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Ensayos Profanos (VII)

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VII

EL PORVENIR DE LA LENGUA NACIONAL

En un país como México, tan grande, disperso, y hasta hace poco tan incomunicado; que tiene además regados en su territorio vestigios de incontables lenguas aborígenes; un país cuya frontera inmensa le hace colindar con el idioma más poderoso de la tierra; un país que, a pesar de que cuenta con cultura propia y tradición, padece malinchismo cultural; que sufre, en fin, desequilibrios económicos que le impiden el libre acceso al cultivo de la intelectualidad, es imperiosa la existencia de tantos dialectos como tenemos. No se habla lo mismo en la sierra tarahumara que en el sur de Yucatán, aunque esto es precisamente lo que ocurre en toda la América hispana y hasta en la tierra de Fernando e Isabel. Para el control de los dialectos, para evitar la fuga y dispersión de la estructura idiomática que pudiese traducirse en anarquía lingüística, es preciso que sobreviva una base culta con sede en las metrópolis.

En el caso de México no hay que insistir sobre este punto, pues sabemos que lo trascendente tiene su sitio a fuerza en nuestra capital. Así ha sido a través del tiempo; desde el segundo Moctezuma, y a lo mejor desde el primero. Así seguirá siendo por los siglos de los siglos, a pesar de las promesas presidenciales y de los tibios intentos de los mismos capitalinos.

Entre tanto, analicemos con calma la situación.

Hay en el valle de México, lo que se dice el Distrito Federal y sus alrededores, un asentamiento de 15 o 20 millones de personas entre iletradas y no, que representan como la cuarta parte de la población total de todo el país. Es justo, por tanto, que esa mayoría tenga a su cargo la base del lenguaje culto que es necesario conservar si queremos hablar y, sobre todo, escribir en español. Si no, corremos el riesgo que un día no lejano no podamos entendernos con nuestros prójimos hispanoparlantes de España, la Argentina o el Perú. Ellos, los de España, Argentina y Perú, están obligados a intentar otro tanto.

¿A cargo de quién dejaremos el asunto? ¿De la Academia Mexicana de la Lengua correspondiente de la Española, falibles las dos y casi muda la primera? ¿De Don Isaac Palacios, con el puntillismo de su “fiat lux”? ¿O quizás del internacional y “polilingüe” Raúl Velasco; o de los cronistas deportivos de Televisa y demás monstruos del radio y la televisión? No, señor. La base culta del lenguaje, tan necesaria para la supervivencia como los vocablos de nueva creación, tiene que ser conservada, normada, enriquecida y difundida por intelectuales, especialmente prosistas y poetas, que de unos y otros tiene de buena calidad y en abundancia la nación.

Tristemente, lo que debería ser no es y aquello otro es lo que ocurre. ¿Por qué? Por falta de lectores. Pueden descansar en paz Don Alfonso Reyes, Don Jaime Torres Bodet, Don Martín Luis Guzmán, Don Ermilo Abreu Gómez y otros tantos talentos literarios que pasaron a la gloria pues, fuera de dos o tres ratones de biblioteca, nadie hurgará en sus infolios.

El mexicano, desde Tijuana hasta el Cabo Catoche, pasando por el Bolsón de Mapimí y el Itsmo de Tehuantepec, no lee o, si acaso, limita sus lecturas a las fotonovelas, las tiras cómicas y algunos titulares de los diarios; especialmente de la página roja, el suplemento deportivo o el de sociales. Nada con la página editorial. Eso sí, los que pueden ven televisión, así tengan que empeñar los calzones y restringir el condumio. Los pobres se conforman con la radio, y los miserables con charlas de peluquería o de azotea. Por tanto, son los llamados medios de comunicación masiva (radio y televisión), los que establecen arbitrariamente las normas de nuestra lengua nacional. Y lo hacen con espíritu comercial. De allá el desbarajuste.

