. Ay, cárcel de Cananea, qué famosa eres. Mujeres muy bellas todas. Llego a este apartado rincón del mundo con una temperatura de 40 grados en el cuerpo y un alma congelada de cansancio. Nuestra comida ese medio día consistió en carne asada y café negro como el pellejo de un congoleño.  A las seis de la tarde estaba programada la primera función y con cinco aspirinas me controlo un poco el calenturón que me atormenta. Trabajar en estas circunstancias es para mí casi una costumbre, pues en repetidas ocasiones hube de salir a escena con mi sonrisa alegre y mi alma triste de sufrimiento, pero esa tristeza, lógicamente, ha de ser actuada a la vista del público. El teatro donde actuaremos es de rudimentaria construcción, sin cortinas y de madera, exactamente como se ven en las películas del oeste. En menos de una hora, y con el equipo de tramoya que llevaba la compañía y los cortinajes adecuados, queda el teatro totalmente cambiado. Por esa época ya estaba con nosotros nuevamente el maestro Navarro, pianista experimentado que siempre ha prestado sus servicios en la compañía, pero que ocasionalmente se va a su tierra a descansar, pues ya es un hombre de más de 60 años, aunque representa tener solamente más de 59.

Qué ganas de divertirse de esa gente tan laboriosa que vive en Cananea. El teatro ocupado hasta en la gayola. Improvisa cada quien su camerino y, como siempre, a darle una planchadita a nuestra ropa. Usualmente nuestra ropa, que no sean los trajes y las chamarras que usamos para actuar, es lavada por nosotros mismos en el hotel. Termina la función de la noche y a la cama, de donde soy levantado a las dos de la mañana pues unos señores mineros quieren llevar serenata a sus familiares. Más aspirinas y un buen trago de ron que me invitan estos fuertes y broncos mineros me reaniman al grado de que estoy hasta las seis de la mañana con ellos. Realmente es asombrosa la recuperación que puede tener el cuerpo humano, pues para esta hora de la madrugada yo ya me sentía “campeón”. Duermo un rato y al medio día me voy a conocer una mina de cobre. ¡Qué imponente!… En verdad que asombra ver ese inmenso agujero hecho por el hombre, que parece llegar al centro de la tierra. Aparenta ser un gigantesco volcán puesto al revés. Los hombres parecen hormigas trabajando ahí abajo. Cientos de laboriosos mineros arrancando sus tesoros a la naturaleza. Regreso al pueblo y tenemos la invitación de ir a comer con una familia que ya es amiga nuestra. La señora alta y de reciedumbre sonorense, el padre de descendencia española o francesa, las muchachas, dos portentos angelicales de color moreno claro y ojos verdes. Mezcla de sangres puras, mestizaje cuyo producto admiramos de cerca. Familia sonorense, mineros y conquistadores ellos, y ellas de montañas de cobre. Carne asada rica y abundante fue esa comida: exquisita carne de burro y frijoles grandes como nueces, tortillas de harina y huevos revueltos con nopales constituyen el plato de ese medio día. Café con ron que se volatiliza como el éter y crema de naranja con pasas adorna el postre. Después de la comida nos sentamos a seguir tomando ron en la terracita de madera (muchas casas son de madera) que mira hacia el pueblo. La casita está situada en una mesa o meseta, pero casi llega a colocarse en la punta misma del cerro, hasta donde llegamos en una carreta tirada por dos hermosos caballos. Qué diversión la mía.

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Nos permitimos invitar a nuestra amiga y buena familia a la última función en que se despediría la compañía de tanta gente trabajadora y de noble rudeza. Hoy, antes de partir, visitamos la famosa cárcel de Cananea. Tocamos unas canciones y un reo me obsequia un anillo de acero con dos corazones tallados por un corazón encadenado. Bonito recuerdo que después le enviaría a mi madre, quien lo llevó hasta el día de su muerte. Manos ásperas, pero que palpitan de sinceridad. Miradas que languidecen y promesas de escribir aunque sea de vez en cuando. Termina la función y, después de medio cenar cecina y tomar unas ricas cervezas, solamente hemos de esperar a que den las cuatro de la mañana para salir rumbo a Nogales. Pueblo de historia sangrienta y de heroísmo es Cananea, pueblo casi fantasma, pero con vida universal. Aislado casi por completo del resto del mundo, pero con gentes que saben toda una vida de la vida. Mucho dinero en las carteras de los hombres de ahí. Varias familias se quedan con nosotros hasta que abordamos la camioneta que nos trasladaría a Nogales.

