Inicio Recomendaciones El Trapecista Más Grande del Mundo

El Trapecista Más Grande del Mundo

23
0

Visitas: 11

Niños_portada

I

EL TRAPECISTA MÁS GRANDE DEL MUNDO

El mundo no tiene fin ni principio; no tiene forma; no tiene nombre; no tiene mundo. La vida es el cielo y es la tierra.

Rogerio es un niño descalzo sobre la tierra, bajo el cielo. Ayer los enanos lo llenaron de gloria en la cueva donde viven y a la que fue invitado sin que mamá Elena se enterara. ¿Para qué recordar a Piquitos, el más bonito enano que he visto en mi vida y el más bueno? ¡Piquitos! ¡Piquitos! Mamá, ¿dónde está Piquitos?

Aquel mundo se acabó. La cueva no la volveremos a ver jamás.

Mamá Elena se levantó primero, muy temprano, a preparar el desayuno. El sol, el gallo, Rogerio y Piquitos se sentaron con mamá Elena junto al fogón a tomar café con tostadas y frijoles.

Ya, hijo, come pronto que nos vamos a trabajar.

“Piquitos” desapareció sin avisar. En un rincón del cuarto, Rogerio tomó la caja de cerillos que tenía guardada, la abrió y comprobó que aún estaba su escarabajo verde. ¿Ya ves que volví? Te asustaste, Tortugo, creíste que ya no nos veríamos otra vez. ¡Ven, vamos! Lo tomó con los dedos y se lo puso en el pecho. Con sus patas espinadas, ahí se afianzó Tortugo.

Rogerio, acomodándose en los hombros los tirantes de los pantalones cortos, salió de su casa siguiendo a su madre. Mamá Elena cerró la desvencijada vivienda de madera, aseguró las armellas de las puertas con un cordón de zapato y se encaminaron.

“¡Vamos a trabajar, Tortugo! ¡Vamos a trabajar!”. Casi junto a la barbilla, en el pecho de Rogerio, el escarabajo, aferrado a su camisa, estaba inmóvil. El niño no le quitaba los ojos de encima.

A las 6 de la mañana la gente va al trabajo. Hombres y mujeres se cruzan en la calle. Los trabajadores del Rastro, por el contrario, vuelven del trabajo. Muy pocas personas se ven a esa hora por la calle 79, rumbo del Matadero de San Sebastián, no están asfaltadas. Calles polvosas y pedregosas como todas las de las afueras de la ciudad. La plaza del barrio, con su iglesia, el jardín y las dos escuelas, está rodeada de calles asfaltadas en las que viven familias de mejores recursos, familias de comerciantes de ganado casi todas; los Molina, los Bustillo, los Montejo, gente esta última que nada tiene que ver con Francisco de Montejo, fundador de la ciudad, otros Montejo diría la gente pretenciosa, y los Ordaz.

La señora Ordaz contrató a mamá Elena para que hiciera el lavado de la ropa de ese día. En otras casas de la plaza de San Sebastián era por demás conocido el trabajo de la madre de Rogerio y se comentaba con muy estimables palabras sus aptitudes en el oficio. Era la mejor de las señoras que solicitaban sus servicios. No se quedaba, por ningún motivo, fija en ninguna casa. Trabajaba de paso, como en Mérida se califica ese modo de servir de algunas domésticas.

Mamá Elena, con su atuendo mestizo – hipil de franjas bordadas con flores grises, rebozo pringado de verde en fondo oscuro –, camina descalza por la calle pedregosa rumbo a la casa de los Ordaz. Rogerio, tomado de la mano derecha de su madre va, sin chistar; prendidos los ojos en su verde Tortugo.

“Adiós, don Camilo”. “Adiós, doña Esperanza”. “Buenos días, don Natalio”. “Buenos días, doña Soledad”. En todas las poblaciones pequeñas del mundo la gente, cuando se encuentra al paso, se saluda por sus nombres. Mamá Elena no cesaba, en la calle, de nombrar gente.

