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LA CATEDRAL HOY, UN DÍA CUALQUIERA
La Catedral de Mérida, hoy, las 8:30 de la mañana. Justamente ha concluido una misa brevis y varios curas recitan sus aletargadas oraciones matinales. Adherida al umbroso confesionario, una azarosa señora murmura a los oídos del confesor una sarta de candorosas culpas que seguramente serán expiadas con la mediación de redoblados padrenuestros. Ante el levantado óleo de la Virgen de Guadalupe (que plasmó Miguel Cabrera hacia 1748) se prosternan, guarnecidos de rostros graves y convencionales, inspirados guadalupanos. Otros feligreses pugnan por sobar (ya lo he dicho) el frio bronce germano del Divino Redentor y enseguida sobarse ellos mismos el rostro, las manos, los hombros, el cuello, buscando mitigación a quien sabe qué inefables dolores… (1) El órgano ha cesado de repercutir sus notas y su ejecutante, el maestro Poot, platica animadamente con uno de los vetustos parroquianos. En silencio han quedado las bocinas guindadas de las columnas; en silencio los íconos indispensables; en silencio el reloj, que data de 1900; en silencio la pedregosa efigie del apóstol San Pedro, el más lejano antecedente de Karol Wojtyla (que no hace mucho ha acogido en Roma a un risueño exterminador de judíos) (2); en silencio los silenciosos cirios; en silencio los bustos (que ya es una reiteración) de los obispos muertos (que es otra); en silencio el provecto bautisterio; en silencio las criptas y los candelabros apagados (que vio arder don Justo Sierra en 1819); en silencio el infinito Cristo de Lapayese, y el púlpito y los vastos pilares y los ventiladores y la impasible cúpula…
Sobre las bancas postreras, aindiados vagabundos metropolitanos y del patio duermen a pierna suelta. Una beata besa con denuedo un relicario. Andresito (gay de ochenta años, lenón de tiempo completo, antiguo y contrito pecador) penetra en el templo, se persigna y se arrodilla ante la Virgen de Guadalupe. Es un inquebrantable concurrente de la Catedral, por las mañanas, antes de consagrarse a sus no muy católicos deberes de alcahuete.
A las puertas del edificio se escenifica el rutinario teatro de la mendicidad: una media gruesa de pordioseros se ha instalado en la entrada Norte, y otro número igual en la Sur. Todos cuidan con desmedido celo sus sitios y acaso piensan, como Nathaniel Hawthorne, que aquel que abandona su lugar en la vida corre el riesgo de perderlo para siempre. Entre ellos despunta una pareja de ancianos: el hombre está tullido y se desplaza trabajosamente; la mujer es ciega. A las nueve de la noche se retiran a dormir a las puertas de la “Casa David Arceo”, donde sobrellevan las lluvias, el frío del invierno y los pérfidos mosquitos de verano. Ignoro dónde cumplen con sus abluciones. Además de ésta decena de desvalidos, hay un acordeonista por las tardes y un guitarrista ciego en la mañana que presagia –como San Judas– las cosas terribles que habrán de acontecernos. Pero su terribilidad –muy al contrario de la terribilidad del Moisés de Miguel Ángel– es espuria, y después de recitar ante su consternado auditorio los versículos admonitorios, se permite reír y chancear, especialmente cuando escucha el inconfundible tintineo de las monedas que le son obsequiadas.
(Agosto de 1987)
Roldán Peniche Barrera
- Remito al lector a la Nota 2 de “La Catedral: In and Out”





