Me extraña sobremanera que nos recomienden precauciones cuidadosas en el camino…  CUIDADO CUANDO SE BAJEN DE LA CAMIONETA… LLEVEN ALGO PARA COMER EN EL VIAJE… LLEVEN AGUA. ¿Por qué tanta alarma?… Qué viajecito nos esperaba a nosotros tres, al “gordo” y a los dos tramoyistas y a sus “viejas” que nos acompañarían. Íbamos nueve en la camioneta, contando hasta el chofer. Era un transporte tipo comando, alto, más de lo normal, pues tenía adaptadas unas sopandas que lo alzaban como un metro del piso. Llantas como de tractor y ventanas de cristal protegido con unas platinas de fierro. Normalmente pueden ir seis personas y su equipaje en ellas, pero en casos como el nuestro cabían todos los que quisieran y pudieran aguantar el recorrido. Este tipo de viaje debe hacerse exclusivamente de día, pues resulta temerario realizarlo de noche. ES POR ESO QUE LES ANOTÉ QUE EL PRIMER CHOFER ANTERIOR, POR IGNORAR EL PELIGRO EN QUE SE PODRÍA ENCONTRAR, REALIZÓ EL VIAJE DE NOCHE, LO CUAL ES, HASTA PARA LOS MISMOS DE LA REGIÓN, UNA VERDADERA HAZAÑA.

Paco Miller y los “artistas de primera” que fueron a Cananea realizarían el retorno al medio día en dos avionetas que irían por ellos, pues no se arriesgaban a efectuar ese regreso, por lo verdaderamente cansado y peligroso que era.

Salimos a las cuatro de la mañana y de inmediato nos comienza a decir el chofer que cuidáramos el agua que llevábamos, así como la comida, pues de no alcanzar a llegar a Nogales era necesario no seguir adelante de noche, por lo que tendríamos que dormir en la camioneta. Nos aconsejaba que, si teníamos necesidad fisiológica alguna que efectuar, la hiciéramos antes de llegar a los cerros, pues entre los cerros y la parte desértica que nos esperaba no es posible bajar de la camioneta. En verdad que pensamos que este cuate nos estaba asustando más de la cuenta, pues ¿qué peligro nos puede acechar que no podamos vencer? Amanecido ya, nos encontrábamos rodando a paso lento por un camino de piedra y polvo. El “viejo” se amarró en la banca de atrás. No teníamos ni una hora de haber iniciado el viaje y ya estábamos todos blancos de tanta tierra y polvo. El vehículo, que parecía un tanque de guerra, se movía tanto que verdaderamente era necesario aferrarse fuertemente a cuanto sostén hubiera para no sufrir una herida. Golpes y rasguños estaban ya a la orden de todos. El chofer iba encadenado a su asiento, pues de lo contrario irremediablemente saldría despedido por su pequeña ventana que apenas le permitía ver una parte del camino. Pararemos a descansar una hora, pues una de las señoras, compañera, querida, amante u lo que fuere de uno de los tramoyistas, estaba casi moribunda de la “joda” que nos estábamos llevando. Nos conversa el chofer que aproximadamente de Cananea a Nogales se hacen a lo más cincuenta minutos en avioneta, pues en línea recta a lo sumo hay cien kilómetros, pero por el camino donde vamos, que además es el único que existe (hasta ahorita no lo creo y sigo pensando que nos llevó este cabrón por donde le dio la gana por algún motivo que prefiero no pensar), deben ser como doscientos o tanto más, por lo “enredado” que está, ya que tiene que reconocer algunas rancherías  y cruzar varios ríos o riachuelos, amén que el pedazo de camino que da al desierto es muy caluroso. Ahora si la estamos “pasando” bonito, pues él calcula llegar a Nogales a las cinco de la tarde… ¿PERO CÓMO?… ¿MÁS DE DOCE HORAS PARA RECORRER EL CAMINO?… Pues sí. Y  ahí adelante está más accidentado todo. Ya lo verán, nos advierte el chofer. Nos arrancamos nuevamente a las siete y empezamos a sentir que el frío es más intenso. Está saliendo el sol, nos dice el chofer y eso hace que aumente el frío, pero por ahí de las nueve se va a calentar el mundo. ¡Ah, qué vacilador este hijo de puta chofer! Nos quiere asustar. Avanzamos a diez kilómetros por hora y a veces a cinco, pero les juro que no más, pues en verdad que el camino (camino del infierno) no permite mayor velocidad. UN PUMA… UN LEÓN… UN TIGRE… todos gritamos lo que pensamos qué es lo que vemos en el camino. En realidad es un enorme puma que está parado como a quince metros del camión. El chofer detiene la marcha y nos pide nos hacer ruido ni movernos, para que pueda tirarlo. Le apunta con su escopeta y no tiene ni tiempo de disparar, pues el “gato”, de un enorme salto desaparece de nuestra vista. Le preguntamos si atacan esos “bichos” y el chofer nos contesta que, si queremos averiguarlo, más adelante habría oportunidad, pues seguramente nos encontraríamos más “pardos” en el trayecto. Que lo averigüen los tramoyistas, pues yo ya estoy pensando no moverme del camión hasta estar en la puerta de mi hotel en Nogales. El viejo gordo ya está en agonía.