Mamá Elena por acá, mamá Elena por allá. En el mundo todos somos hermanos.

* * *

Tortugo alisó sus alas verdes y emprendió el vuelo. Rogerio lo siguió, agitando, como en leves saltitos, sus alas de colores. Hermosa mariposa chocolatera. Rogerio voló tras su escarabajo. Múltiples alas se cruzaban por el aire. No había un solo color, un solo sonido que no tuviera alas. pero lo más bonito de todo era como se veían las personas que pasaban. Recordaba los enanos de la cueva. “¡Piquitos! ¡Piquitos! Una flor, mira, ahí hay una flor”. Las mariposas se posan en las flores para chuparles la miel. Rogerio se desprendió de su madre, recogíó una campanilla azul y le chupó la miel. “¿A ti no te gustan las flores, Tortugo? ¡Tonto!”.

* * *

¡Tú pescas!

¡No! ¡Yo no, estoy encantado, soy una estatua!, ¿no me ves?

Riqui ron, riqui ran,

los Maderos de San Juan

piden queso y les dan pan

piden pan y les dan hueso…

 

Uno-Bruno

Dos-coz

Tres-Andrés

Cuatro-gatos

Cinco-te brinco

¡Burro castigaadoooo…!

Sirenita de la mar ¿me dejarás pasar con todos mis hijos…?

– Pase, pase usted, Elenita. En el lavadero está toda la ropa. De un lado encontrará el jabón. Quiero que me termine hoy la ropa porque necesito tener limpios a los niños mañana para llevarlos al circo…

“Por acá entran los artistas: los payasos, lo enanos, los alambristas, los trapecistas”. Por acá entran mamá Elena y Rogerio, detrás de la casa, por un camino que los conduce al lavadero, punto desde el que parte el amplio patio sembrado de árboles. Pegado al muro se levanta la caseta del lavadero. “Aquí se vende los boletos”. Mamá Elena entró a preparar su trabajo. Rogerio se detuvo junto a la taquilla desde donde, los ojos prendidos hacia el hondo patio, se embelesó contemplando las carretas del circo con las jaulas de los animales. En ese preciso momento pasó junto a él la banda de música enarbolando una alegre marcha. Rogerio se sumó a los músicos con su tambor y rataplán, pan, pan, pan… Después se mezcló entre los artistas, cambió palabras con ellos y enseguida, con notoria autoridad, empezó a revisar muros, graderías, piedras, jaulas, árboles. Por ahí arrancó una yerba; por aquí saluda a un cenzontle en su mismo silbido; esa flor quiere decirle algo pero que perdone porque Rogerio está muy ocupado: tú por acá, tú por allá; ustedes de aquel lado, levanten esa carpa, arríen ese columpio; cuiden los del otro lado que no se vayan a escapar los leones; tráiganme los perritos y que vayan a la tienda a comprarme unos caramelos de miel. Así comenzó a levantarse el circo con la ayuda manual de un ejército. Rogerio mandaba; todo mundo lo obedecía. Único habitante de aquel patio gigantesco a sus ojos, su movimiento era constante, sin descanso. El circo ya estaba perfectamente bien armado; todo lucía como para que en ese momento empezara la función. El sol hirviente, que reñía con todo lo que iluminaba, tenía el más franco paso a aquel patio donde unos cuantos árboles – ciruelos y ceibas – cobijaban un poco el terreno pedregoso. Rogerio había concebido colosales toldos en la amplitud cóncava del ramaje de las ceibas; y en los ciruelos que en Yucatán se extienden extrañamente en troncudos gajos horizontales, imaginó la armazón interior del circo con todo el juego de trapecios y alambres para los equilibristas y volatineros. Una triste soga colgada de la rama de un ciruelo, con una raja de madera atada a sus extremos, era el solo rústico trapecio en el que se mecía Rogerio.

