Historia del Héroe y el Demonio del Noveno Infierno – XLI

By on diciembre 24, 2021

XI

8

–Ya viste, Hunac Kel –conversaba Tigre de la Luna con el rey de Mayapán unos días después, en una de las habitaciones del palacio–: de nada te ha valido robarle la esposa a Chac Xib Chac. Al cabo de unos meses te la han arrebatado y han asesinado a nuestra escolta.

–Me confié demasiado, viejo –admitía, abatido, el rey–; nunca pensé que el reyezuelo se atreviera, no digamos a invadir Mayapán, sino a acercarse a la ciudad. Claro, él, en persona, no se atrevió, pero mandó a su incondicional Ojos de Culebra a hacer el trabajo sucio. Ha sido mi culpa, viejo.

–Ya es muy tarde para arrepentirse –sentenció su maestro–. El daño está hecho y por el momento nada podemos hacer.

–Bueno, por lo menos tú salvaste la vida, y eso, dentro de mi tristeza y de mi impotencia, alegra mi corazón.

–A mí me perdonaron la vida por viejo, Hunac Kel, no por otra cosa. Alguna ventaja reporta el llegar a la ancianidad.

–No, Tigre de la Luna, no te salvaste por viejo, sino porque eres un hombre sagrado, y porque Chac Xib Chac sabe de tu cercana relación con mi padre y lo que ello significa: el hijo de puta no está para ganarse la antipatía de un semidiós.

–Pueda que tengas razón –concedió Tigre de la Luna–. Quizás Chac Xib Chac tuvo miedo de la divinidad de Barbas de Ardilla y me permitió vivir. Bien, pero ¿ya qué importa todo esto? El único importante aquí eres tú, el rey de Mayapán.

–La importancia tiene su precio, querido viejo –suspiró Hunac Kel–, pero a la larga, vale la pena. Soy joven y me aguardan grandes hazañas en la vida. Tú, mi tutor, sabes de lo que estoy hablando.

–Es verdad –admitió Tigre de la Luna–, es muy cierto, y negarlo sería pecar contra los dioses que te han bendecido con largueza; has nacido para asombrar a tu raza con tus hazañas, pero no abuses de tu suerte, que los dioses tampoco perdonan los alardes y la vanidad. Sé siempre prudente, Hunac Kel.

–Gracias por tus consejos, viejo, ¿qué sería de mí sin tu invaluable ayuda?

–¿Y qué piensas hacer ahora, Hunac Kel?

El rey ya había concebido un plan:

–Seguiré la misma táctica de Chac Xib Chac –dijo– pero sólo en un punto: dejar correr el tiempo, sin prisas; mientras tanto, reorganizaré a mis tropas con todas las de la ley, y uno de estos días caeré sobre Chichen Itzá como un huracán y desollaré vivo a ese canalla. Luego me casaré con Blanca Flor.

Tigre de la Luna no dudó por un segundo que Hunac Kel estaba decidido a cumplir lo que decía.

–Ese será el golpe de gracia para la Confederación de Mayapán –deploró el sacerdote– y quizás el comienzo de la decadencia de nuestra ilustre civilización: pero es tu decisión y sé que nada te hará cambiar de parecer.

–No te pongas trágico, viejo querido –dijo Hunac Kel encogiéndose de hombros–. Una batalla más no hará más rica ni más pobre a nuestra civilización, que seguirá siendo ilustre. Muerto Chac Xib Chac, otro rey, que no sea cobarde ni idiota, ocupará el trono de Chichén Itzá, quizás yo mismo.

–¿Te atreverías a usurpar ese trono?

–Bueno, alguien tiene que reinar en Chichén Itzá cuando Chac Xib Chac ya no exista. Además, viejo querido, sólo he dicho que quizá yo gobierne la ciudad, no estoy asegurando nada.

