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“La Jardinera” y Otras Esquinas

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II

“La Jardinera” y Otras Esquinas

En 1945 llegué a este mundo, cuando mis padres andaban de arrimados en el hogar que mi abuelo paterno estableció en la calle 65, entre las calles 70 y 72, en pleno barrio de Santiago, en Mérida. Para los nostálgicos diremos que el caserón estaba entre las esquinas de El Zopilote y La Jardinera.

Falleciendo mi abuelo pocos meses después, en la familia se dio la diáspora, pues mis tías Tulita y Chabela pasaron a ocupar una casita en la acera de enfrente, y mi tío Alfonso se mudó a otra vivienda un poco mayor, separada de la de sus hermanas por una casa de parecidas dimensiones a la de ella. Mi tío José Federico, por su parte, trasladó su residencia a Tzucacab, pues había conseguido trabajo en el ingenio Kakalná, próximo a esa población sureña.

A su vez, mi papá -químico farmacéutico de profesión- se hizo responsable de la Farmacia Peniche, que funcionaba a una calle del parque de San Juan y en la parte trasera de esa botica, como también se le llamaba, estableció nuestra residencia. Un buen tiempo duramos en ese suburbio y, a la llegada de mi hermana Hilda, toda la familia se trasladó a la esquina de El Cedro, en Santa Ana.

Mi padre, santiaguero de toda su vida, anhelaba regresar a la barriada donde había nacido y en especial a La Jardinera, donde vio las primeras luces. De ahí que, a la primera oportunidad, nos fuimos a vivir a la casa saltada. Nuestra nueva habitación estaba casi en la esquina preferida de mi padre.

Tres ángulos de La Jardinera estaban ocupados por comercios. Uno era el centro de esparcimiento etílico de don Amado Contreras, y otro la tienda que personalmente atendía su propietario don Manuel Escalante Solís quien, en los momentos en que se retiraba para el diario yantar, era ayudado por su esposa doña Evelia Baeza o por cualquiera de sus hijos Beatriz, Manuel Jesús y el menor, José Felipe, más conocido como Chacho y que era de mi misma edad.

A los anteriores establecimientos se agregaba la farmacia de don Luciano Basto Quintal, cuyo principal atractivo era el consultorio médico a cargo del doctor Antonio Torres Mesías, condiscípulo y gran amigo de mi padre. Los tres comercios – cantina, tienda de abarrotes y farmacia –, fieles a su ubicación, se denominaban cada uno La Jardinera.

El ángulo restante lo ocupaba la residencia del doctor Arcadio Poveda López, quien la habitaba con su familia. Al lado se levanta la casa donde nacieron mi padre y la mayoría de sus hermanos. Esta última vivienda no es la misma donde yo nací, sino que está ubicada entre la misma Jardinera y La Garza (65 por 74).

La cantina, que conserva su nombre, todavía existe y funciona en el mismo lugar, en tanto que el espacio de la tienda de abarrotes ha pasado a formar parte de las instalaciones de la escuela Felipe Carrillo Puerto. La farmacia cedió su sitio a una papelería con impresión de copias fotostáticas, y la casa del doctor Poveda aloja un comercio de andamios para la construcción.

Para designar a las calles meridanas, nuestras autoridades emplearon la nomenclatura numérica asignada al hoy centro de la urbe, pero que en esos tiempos era toda la ciudad. Según dice el rumor, en tiempos antiguos, cuando la mayor parte de la población y los visitantes llegados de los pueblos del interior del estado carecían de instrucción, no sabían leer ni escribir, existía la costumbre de designar a las esquinas meridanas con el nombre de plantas, flores, animales o hechos singulares. Era más fácil para todos usar esos nombres como referencia y así localizar los comercios o las viviendas de familiares o parientes.

Por ese motivo tenemos esquinas con nombres como El Elefante, El Flamenco, El Xkau, La Ardilla, El Conejo, El Canario, Los Dos Camellos, El Caimito, El Almendro, Los Cocos, El Aguacate, El Dzalbay, El Chile, La Papaya, La Flor de Mayo, El Terremoto, El Ciclón, El Huracán, La Gran Lucha, El Degollado, El Violín, Las Monjas, El Mono Suelto, El Monifato, El Chuy, La Honradez, El Matadero Viejo y una que siempre ha llamado mi atención: El Toro Agachado, situada en el cruce de las calles 61 y 74, a tres cuadras de La Jardinera, entre las esquinas de El Rayo y El Naranjo.

Sabemos que el toro se echa al suelo, no se agacha. La denominación de esa popular esquina me calentaba el magín. Con relación al Toro agachado, mi padre, en su novela La Tragedia de Isabel, editada por la Universidad Autónoma de Yucatán, dice: “En la calle 61 por 74, la esquina fue distinguida con una frase original y rara: “El Toro agachado”, lo cual, según los vecinos del rumbo, se debió a que había un solar, a menos de media cuadra, llamado entonces “xtocoy-solar” donde junto a la albarrada se agachaba un sujeto apodado “El Toro” a espiar a la salida hacia el patio de su novia y tenerla cabe o cerca de sí, con las reservas del caso, pues los padres de la niña rechazaban al cornúpeta como futuro yerno. De allí el nombre tan especial al lugar de esquina de “El Toro agachado”. Y así por todos los rumbos de la ciudad de los Montejo”.

Mi tía Gertrudis me dio otra versión -al parecer más ajustada a la verdad- del porqué del llamativo nombre: Según la tradición oral, hacia la mitad del siglo 19 gobernaba esta península el general Francisco de Paula Toro, quien había recibido su designación nada menos que de Su Alteza Serenísima Antonio López de Santa Ana. El nombramiento del gobernador no se debió a los desconocidos méritos del general Toro, sino a la circunstancia de ser militar cuñado del déspota. Y Su Alteza, en el colmo de su megalomanía, nos envió al “orgullo de su nepotismo” -como alguna vez dijera otro expresidente de ingratos recuerdos- a mangonear estas tierras.

Pues bien, un día en que el general Toro transitaba en calesa por las calles de la ciudad, que no estaban pavimentadas, al llegar al rumbo de Santiago, en la hoy confluencia de las calles 61 y 74, tuvo urgente necesidad de descargar su vientre y pidió al auriga que detuviera al caballo. Realizada la maniobra, el gobernador descendió con agilidad del vehículo y rápidamente se internó entre los árboles y matorrales de un solar cercano para satisfacer la apremiante necesidad fisiológica.

Mi tía Tulita no me dijo si en el sitio había alguien más que advirtiera el hecho y luego lo difundiera, o si fue el cochero el que comunicó el suceso entre sus amistades. Como sea, desde esa época el chisme ya era característico del barrio.

Pero lo cierto es que a partir de ese día la esquina fue conocida como El Toro Agachado, nombre que todavía conserva. Para señalar el sitio de la hazaña del general Toro, en el trienio en que fue presidido por el ingeniero Herbé Rodríguez Abraham, el Ayuntamiento de Mérida colocó en la pared de la casa ubicada en el ángulo noroeste de esa esquina, sobre la calle 61, una placa con la figura de un toro en difícil posición. Por lo visto, el gobernante se convirtió en un héroe epónimo por circunstancias similares a las que en el centro del país hicieron célebre al Tigre de Santa Julia.

Tal vez como desagravio al gobernador sorprendido en tal difícil trance, en la ciudad de Campeche se erigió una bella sala de espectáculos a la que se impuso el nombre de Teatro Toro.

Como dice el lugar común: una de cal y otra de arena.

Felipe Andrés Escalante Ceballos

[Continuará la próxima semana]

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