Elegante maestro de ceremonias, señor Patiño, restallando su látigo, anunciaba el principio de la función, con la presentación del más notable trapecista infantil del munnndoooooo: ¡El Gran Rogerio! Olvidado de momento ser dueño y director de aquel espectáculo, iba en su carácter de artista, a ejecutar las más temerarias suertes en el trapecio de oro. Los aplausos llenaron todo el patio, revolotearon entre las frondas de los árboles y removieron todas las piedras. Rogerio desde su trapecio, con las manos sueltas, pero con las puntas de los pies apoyadas en el suelo, saludaba a todos los niños que gritaban con delirio.

Notabilidades y hombres riquísimos, uno que otro Rey de paso por Yucatán, atraídos por la fama del pequeño artista, le hacían presentes: patines, bicicletas, pantalones largos, pesos de plata; bellísimas señoras le mandaban regalos para mamá Elena y numerosos niños solicitaban verlo personalmente asistiendo a su camerino. Rogerio se disculpaba graciosamente y con su secretario, un niño chino que hablaba laleando las eres del español, distinguido, educadísimo, vestido igual que el chinito del almanaque, enviaba caramelos a los niños y besos volados a las damas que esperaban ser recibidas por el gran trapecista. A los Reyes mandábales contestar que iría con su circo a cada uno de sus reinos en la próxima gira que realizara. El niño chino tenía por cierto, toda la cara de Wong, el hijo del dueño de “La Balancita”, miscelánea en la que Rogerio se detuvo a comprar cierta vez, algunas galletas, y que Felipe, ahora su secretario, le había despachado pues, de acuerdo con lo que se dice que según el sapo es la pedrada, para cinco centavos de galletas animalitos, estaba bien que el pequeño Wong hiciera la asistencia. Rogerio con 7 años y Felipe con 9 parecían de la misma edad. Y la mirada de extrañeza primero, de tanteo, como para medir distancias y calcular garras; el tuteo después: la mitad ya estaba hecha: “Y tú ¿cómo te llamas? “Felipe”. “¿Y tú?” “Yo soy Rogerio. Ven, te invito a que veas mi circo”.

Felipe Wong, con su precioso traje de seda cortado en armónicos colores, hizo profundas reverencias a todos, y los despidió con mil disculpas, de parte del pequeño artista que quería estar solo.

Rogerio se mecía rítmico, con su rústico trapecio colgado en la rama del ciruelo. Echado hacia atrás, casi horizontal, cruzado al palo del trapecio, con la cara hacia arriba miraba ir y venir las hojas y ramas del árbol, alternados sus verdes tupidos con los espacios vacíos que llenaba de azul el cielo. Ir y venir, cambiando muchos azules con blancos de nubes, también de paso como el trapecio oscilante. Apagar y encender, abriendo y cerrando los párpados, el paisaje que sobre él pasaba, mágico, pleno de habitantes claros y sombreados al matiz de todos los verdes imaginables. Aquellos jinetes se persiguen y sorpresivamente se enfrentan en encarnizado duelo. Una niña expone toda su belleza y delicadeza entre el repiqueteo de cascos y espadas. Nadie advierte su presencia. Es inminente el peligro: ¡Detente, Rogerio! ¡Rogerio! El vértigo se absorbe al más inocente e insensible de los hombres. Nadie se detiene. ¡Rogerio! Uno de los caballos raya el aire, yergue la más altiva efigie que libro alguno de cuentos haya pintado, y desciende, gallardo el jinete, con la izquierda las riendas de su caballo alado, y se van al circo. Mariquita, con su vestido de muñeca, ante la expectación del público, llega del brazo de Rogerio.

¡Señooooooras y Señoooores…!

El gran Rogerio en escena va a ejecutar las mejores suertes en el trapecio, en un número combinado con la linda Mariquita. La orquesta saluda a la pareja, mientras la locura invade la sombra del ciruelo.

Rogerio oscila, suave, rítmico, embrujado en su árbol, cuyo ramaje tan tupido apenas si delata el paso del sol que ahora está en el cenit.