–Conociéndote como te conozco, casi puedo afirmar que algún día reinarás en Chichén Itzá. Tú siempre, desde tus años infantiles, demostraste una especie de adoración por esa ciudad y siempre la preferiste a Mayapán. Recuerdo que te embobabas ante la gran pirámide de Kukulcán, que Chac Xib Chac te permitía ascender a discreción.

–Nunca se atrevió a impedírmelo. Conoció a mi padre, Barbas de Ardilla, y no ignoraba que era un semidiós y que yo descendía de un águila.

–Recorriste con él de paseo, el Templo de los Guerreros, el Observatorio y la vieja explanada de los falos gigantes…

–¡Y qué falos, viejo! Chac Xib Chac se embelesaba mirándolos con envidia, porque estaban erectos y el infeliz sufría de impotencia en la flor de su edad. Por eso lo abandonaron sus dos primeras esposas y se ha dicho que la tercera, Ix Kan Witzil, mujer lasciva y de hermoso cuerpo, lo infamaba con sus capitanes. Una vez, ya entrada en años, pero siempre conservando las carnes frescas, se encaprichó conmigo y me buscó por todo Mayapán; tuvimos sexo en un adoratorio. No había ídolos, excepto uno, viejo y deslustrado, de Ah Puch…

–¡Cómo te atreviste! –exclamó Tigre de la Luna verdaderamente enfadado–. ¡Eres un hereje! ¿Hacer el sexo en un adoratorio? Avergüenzas a los dioses. Eres tan puerco como los itzáes.

–No sufras, viejo –lo tranquilizó el rey con su cautivadora sonrisa–. Hablo de un inservible adoratorio de los winicoob abandonado a su suerte muchos años atrás; las alimañas lo habían invadido, pero ¡carajo!, estaba tan caliente Ix Kan Witzil que tuvimos que hacerlo sobre las hierbas y entre los espinos. Sería entonces una mujer, no sé, de cuarenta años y yo andaba en la adolescencia.

–¡Cómo puedo tener la paciencia para escuchar tales obscenidades! –protestó Tigre de la Luna–. ¿Supo Chac Xib Chac de esta aventura amorosa?

–No inmediatamente, pero cuando yo viajaba a Chichén Itzá, Ix Kan Witzil me buscaba para acostarnos… y ciertamente fornicábamos como bestias. Recuerdo que ella me dijo: «Nunca lo había hecho con un efebo, muchacho, y menos con un efebo de ojos de jade. Desde que te vi por la primera vez, sentí una poderosa atracción hacia ti. Mis anteriores amantes fueron militares borrachos o viejos impotentes que no pueden compararse contigo. Tú eres especial, Hunac Kel, y tienes el cuerpo recio como el pedernal y los brazos membrudos. ¿Sabes, muchacho? Conmigo aprenderás muchas cosas.» Viejo, tuvo razón: todo lo que sé sobre el sexo se lo debo a ella.

–¡Vaya aprendizaje! Tan culpable de estas cochinadas eres tú como lo es ella… Pero hay algo más que debo saber: has dicho que en la cueva donde pecaron había un ídolo del dios de la muerte ¿Y te atreviste a fornicar todo ese tiempo frente a la imagen?

–No había alternativa –rió el rey–. El viejo huesudo tuvo que aguantarse el espectáculo de la cogedera de principio a fin. Fue un pequeño anticipo de mi desquite por todos los malos momentos que me ha hecho pasar en la vida.

–Pero es un dios, Hunac Kel –le recriminó su tutor–. ¿Cómo te atreviste?

–Era una imagen sucia y llena de telarañas, una imagen abandonada –dijo el rey.

–Sucio o abandonado, sigue siendo un dios – insistió el tutor–, pero sí admito que Ah Puch te ha causado muchas angustias y pesadillas… ¿Proseguiste tu relación con esa mujerzuela?

–Sí –confesó Hunac Kel–, y se apasionó tanto conmigo que una tarde que estaba ausente su esposo me hizo llamar al palacio, y justo en la recámara nupcial nos revolcamos de lo lindo.

–¡Esto es el colmo, Hunac Kel! –explotó el viejo– ¿Acostarte con la mujer del rey en su propia recámara?

