Enseñanzas de Abuelo

By on enero 2, 2015

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Abuelo y yo vivimos en una isla. Sabíamos sus contornos, cada espacio de aquel lugar tenía un nombre. Cada esquina estaba, y aún está, cartografiada en el corazón nuestro. Hoy las cosas, los objetos, quizá han cambiado de lugar o sirvan para otro fin, pero su esencia pervive en mi memoria.

En la isla éramos y heredamos la reserva y la extrema austeridad. En aquellos años, quizá si me hubieran preguntado qué sabía hacer, hubiera respondido como Siddhartha: “sé ayunar, sé esperar y sé reflexionar”, es decir, nada práctico y mundanamente valioso porque del mundo ya sabemos lo que es.

Las cicatrices de una cocina, las hileras de piedras de lo que fueron una casa de paja, dos cocinas –una más primitiva que la otra–, un corral, un chiquero, un estanque, el brocal de un pozo, las sombras de los árboles, todo se mantiene imperecedero tanto en mi memoria como en la de mis hermanos. Las cosas están impregnadas de la esencia de mis antepasados. El tatarabuelo Esteban, la bisabuela Norberta, el abuelo Benito. Viejos encantadores de sus nietos.

Sus espíritus aún vagan en el espacio sentimental de  nuestra isla y nuestra memoria. Por ratos se asoman en los recuerdos, hacen, dicen y se ocultan nuevamente. Pero ahí están, vivos en el torrente sanguíneo, en la fuerza de nuestra sangre. Su voz está presente, y hacemos las cosas escuchando sus indicaciones.

La isla, mientras el abuelo vivió, tuvo una vegetación esplendorosa: las ramas de los árboles caían vencidas de hojas y “cundidas” de frutos. El abuelo siempre fue enemigo de la vegetación silvestre y ahora lo comprendo más que nunca. Nuestra isla apenas tenía una capa fértil de tierra como para desaprovecharla en plantas que solo dieran hojas, había que aprovechar al máximo cada metro del terreno. Cada plantita frutal debía ser “injertada” con esquejes de árboles constituidos, para acelerar de manera natural el ciclo de producción.

Aún persiste el estanque que servía para almacenar el agua que extraía la veleta, con la que se regaban las hortalizas y flores. Elementos frágiles sobre las que erigieron su mínimo pero sólido patrimonio.

Muchos años después, cuando toda aquella gloria edénica había pasado junto con dos huracanes, me preguntaba cuál había sido el secreto de todo aquello, porque los que nos quedamos nunca más pudimos reconstruir aquel esplendor. La respuesta  acudió a mí como dictada desde la lógica y el infinito: el abuelo le hablaba a sus árboles y les dedicaba el tiempo entero y los mejores esfuerzos de sus últimos años.

Con la carga de sus años, como yo le conocí, salía a dar paseos por la isla por la mañana y la tarde y yo le seguía a cierta distancia, como me habían dicho mis padres que hiciera. Escuchaba que hablaba en el idioma de nuestros ancestros más antiguos, un torbellino de palabras le envolvía y me mareaban “Oom, óop, abal, ook, chacal haas, tsálmuy, pakal, oox, ko’ópte, chí”, etc.

Abuelo salía a la puerta de su casa y miraba el cielo. Ponía especial atención a las emociones y caprichos del tiempo. Me decía que habría mucha lluvia o serían meses de soles.

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Entonces nos concentrábamos en colocar puñados de sal gruesa, ya colgándolos en bolsas de trapo en las ramas, o a los pies de los árboles frutales. En mayo, enjalbegar las cortezas como antiséptico contra las plagas; en junio había que darle su “limpia” a las plantas para que cundieran. El abuelo me decía que ciertos días de lluvia estaban relacionados con festividades de imágenes católicas y del dios maya disimulado en la conciencia del pueblo. San Miguel Arcángel era el supremo comandante de los chaaques. San Antonio, San Isidro, San Juan, San Agustín, San Bernabé, todos eran días fijados en el santoral en que debía llover y que se correlacionaban con Chaac, dios maya nuestro de la lluvia.

Durante muchos años visitábamos otra isla, Su´uk Naranja. Era más grande, con árboles frutales mayores, y había un mundo de trabajo por hacer: cambiar la manguera, “soltar” la veleta, o ponerle media retranca –según estuvieran los girones de la bestezuela loca que era el viento–, barrer las grandes hojas como parasoles que caían de la bóveda arbórea, deshierbar con ahínco hoy aquí, mañana allá.

Atrás de la lomita de la veleta había un antiguo estanque circular con sus paredes decoradas con gravilla, un lugar con cortinas de misterio que mece el tiempo. Una mata de mango mangloba se erigía y administraba el paso de la luz. Se cuenta que en aquel lugar un niño se ahogó, un ángel que aún vaga por ese lado de la isla.

Cuando atendía una orden del abuelo, caminaba por encima de los vestigios de los canales de mampostería, prehistóricos sistemas de riego de los primeros ocupantes de la isla.

La ínsula estaba rodeada de un mar verde seco con oleaje de espinos, que eran como miles de armas que defendían el lugar, aunque la historia se encargó en su momento de demostrar que fueron armas vueltas para esclavizar económica y moralmente a una civilización.

Cuando llovía nos resguardábamos en una casita de palma de huano, que era una especie de bodega para guardar herramientas. A las diez de la mañana, al cobijo de esa choza nos sentábamos a tomar una bolita de keyen, el sagrado almuerzo de la raza nuestra. Lo consumíamos con sal, para luego volver a las actividades hasta poco después del mediodía, cuando retornábamos a la isla madre donde nos esperaban la abuela y mamá.

En una de esas ocasiones le pregunté qué eran las cabañuelas. Me respondió que era cuando el día nos revelaba los secretos del año: cada día de enero –desde el primero del año hasta el doce, y del trece al veinticuatro­– nos mostraba el clima de las estaciones y los meses, luego se contaba por medios días, y así sucesivamente hasta extinguirse el mes.

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“¿Pero por qué eran cabañuelas, abuelo?”, insistí.

Me respondió con la sabiduría de sus noventa años, no porque tuviera los conocimientos acumulados, sino por la experiencia vivida, con el reconocimiento y la sencillez de manifestar que no lo sabía.

“Eso averígualo tú, hijo, para eso están los periódicos y los libros, y por eso vas a la escuela. Averígualo y me dices, que yo también quiero saber”.

Ese día Abuelo me dio una gran lección: vinimos para aprender, estamos aquí para compartir, y nunca es tarde para actualizarnos. En maya le respondo al infinito, ya que Abuelo está en algún lugar y en todas partes. Está en mi memoria y aún puedo escuchar su voz. Yuum bo’otik Nool.

Juan José Caamal Canul

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