Sin importarle la perfecta compostura del circo, la mamá de Rogerio, con larga soga en las manos se presentó en el campo de la alegría que estaba a punto de reventar de tanto niño, y tendió de una ceiba a otra, de un mástil a otro, la cuerda y se dispuso a colgar la ropa. De 7 a 12 había podido hacer únicamente la mitad del trabajo. “Ha de tener hambre el pobre Rogerito”. “Rogerio, ¡Rogerito! ¡Hijo! ¿No tienes hambre?” ¿Hambre? Ssssssí… mamá… Rogerio se acercó, lento, delgado y, dejándose acariciar por su madre, se fue con ella al lavadero donde comieron empanadas secas de carne con un atolillo dulce de harina de maíz. “Mamá ¿te acuerdas del circo de Santiago?” “Sí, hijo; nada más que a éste no sé si podamos ir, ya no está papá para que nos lleve… pero… ya veremos” El circo… papá… y, entre masticones de empanada y algunas palabras sueltas de mamá que apenas se percibían, siguió la función con el número de los payasos. Rogerio, sentado junto a Mariquita, aplaudía entusiasmado y muerto de risa en el palco de honor. “Toma, guarda mis caracoles”, le dijo su preciosa acompañante, y en ese momento, en ese segundo, no había en el mundo niño más feliz. Con la caja de caracoles ya no podría aplaudir. Pero por dentro el pecho redoblaba. Las caras infantiles llenas de risas; la de Rogerio, sugería una pequeña sonrisa. El goce era íntimo.

Con estrambótico traje de colorines, boca descomunalmente roja y grandes ojos lagrimeantes, el payaso Rogerio hizo estallar, al aparecer, una carcajada general. La mueca graciosamente triste de los payasos mueve a risa. “¡Ay señor, o se llora o se ríe! ¡No sé por qué llorar si todo esto es hermoso. Sí, pero a mí me duelen los pulmones, hijo, de tanto fregar ropa desde que Dios amanece. No llores mamá, tú eres la Reina”. ¡Qué circo tan extraño: en su parte central se levanta fastuoso un trono donde una gran dama preside el espectáculo. El trapecista, durante sus suertes más peligrosas, dedica saludos a la Reina. Todos los artistas le hacen caravanas. Algunos animales cabriolean; otros se paran en dos patas o mueven las orejas. ¡Todo para la Reina! “Ya, hijo, vete a seguir jugando”.

* * *

“¡No, que no le peguen a los perritos! ¡Déjenlos jugar! ¡Qué bonitos se ven con sus lacitos en la cabeza, paraditos y las manos dobladas!”. Todos los niños aplauden a los perros que juegan en la pista sin ningún domador. ¡En este circo no hay domadores, Señor! Los animales pasean en la pista y hacen diabluras sin lastimarse. Las jirafas sirven de resbaladilla a los trapacistas cuando rubrican su actuación. Los “ponies” trotan entre el alarido de los perros que los persiguen. Los osos juegan a la lucha y los monos aplauden. Los payasos lloran mientras se carcajean. ¿Por qué llorar si todos los niños y los animales están alegres? ¡Qué lagrimotas Rabanito! ¡Lágrimas coloradas sobre tus mejillas, Tony! ¡Que nadie llore, que la Reina se divierte! Rogerio el Gran Trapecista vuela por los aires pasando de barra en barra. Silban los resellos cuando salta y después de veinte volteretas se aferra de otro trapecio. Aplausos y gritos premian la hazaña del infalible Rogerio, que en el cuello de una jirafa se desliza al suelo. La Reina lo corona con un beso y él es todo risas. Mariquita se ríe y le ofrece su helado. En el trapecio oscilante, sin descansar, Rogerio mira pasar las piedras debajo de sus pies. “¡Mira, son como casitas blancas! Por los caminos pasan las hormigas. Son soldados que están desfilando; el de adelante lleva una bandera blanca. Si falla el motor del avión caeremos sobre este pueblo. ¡No hagas piruetas, Rogerio! ¡Acuérdate que llevas canicas y dulces para tus amigos de San Sebastián! Sí, para todos, menos para Gabriel que es muy presumido porque tiene patín. Arriba, las ramas de los árboles se mecen con la brisa de la tarde, el sol mancha el suelo con sombras largas, gigantes. ¡Son gigantes que vienen a jugar conmigo! ¿Y si te dicen “ven Rogerio con nosotros al Palacio de las Canicas”? Yo voy, recojo muchas agüitas y ágatas y se las doy a mi mamá para que me guarde.