Salimos de la intrincada vegetación que dificultaba más el camino y nos encontramos de pronto con una maravillosa vista de cientos de gentes petrificados… No son humanos, son cactus. Grandes, chicos, medianos, toda una numerosa familia de cactus que nos decían adiós (sin movimiento) mientras nosotros pasábamos junto a ellos. A estas alturas (10 de la mañana) estamos verdaderamente irreconocibles. Somos unos ratones cubiertos de harina. Solamente se nos ven los ojos. Calculadamente la vegetación de cactus fue de diez o quince kilómetros. Vimos muchos conejos, ardillas, ratones de monte y muchas víboras de cascabel y otras amarillas y negras. También vimos algunos coyotes, pero esos de lejos, pues no se acercan mucho, como los pumas, según nos dice el chofer. Casi al terminar estos kilómetros rodeados de fantasmas convertidos en parientes de los nopales, vemos una enorme cascabel que cruza el camino. Mátela, mátela, gritan las dos mujeres que ya están al borde de la histeria… No, dice el chofer, porque a veces, aunque les pases las ruedas encima, no logran matarlas y se enredan en los fierros de las camionetas y le han causado la muerte a más de un mecánico. Además, entre un rato vamos a ver algunas más grandes. Ah, qué cabrón chofer, ahora sí que nos está vacilando a su antojo. Bueno, al fin hay que conversar algo. Entramos nuevamente a cruzar unos cerros pequeños y enseguida se asoma un camino que bordea las filosas orillas de las montañas de adelante, por donde apenas alcanza las ruedas del camión. UN DESCUIDO y nos hacemos pulpa cayendo a ese acantilado que nos espera. Ya quisiera un astronauta tener la pericia de este chofer para capotear el riesgo que entraña este puente entre el abismo y las rocas lisas como cristal. Cien, doscientos, trescientos metros de tensión… No sé cuánto tiempo estuvimos sin respirar, sin hablar, sin otra cosa qué hacer, más que observar cómo el chofer ponía toda su atención en su guía. Al fin salvamos la vida… Sí, señores… LA VIDA. El “viejo” Gilbardo mentaba madres en inglés, español, árabe y maya, pero seguía amarrado en la última banca.

Entramos a un túnel de ramas y, al salir de él, nos encontramos un inmenso desierto. No tenía límite este arenal que nos recibió con una ráfaga de viento caliente como las nalgas de un diablo. Descanso de otra hora antes de atrevernos… Sí, amigos… atrevernos a desafiar esas ardientes y calcinantes arenas. Nos dice el chofer que podemos bajar a estirar las piernas un rato y que, si deseamos efectuar alguna lógica y natural necesidad, tengamos el cuidado en no alejarnos mucho de la camioneta, pues puede haber alguna víbora o una peligrosa iguana refrescándose bajo tierra y al sentir nuestras pisadas nos pueden sorprender con su mortal mordisco. Ahora sí le creo todo a este chofer… Son casi las doce del día y vemos agua por todas partes. Qué agua ni qué lagunas, son espejismos naturales de formación desértica, como consecuencia del vapor que se desprende del suelo. Discretamente nos reunimos todos en un solo costado del camión para que las dos señoras moribundas efectúen sus “necesidades”. Ahora sí, al destartalado cajón con ruedas. Arriba otra vez y a rodar nuevamente. Apenas hemos recorrido el primer kilómetro y empieza a hervir el agua del radiador. Echaba borbotones de espuma por la tapa y nos pringaba el agua hirviendo que se colaba por la ventanilla del chofer. Cuatro kilómetros más adelante, nuestro experimentado “piloto” detiene la marcha y se baja a destapar sus tanques (llevaba dos) de agua que están encima de la camioneta. ¡Qué barbaridad, falta uno! Seguramente se cayó en el camino y no nos dimos cuenta, pero no importa, el que aún está amarrado tiene agua suficiente para cruzar lo que nos falta del desierto. Efectivamente, hay agua (bendito Dios), pues no sé qué hubiera hecho este cansado grupo si nos hubiera faltado ese necesario líquido. Seguramente que de no haber podido llenar el radiador, habríamos de esperar hasta que milagrosamente pasara la segunda camioneta que según nos informó el chofer, salió dos horas después de la que nosotros llevábamos. Nos explica que en la segunda camioneta siempre llevan doble dotación de agua y comida, pues se da el caso de que la primera sufra algún percance en el camino y haya que auxiliarla, ya sea en su reparación o arrastrándola hasta Nogales. Estimamos que este sistema es muy socorrido, pues en nuestro caso no creo que hubiéramos aguantado más de tres horas en el desierto, con temperatura de más de 40 grados de calor y con una Coca-Cola que cada quien tenía asignada como dotación.

