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II
A manera de prólogo
MIGUEL ÁNGEL MENÉNDEZ REYES
Podría decirse que, si la intención de las siguientes líneas fuera la de presentar a Miguel Ángel Menéndez Reyes o a su obra en general, resultaría pretenciosa y superflua, puesto que Menéndez Reyes es una personalidad que ya tiene un bien ganado lugar en la historia de la literatura, del periodismo y de la política en México.
No se presenta, pues, a quien es conocido y a quien, además, se le reconocen méritos en distintas actividades de manera sobresaliente en el campo de las letras. Debe decirse, sin embargo, que todavía está por escribirse un estudio definitivo sobre la vida y la obra de Miguel Ángel Menéndez y lo mismo, así lo pienso, podría afirmarse de otros valores de la cultura yucateca del presente siglo.
El propósito es, entonces, intentar un bosquejo del poeta y del hombre público que fue Menéndez Reyes, y dar así al lector un antecedente, un cierto marco de referencia para apreciar, con una perspectiva un poco más amplia, la tónica expresiva de Miguel Ángel Menéndez, así como algunas de las fuentes –bastante claras, por otra parte–, de su motivación creativa.
Miguel Ángel Menéndez Reyes nació en la Ciudad de Mérida el 11 de enero de 1904, descendiente por línea paterna de una familia emigrada de Cuba, luchadores por la libertad de su Patria y educadores que dejaron huella benéfica en Yucatán.
En efecto, fueron abuelos paternos de Miguel Ángel los maestros Antonio Menéndez de la Peña y su esposa, doña Ángela González Benítez-Serrano. Su padre, Antonio Menéndez González, falleció a temprana edad y el niño Miguel Ángel viajó a Izamal, bajo el amoroso cuidado de su madre, Concepción Reyes Bolio, y en esa colonial ciudad transcurrió su infancia.
Imborrables recuerdos dejaron en Miguel Ángel los años de Izamal, como lo veremos en algunos de sus versos. Sin haber nacido allí, se declaró izamaleño y lo fue para siempre, pues jamás alejó de su corazón todo lo que llegó a significar este lugar para él: sus orígenes, el cariño de su madre tierra, la tierra erizada de henequén, el indio maya bajo el peso de la injusticia, el ansia de libertad y de conquistar el mundo, el destino, el triunfo y la derrota, el primer amor y la nostalgia de haberlo perdido.
Muy joven era todavía Miguel Ángel Menéndez –veinte años, algo más, algo menos– cuando ya manifiesta que han prendido su ánimo las dos grandes vocaciones de su vida: la poesía y la política. En realidad, podemos decir que, en su caso, se trataba de dos maneras distintas de expresar una sola gran pasión: Yucatán.
Miguel Ángel perteneció a la generación que nació casi con la Revolución. Quienes eran niños todavía en los tiempos de la lucha armada llegaron a la adolescencia con la Constitución de 1917 y, como en el caso de Menéndez Reyes, entraron a la vida pública en los veintes.
En estos años, a principios de la década, Menéndez Reyes fue presidente municipal de Payo Obispo, hoy Chetumal, ciudad capital de Quintana Roo, y después, en 1929, participa como orador oficial en la campaña presidencial del ingeniero Pascual Ortiz Rubio.
La época de los veintes fue, ciertamente, un tiempo de cambios sociales, económicos y políticos.
Había terminado la Primera Guerra Mundial y la euforia de la posguerra se disolvió de distintas maneras. La depresión de 1929 puso fin a una época que, a través de la radio y del cine, quedó caracterizada por las locuras del charlestón y los desmanes de la prohibición.
Miguel Ángel Menéndez de modo natural entró al periodismo, y en 1928 publicó una serie de sensacionales entrevistas a famosos artistas de la pantalla, coleccionadas bajo el título de “Hollywood en pijama”.
En México, los veintes fueron tiempos marcados por la violencia. En 1920, el asesinato de Carranza. La rebelión Delahuertista entre 1923 y 1924. El movimiento Cristero de 1926 a 1929. El levantamiento de Arnulfo R. Gómez y Francisco R. Serrano en 1927. En 1929 la asonada de José Gonzalo Escobar.
