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Crónicas_portada

II

P R O L O G O

Después de largos y muy prolongados años en que permanecieron los originales de estas Crónicas subyacentes en las profundidades de una gaveta, amarillándose como pétalos resecos por el paso del tiempo, esperando una voz, similar a la que Lázaro oyera, a efecto de que abandonara la huesa, y perdidas ya en el horizonte lejano las esperanzas como languidescentes rayos de un sol en tramonto, esa voz surgió dada por quien podía darla, contrariamente a otros que, pudiéndolo hacer, no la dieron.

Fue el doctor Francisco Luna Kan, Gobernador Constitucional del Estado de Yucatán, espíritu abierto a toda manifestación cultural y con la visión clara de una perspectiva social que va más allá de los hondos problemas materiales del momento y se adentra en las profundidades del pensamiento, del saber y de la investigación, quien conociendo la existencia de los trabajos que integran este volumen, dio la orden de que fuesen exhumados y dados a la publicidad.

Mas acontece que no basta dar la orden: es indispensable que haya quien no retarde su ejecución, quien la acate de buen grado y la ponga en marcha inmediatamente. Muchos hay que aun con el propósito de cumplir las órdenes recibidas les van poniendo obstáculos con razones sofísticas, con dilaciones aparentemente verdaderas y el tiempo pasa y la obra no se realiza.

No fue el caso de este libro. El licenciado Mario Bolio Granja, Director General de Hacienda del Gobierno del Yucatán, joven intelectual que en cuanta ocasión ha tenido oportunidad de hacerlo ha demostrado un interés profundo por todas las cosas que configuran la historia de su estado natal, tomó a su cargo, como si fuese algo suyo, la edición de estas Crónicas Retrospectivas.

El devenir de la vida moderna, más y más apresurado a cada instante que transcurre, hace que los sucesos del pasado vayan desdibujándose rápidamente, quedando de ellos tan solo resultados sin que se supieran las causas que los originaron. En este libro van tres capítulos de la historia del pueblo yucateco; tres capítulos que en sus respectivas épocas fueron de trascendencia y aún la conservan, modificada desde luego por la marcha incesante del tiempo. El primero de ellos es la génesis de la fundación del actual puerto de Progreso que, venido a menos en estos días, fue uno de los más importantes del golfo mexicano hasta en épocas no muy remotas; el segundo se refiere a lo que puede considerarse como una gesta del sindicalismo incipiente llevada a cabo mediante una huelga de los ferrocarrileros yucatecos, que siempre se han distinguido por la virilidad y entereza con que han defendido y defienden sus intereses clasistas, huelga cuya importancia es manifiesta en atención a la circunstancia de que se consumó cuando todavía el porfiriato podía reprimir con férrea mano movimientos de esa índole y el tercero echa por tierra la leyenda negra del antirrevolucionarismo del pueblo yucateco, pues nada menos que es la historia sucinta de un brote de rebelión que, encabezado por don Lino Muñoz, se llevó a cabo contra el régimen del usurpador Huerta.

Las advertencias contenidas al principio de este prólogo son, además de expresión de gratitud hacia los señores doctor Francisco Luna Kan y licenciado Mario Bolio Granja, gratitud a la que me siento moral y materialmente obligado, un tributo a la comprensión y a la amistad de ambos funcionarios que con ellas han hecho posible la publicación de esta obra que ha de ser de utilidad para esta y las generaciones futuras que de tal manera se adentrarán en el conocimiento de la historia de su pueblo: un pueblo por mil títulos glorioso.

ESTEBAN DURÁN ROSADO

México, D.F.

Fundación de “El Progreso”

Sisal era, en la época a que se contrae esta crónica, el único puerto de acceso que para el exterior tenía el Estado de Yucatán.

Era el ventanal detrás del cual la provincia yucateca acechaba, con chispazos de asombro en los ojos, lo que ocurría más allá del océano.

Era el mirador desde donde la península contemplaba la proximidad de los bajeles piratas de Lorencillo y Pie de Palo, y desde donde veía pávida y nerviosa el desembarco de los corsarios que más adelante habrían de retornar a sus naves llevando, como botín de sus rapiñas, el oro acuñado de los doblones y el bronce oloroso a vainilla de la carne núbil de las mujeres hechas cautivas.

Era el seno amplio y acogedor de la tierra yucateca en torno al cual se tendía el collar espumoso, ofrenda de los dioses marinos al pueblo único, sin par, poseedor de las maravillas de Chichén y Uxmal, legado generoso de los mayas que fueron…

Fue Sisal la primera tierra yucateca en donde posó sus regias plantas la emperatriz que pasó fugaz por la historia de México, dejando el hondo recuerdo de una tragedia doblemente emocional: una rubia cabeza que rueda en el cerro de Las Campanas, y la sombra de una mujer que vaga errante en los países europeos sin la luz de la razón.

Vivía Yucatán en los tiempos en que el humo de las locomotoras no manchaba el verde esplendoroso de los bosques, en que las sesenta y tres mil setecientas cincuenta varas que mediaban entre Sisal y la capital del Estado se hacían a lomo de mansas cabalgaduras o en chirriantes carretas, y que entonces era válida la opinión de que “el ferrocarril que se construya entre Mérida y cualquier puerto de nuestra costa debe considerarse que será, en virtud de las circunstancias particulares en que se encuentra Yucatán, perjudicial más que inútil, puesto que no es posible que pueda realizar las dos únicas ventajas que hacen necesaria y apreciable esta clase de obras: 1a., economía de tiempo y 2a., economía en los fletes, es decir, en el precio de los transportes”. (F. Ibarra O. Carta dirigida a los representantes de Yucatán en el Soberano Congreso General de 1871, sobre el establecimiento de un ferrocarril entre Mérida y Progreso. Noviembre 12 de 1871).

Esteban Durán Rosado

[Continúa]

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