–Fue idea suya, Tigre de la Luna. Te lo juro. No midió las consecuencias y alguno de los guardias le fue con el chisme a Chac Xib Chac, que me odió desde entonces. A poco la mujer lo dejó, pues no le servía para maldita la cosa, y se fugó con uno de sus capitanes. Chac Xib Chac, furioso, mandó por ellos con la idea de lapidarlos ante la muchedumbre, pero ya andaban lejos, muy entre la selva, y nunca los atrapó. En cuanto a su aversión por mí, para no hacer más grande la cosa, se hizo el disimulado y siempre me trató con hipocresía. No se atrevió a reclamarme porque sabía de mis divinos contactos.

–Has fornicado con muchas mujeres, Hunac Kel. No está bien que te comportes así.

–Ellas me han buscado, viejo. Y yo me he dejado querer. ¿O prefieres que las desprecie?

–No, no, aquí no se trata de despreciar a nadie, pero debes moderarte o, lo más prudente: sentar cabeza y casarte con una mujer honesta.

–Ese es mi anhelo; por eso comencé a cortejar a Blanca Flor; yo quería casarme con ella y construir una familia, pero el mentecato de Chac Xib Chac, con toda perversidad, aprovechando mi larga ausencia en México-Tenochtitlan, se ganó a los padres de la doncella con dispendiosos regalos y se la otorgaron en matrimonio. Por esa razón la rapté, viejo, pero ya has visto cómo el infame ha repetido su villanía.

Tigre de la Luna ya no sabía cómo tratar estos delicados asuntos con el rey: ambos tomaban diferentes atajos en la marcha de las discusiones y les era muy difícil llegar a un acuerdo.

–Blanca Flor no es la única mujer sobre la tierra, Hunac Kel –expresó al fin, buscando una respuesta coherente–. Ya encontrarás a otra y la harás tu esposa. Hay muchas por ahí.

–No quiero a otra, viejo –dijo el rey meneando la cabeza–. La mujer de mi vida, ya te lo he dicho, no puede ser otra que Blanca Flor, y ahora que nos hemos identificado tan plenamente, estoy más cierto de que ella es la indicada.

–Es verdad –se mofó Tigre de la Luna–, se identificaron tan plenamente que todo lo que hicieron fue fornicar. ¡Fornicar con la esposa del rey de Chichén Itzá! ¡Ea, Hunac Kel! –el viejo palideció, como si acabara de descubrir algo terrible–. No me digas que Blanca Flor está embarazada. Eso sería catastrófico. Dime la verdad, a mí, que soy tu confidente y tu tutor.

Hunac Kel, ante lo que le pedía su hombre de confianza, su confesor y su guía espiritual, no respondió de inmediato y permaneció callado, como meditando su respuesta, y la respuesta fue la gran revelación:

–A ti no te puedo mentir, viejo –habló despacio, como sopesando cada palabra que salía de su boca–: Blanca Flor espera un hijo mío…

–O una hija, quién sabe –irrumpió el anciano–. ¿Ella misma te lo ha dicho?

–Cuando habló su boca y dijo que estaba embarazada, sentí una inmensa alegría porque, aunque tú no te lo tomes en serio, la amo de verdad. Lleva en su vientre al futuro rey de Mayapán. Por eso quiero recuperarla, por eso voy a tomar Chichén Itzá y ajusticiar a ese viejo impotente. Blanca flor debe reinar conmigo en Mayapán.

–A estas alturas, Chac Xib Chac ya se habrá enterado de que su esposa está preñada de ti.

–No lo creo así – alegó Hunac Kel–. El embarazo apenas comienza y Blanca Flor pasa todavía por doncella. La conozco bien y sé que no le dirá nada a Chac Xib Chac, Pero el secreto no puede guardarlo para siempre. Por esta razón no he de dejar pasar demasiado tiempo y debo disponer mi ofensiva desde ahora.

Roldán Peniche Barrera

Continuará la próxima semana…

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