De alguna manera, quienes se formaron en las oleadas del México bronco asistieron, se dieran cuenta o no, al nacimiento del México moderno. El México de la Revolución.
¡Revolución, Revolución!
Entonces –los veintes, los treintas–, no era una vieja moneda gastada y sin valor. No era una palabra inútil que debe borrarse de la memoria de las computadoras. Entonces, la Revolución era un ansia de justicia hecha gobierno. Era –y de eso ha vivido México hasta hoy– el alma del pueblo.
Tan lo era que hizo brotar –teñidas por un nacionalismo que por primera vez en nuestra historia se manifestaba fuerte y sin complejos– modalidades de la creación artística e intelectual que renovaron la pintura, la música, la arquitectura, la literatura y tantos otros aspectos de la vida social e institucional de México, que bien se pudo decir que había surgido otro, nuevo país.
Miguel Ángel Menéndez llevó siempre en la sangre el ideal revolucionario. Le tocó vivir muy de cerca la experiencia cardenista en posiciones políticas en las que participó con toda la fuerza de una brillante oratoria parlamentaria, alimentada por sus convicciones, por su natural inteligencia, por su cultura y por la capacidad que le confería una temprana madurez.
Lázaro Cárdenas –amigo de Menéndez Reyes– encarnó el liderazgo nacional que el país necesitó en momentos de prueba y Miguel Ángel, el político, le acompañó en acciones trascendentales –siendo Diputado Federal–, como la implantación de la Reforma Agraria en Yucatán, el año de 1937.
Recordemos este episodio, estelar en la vida de Miguel Ángel, y a la vez crucial en la historia de nuestro estado, tal como lo relató él mismo posteriormente:
“Jamás podré olvidar que el Señor Presidente de la República me hizo concurrir a su despacho, una tarde en los primeros días del mes de agosto. Ya en su presencia, tras los saludos, hizo el favor de entregarme una copia del proyecto de sus acuerdos, que días después entregaría a la historia. Me pidió que la leyera, que diera opinión. Al darme cuenta del asunto no pude evitar la emoción. Le pedí tiempo para leer con cuidado. Tuvo la gentileza de acceder.”
El presidente Cárdenas sale entonces a atender otros asuntos y deja inmerso en la lectura del texto al joven diputado.
“No sé cuántas veces leí el documento –continúa Menéndez Reyes–. Mientras más lo hacía, más provocaba mi emoción. Estaba yo en pininos en la vida pública. Febrilmente repaso mi niñez rural, mi trato con los campesinos, la pobreza en las chozas, los tiros, los discursos, emocionado hasta lo más profundo comprendí la transformación social que podría ser operada con la realización de esos acuerdos; v en el fondo de todo, una luz que me quemó para siempre: ¡Eso es Revolución!”
Cuando regresa el Jefe de la Nación, dos, quizá tres horas más tarde, el Diputado Menéndez le devuelve los papeles y le explica lo que piensa y lo que siente, concluyendo con estas palabras:
“El henequén –para ser tema de libertad–, precisa todavía algo más: de maquinaria que lo despulpe, primero, de maquinaria que lo convierta en producto elaborado, después. Darle tierra al campesino en la zona henequenera de Yucatán es condenarlo al hambre; darle tierra sembrada con henequén, es hacerlo tributario del propietario de la desfibradora, darle tierra con henequén y desfibradora es ponerle camino de ser libre; darle todo eso y además maquinaria que convierta la fibra en producto elaborado, es hacerlo libre.”
Fue así como se incluyó, en los acuerdos presidenciales sobre la reforma agraria integral de Yucatán, el de dotar a los campesinos de los equipos de desfibración y de la maquinaria industrial que, como acertadamente pensaba Miguel Ángel, los haría libres y partícipes en la riqueza henequenera, y no solamente en la dura tarea del cultivo, corte y acarreo de las pencas.
Los acuerdos generosos de Cárdenas no se cumplieron, y la del henequén siguió siendo, como la llamó Miguel Ángel Menéndez: “La industria de la esclavitud.”
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Oswaldo Baqueiro López
Continuará la próxima semana…





