Continuamos nuestra lenta marcha y el motor vuelve a toser nuevamente, dejando salir espuma por la tapa del radiador. Al fin, un poco de vegetación y un pequeño río de cristalina y milagrosa agua. A lavarnos las caras y todo lo que buenamente se pueda limpiar. Costras de tierra. Tierra roja, negra, blanca, morada y de más colores que el arco iris. Son las 12 horas del día y el sol, aunque estamos junto al río, se convierte en una pesadilla para nosotros. Apenas nos echamos un poco de agua en la ropa y ya está secándose. Comemos lo poco que hay en nuestro maletín y las migajas que caen al suelo son devoradas por gigantescas hormigas negras. Cientos de hormigas, luego miles. Todo un regimiento de hormigas a nuestro alrededor. No las toquen, nos advierte el chofer, pues su picada produce una dolorosa ampolla. Pero quién va a tocar semejantes monstruos, si apenas tenemos ganas de morirnos.  Digo ganas, porque ya sentimos el deseo de fallecer. CUÁNTO DIERA POR ESTAR REMOJADO EN EL CENOTE DE PROGRESO. Casi comienzo a delirar. Otra vez dentro del camión. El camino se ha vuelto un poco bondadoso con nosotros, pues ya no hay piedras ni polvo, ahora es lodo, revuelto con ramas y hojas y mucho… mucho… mucho… excremento de ganado. Estamos a la vista de un rancho ganadero. Cientos de reses de color rojizo con manchas blancas. Bramidos, calor, lodo, excremento y olor a carne quemada. Están marcando a los becerros. Nos acercamos y vemos el hierro blancuzco que tuesta las ancas de los que entre unos meses han de ser paladeados por los carnívoros humanos. Vaqueros. Pero no como los de México, no, estos son, Cow-Boys. Corrales por todas partes y casa grande al centro. Nos invitan a pasar mientras el chofer contrabandea.

Qué linda casa por dentro. ¿Cómo es posible que en medio de selvas, ríos y desiertos candentes y polvorientos exista este paraíso? Veo una veleta como las de mi tierra, pero es toda de madera. Hay un enorme tinaco también de madera a un lado de la veleta. Comemos bolillos de harina cocida, carne seca y arroz con frijol y MUCHA AGUA. Continuamos el viaje enseguida y tardamos como una hora en cruzar los cerros verdes que rodean el rancho. Entramos a otro tramo de desierto y al poco rato comenzamos a ver víboras de cascabel… Dos por ahí, una más, diez, cien… No sé cuántas más había que variaban entre medio metro hasta cerca de dos. Es el valle de las culebras (nos dice el chofer). Por fortuna es un tramo corto. Qué experiencia y cuánta razón tenía este guiador, ah y no tomamos en cuenta ni alacranes ni arañas. Se acercaban ya las cuatro de la tarde y empezamos a entrar a unos montecillos como de pinitos. En realidad no puedo precisar qué clase de árboles eran. Vimos un coyote que cruzó con esa manera tan graciosa que tiene de andar y de repente comenzamos a sentir un frío que casi bajaba a cero. A abrigarse que hoy sí va a hacer frío en Nogales, nos dice el piloto. Ya para estas horas le llamábamos piloto, chofer, driver y todos los apelativos que puedan darse a un guiador. Hasta una de las señoras le llamaba capitán. Son cerca de las cinco cuando vemos cruzar una diligencia que llevaba amarrados cuatro caballos que tiraban de ella. Diligencia auténtica de las que se ven en las películas. Al fin, a las siete de la noche entramos a Nogales. Nuevamente en la frontera con los EE. UU. Nos hospedamos en el Hotel Silvia. Al “viejo” lo metimos arrastrado, pues ya tenía los ojos en blanco.

Nosotros apenas teníamos fuerzas para sostenernos de pie. Nos avisaron que la función de la tarde está comenzando y nos han puesto en la segunda parte. ¿Actuar hoy?… ACTUAR HOY. Y actuar antes de una hora. A afinar nuestras guitarras, tomar un baño y, con el vaivén que sentíamos aún de la travesía, nos ponemos a sonreír nuevamente con el público. Dos funciones y a cenar a las 12 de la noche.

Coki Navarro

Continuará la próxima semana…

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