– ¡Rogerio! ¡Rogerio! ¡Es tarde, hijo, vente!

Es tarde, va a ser noche. ¡Qué precioso circo adornado de estrellas! “Cuenta las estrellas y te vuelves rico”. “¿Qué harías con mil pesos?” “¡Uy, mil pesos es mucho! ¿Cuánto cuesta un avión? Mejor me quedo con los perritos del circo”. “Mil estrellas y mil estrellas hay en el cielo, ¿verdad, mamá?”.

– Sí, hijo, ¡duérmete ya!

“Que vean que se acuesten los perros y los monos, y los elefantes y las jirafas, y los osos. Que los tapen con sus sábanas para que no tengan miedo a los gigantes de la noche.  Jesucito de mi vida, tú que eres un niño como yo… ¿Ya se habrá dormido la Reina?

La mamá de Rogerio, de puntillas, sin hacerse sentir entre los animales, los payasos, los cirqueros, y las cornetas, y las carpas del circo que están durmiendo, bien tapados debajo de sus sábanas remendadas, tiende el resto de la ropa que ha terminado de lavar. Las sogas donde mamá Elena ha colgado las prendas pasan debajo de los trapecios, encima de la alfombra de flores que dice “Rogerio”. Un terrible ardor de pulmones la obliga a sentarse en la primera silla de la luneta junto a la pista. Se soba los brazos adoloridos. Se restriega los ojos húmedos y mentalmente distribuye los 20 pesos que ahora va a pagarle la mamá de Mariquita. Maíz, frijol, huevos, café; algo para la renta del mes y para el fortificante del niño y ojalá pudiera llevarlo al circo…

– Gracias, señora…

– Ay, se durmió el niño. No se le olvide, Elenita, volver la próxima semana.

El que tiene sueño, duerme entre trapos, en el suelo, en el lavadero o en el gallinero, ¡donde caiga! Se duerme mejor entre los brazos de mamá, debajo de las primeras estrellas, yendo a casa. “Ya no está papá para que nos lleve”. “Ya no estás, Gervasio…”

Mamá Elena y Rogerio llegaron al mismo cuarto de madera, desvencijado. En una sola hamaca se acostaron. Rogerio, dormido, se removió un poco y se acomodó al calor de su madre. Mamá Elena, con los ojos sumidos en la oscuridad, con la respiración de Rogerio sobre el pecho, amasaba un nuevo día de esperanza. Un día más que la apresuraba a cumplir los 35 años. Si Gervasio entrara ahora, ¡qué importa el cansancio! ¡Gervasio! ¡Gervasio…!

* * *

Aunque muchas veces no queremos, el sol del día se nos mete en las pupilas. Nos hacemos fuertes; tomamos donde podemos la dosis de esperanza que necesitamos, y nos aprestamos a vivir, como por compromiso, el nuevo día. Hay que levantarse. Son las 6 como todos los días de la vida. Prender el fogón y calentar el café y los frijoles.

Con la luz del sol se despeja, lenta, la bruma que envuelve el circo. Los animales y los artistas, al olor del café, se desperezan. “¡Mamá!”

– Sí, hijo. Levántate que nos vamos a trabajar.

Entre las rendijas del cuarto pasan los filos del sol. Adiós al circo. El Trapecista Rogerio, El Temerario Volador, se va con su madre por la Calle 79, con la mano sobre la pistola enfundada, por si acaso algún pistolero de los bandidos que abundan por esa región, sale al paso de “El Solitario”. El caballo blanco es ligero e inteligente. ¡No hay nada que temer! ¡Arre!

Raúl Renán

[Continuará la próxima semana]

 

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.