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Ella

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La luz del sol se filtra a través de los empañados cristales de la vieja ventana de tu cuarto y te toca la cara. Te recuerda a regañadientes que un nuevo día acaba de comenzar. Te cubres el rostro con las manos para evadir la sensación incómoda que te ocasiona el astro rey gritándote que tienes que moverte, que debes levantarte.

Te sientas.

Aún con ojos entrecerrados, meditas y analizas, tratas de encontrar una excusa perfecta o alguna razón idónea para no salir. Así podrías encerrarte una vez más en la prisión de ti mismo, en tus miedos, en la triste pocilga en que vives, esa misma que estás a punto de perder por no cubrir la renta. Aún no encuentras una razón confiable o creíble, mas responde tu cuerpo al grito de tu mente con un: “¡vamos, levántate!”

Con un humor de los mil demonios, te levantas, dudas que harás, si responder al llamado de tu cuerpo en la duda de primero cagar y luego asearte.

Los cánones de costumbres impuestas por tus ancestros se presentan como reglas en tu mente y los sigues, así que optas por dejar correr tu mal humor hacia las entrañas del excusado para luego asearte. Te miras al espejo; la imagen desagradable reflejada te recuerda que eres feo, y esa barba mal alineada y sucia, como de náufrago a la deriva, acentúa esa pinche cara horrible.

Dejas de mirar, retiras la vista de él, buscas el espejo de cuerpo entero, tratando de disminuir ese sentimiento de animadversión hacia ti mismo que te propinó el primer reflejo.

La respuesta magnificada es aún peor, porque no sólo eres feo: también eres flaco, esquelético, con una barriga prominente de perro milpero que te hace lucir como una soga mal hecha con un grueso nudo en medio. Tu mismo reflejo te despierta náuseas, muestra lo que eres, lo que el mundo exterior ve y percibe de ti, algo que no puedes cambiar y, peor aún, no deseas hacerlo. Te has acostumbrado a ser así; tu físico antiguo te ha abandonado y ha derivado a la soledad que ahora te acompaña.

Recorres los espacios de tu prisión de cuatro paredes como lo haces a diario; buscas algo para calmar el hambre, pero los esfuerzos son inútiles. Llevas ya varios días sin probar alimento.

-¿Crees que a ella le importa?

Buscas la ropa que te habrás de poner, revisas el tiradero en el suelo y, entre todo el arsenal de suciedad, polvo y desorden del cuarto, rescatas una prenda; la aproximas a tu rostro, esperando que el olor aún no sea penetrante y pueda pasar desapercibido, que nadie olfatee lo desagradable de tu ser.

Es entonces, entre todo este confuso escenario de abandono en tu mente, que aparece ella. El resplandor de su rostro y su aroma fresco, a vida, invade tu estúpido cerebro.

¡Suspiras!

Recoges del piso aquella foto antigua, descolorida, carcomida, vieja, polvosa, que refleja la imagen lejana de aquella tarde en el hotel donde juntos se entregaron al placer carnal por vez primera.

Sí, en aquel lugar donde tú fuiste feliz, los dos fueron felices.

Te secas las lágrimas que corren por tus mejillas y buscas la puerta, entonces caminas, deambulas incesante y sin rumbo. Diez minutos más tarde, el sonido del claxon de una motocicleta te vuelve a la realidad; vas buscando la nada, te haces uno mismo con el desconsuelo.

El cerebro te vuelve a atacar, esa batalla entre tiempos y recuerdos incesantes entre el ayer y el hoy, entre tu vida, tu deambular a su lado y tu realidad, caminar ahora solo y sin rumbo, sintiendo que la lámpara de tu vida se apaga.

La misma rutina repetida hace varios días, caminar de prisa, sin sentido, sin rumbo. Como siempre, ella te acompaña, la magia de sus ojos refleja tu imagen, en un espejismo íntimo que ya habita en ti.

Sigues caminando, no te detienes, el sudor en tu frente te nubla la vista y la resequedad en tus labios te recuerda que tampoco has bebido agua. Te sientes mareado. Te sientas en una banca de aquel parque donde un día le juraste amor eterno. Estás agotado, sin fuerzas, solos tú y tus recuerdos, esos que te han llevado a cegarte y a vivir sin un futuro, sin esperanzas.

Sentado en la banca, te aborda la noche. Miras el periódico del día, observas detalladamente la fecha, y una sonrisa triste te confirma que, en efecto, hoy es tu cumpleaños.

Las luces de los autos transitando por la avenida principal te lastiman los ojos; casi no los puedes mantener abiertos. Te sientes cansado, las fuerzas te han abandonado.

De nueva cuenta, ella te acompaña, te susurra al oído, te invita con su dulce, dulce voz, a que la recuerdes, que descanses, que te entregues a ella, cierres los ojos y dejes de luchar.

Las luces se apagan, tus párpados se cierran, tu voluntad camina hacia una penumbra que se torna en oscuridad.

Con esa imagen feliz y dulce en tu mente caminas de la mano con tus recuerdos…

Una suave brisa desciende y abriga tu cuerpo amorosamente…

Isaías Solís Aranda

yahves@gmail.com

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