Un fenómeno más, tan inevitable como los anteriores, viene a ahondar la desorientación. Esa inmensa capital de que antes hablamos, ese conglomerado heterogéneo de masas en diverso grado de desintegración corpórea y cultural, representa dentro del área que abarca un sistema anárquico y confuso de dialectos contra el que nada puede Don Isaac. Hay como 500 colonias proletarias en el Distrito Federal, cada una hablando su propia jerga. Y como si esto fuera poco, una corriente inmigratoria de los estados lleva hacia el centro su aportación de barbarismos, su fonética, su entonación y su sintaxis. De allá esa mezcolanza de expresiones que nos aproxima de nuevo a la torre de Babel. Los disparates más absurdos tienen cabida en los distintos círculos, y son prohijados de inmediato por los locutores que se encargan de su difusión a lo largo y a lo ancho del territorio nacional.

De lo anterior se deduce que la evolución del español en México tiene más tendencias torcidas que derechas, aunque es justo admitir que ahora sí puede hablarse de la existencia de una lengua nacional, pues la comunicación ha conseguido acortar las distancias, propiciando de paso la unificación.

Yucatán fue uno de los estados más aislados del centro, y por eso es reducto de giros vernáculos, de vocablos sui generis debidos en parte a la contaminación por el maya, y en parte al aislamiento que permitió la sobrevivencia de ciertos arcaísmos dejados aquí por los conquistadores. También la cercanía de Cuba y el contacto frecuente con sus habitantes consagró varias voces antillanas. Lo cual no es de extrañar, ni debe avergonzarnos, pues la unidad idiomática no se ha perdido del todo. En realidad, las peores expresiones, esas que nos tiran a la cara en son de burla, pertenecieron siempre a las clases menos ilustradas, las que tienen representantes en cualquier lugar, lo mismo en los villorios que en la Capital. No quiere esto decir que nosotros hablemos mejor, no; en todos lados es igual. Hacemos pésimo uso de los verbos y las preposiciones, y tenemos detestables errores de construcción; pero estos no constituyen tendencias capaces de contaminar la lengua nacional, sino vicios que tienden a desaparecer gracias a la influencia metropolitana, la que desgraciadamente no está libre de yerros ni vulgaridades.

No sé por qué cualquier peregrino sin atisbos de educación, por el único mérito de radicar en el D.F. se erige en autoridad lingüística y hace mofa de los dichos regionales. ¿Será otra manifestación del centralismo? La costumbre es cambiar, sin importar que sea un barbarismo por otro. Es así como, influidos por los pontífices de ocasión, vamos dejando nuestros términos más o menos puros, exactos o no, por exóticos o malsonantes de inferior categoría. Nuestras fondas se han vuelto “loncherías”, nuestros sorbetes “nieves”, nuestros limpiabotas “boleros”, nuestras maletas “petacas” o “velices”, nuestros refrescos “aguas frescas” o “limonadas”, o nuestras plazas “zócalos”. Voces a todas luces ilegítimas como “escarpa” o “recados” –acera y especias en buen español– han de sustituirse por “banqueta” y “recaudos”, que no son mejores a pesar de su procedencia capitalina. No me agrada el “muy mucho”, tan poco acorde con la esencia vocal del castellano aun cuando Cervantes lo empleaba alguna vez. ¿Y qué decir del discutido “todo mundo”, en vez de “todo el mundo”, que es lo correcto y que preferíamos antaño? ¿Y “la casa de junto”, el “así no se vale”, “entre más lo veo”, “en base a”, etc.?

Tengo la impresión de que la metrópoli no cumple con su deber de preservar la base culta de la lengua, pues deformaciones de esta clase, bien alejadas de su raíz hispana, toman carácter de giros elegantes y cunden como plagas. En un pueblo de escasa actividad laboral como el nuestro, las charlas de café, los desayunos de trabajo, las juntas direccionales, las cenas de ejecutivos, las entrevistas públicas y otras manifestaciones del intercambio oral abundan, y cada sector tiende a fabricar sus propios vocablos como consecuencia del derecho de opinión que otorgan las democracias.

Carlos Urzáiz Jiménez

 Continuará la próxima semana…

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