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El Regreso

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El Regreso

Al montar la piedra, todo el sistema de suspensión se quejó dolorosamente. Manuel soltó una interjección entre los apretados dientes: “Aguántate chulada, aguántate que hoy tenemos que llegar a Santa Clara. Es la noche del baile del gremio. Quiero presumir ahí con mi Maruca. Mi Maruca tan linda.”

Dos años de casados habían cumplido ya y, contra la opinión de las gentes de Santa Clara, su vida era un continuo idilio. Le achacaban defectos de coquetería y liviandad.

No la conocían como él. Bonita como era, no podía evitar mostrarse halagada con la admiración de los hombres. Pero no les hacía el menor caso. Ella lo quería, lo quería a él: su Manuel, honrado y trabajador como el que más.

Prendido del volante del camión carguero, se ganaba la vida fleteando para comerciantes y rancheros de la localidad.

Esta vez se había alejado bastante. Un cargamento de animales de alto registro para el rancho que Gutiérrez fomentaba cerca de Monte Alto. Camino largo y malo que obligaba a ser cuidadoso para no lesionar los valiosos ejemplares. Una vez efectuada la entrega, allá se fue dando tumbos y bandazos en el camino de regreso. ¡Cómo se sorprendería su Maruca! Seguramente no lo esperaba tan pronto. Pero tenía que llegar esa misma noche. Viéndola, se irían el sueño y el cansancio, y se abriría paso, como cada vez, la prisa ardorosa por tenerla y, luego, un plácido recostarse entre sus brazos e ir contándole, poco a poco, las incidencias del viaje y su deseo de estar junto a ella.

El sonido casi le hizo perder el control de la dirección.

–“¡Malhaya! Ya tronó una llanta.”

La luz de la luna prestó generosa colaboración, y prontamente la refacción estuvo en el sitio de la llanta estallada. Durante la operación de cambio maldijo los minutos perdidos, minutos que no pasaría al lado de Maruca. Se instaló nuevamente al volante y aceleró.

El viento le trajo los acordes de la música mucho antes de distinguir las luces del pueblo. “Pobre mi Maruca,” pensó. “Tal vez crea que hasta mañana voy a regresar. Y es que el camino no es para menos. Pero yo debo hacer todo lo necesario para que ella esté contenta y sé lo que le gusta el baile. Hoy vamos a bailar, a platicar con los amigos, a tomar unos tragos y después, en la tibia soledad de nuestra casita, a cobrarnos de las privaciones que la ausencia nos impone.”

– « o » –

–“La verdad es que fue maldad tuya enviarlo tan lejos en estas fechas. Tenía el pobre tanta ilusión por el baile.”

–“Miren quien habla. Te pasas la vida urgiéndome que lo utilice bastante para que podamos disponer de algunas noches, y ahora me reclamas.”

–“No, Gutiérrez, no te reclamo. Es más, sin estas noches que pasamos juntos, no tendría valor para soportar la vida al lado de Manuel. Siempre cansado, siempre sucio y, lo que es peor, siempre meloso. Contigo me siento una mujer entera, mujer de verdad, no un juguete encerrado en una urna para que ni el viento sea capaz de hacerme daño.”

–“No hablemos más de él. Bésame, Maruca.”

Las bocas se unieron con fuerza, y pronto la respiración se hizo profunda y entrecortada.

A lo lejos, sumándose a los aires de la música se agregó el ruido de un motor que se acercaba.

Separáronse los dos cuerpos con presteza.

–“Pronto, pronto. Vístete y sal por la puerta de atrás, como siempre.”

Gutiérrez se puso el pantalón y los zapatos y, agarrando la camisa, tuvo algún tiempo de darle un beso final a Maruca cuando ya el camión se había detenido en el frente y Manuel señalaba con suaves toquidos su regreso.

–“Despierta, Maruca. Ya he vuelto.”

Maruca dejó pasar breves momentos en silencio mientras se ponía la camisa de dormir. Prendió la luz y abrió la puerta.

–“Manuel, mi vida. Te he estado esperando toda la noche.”

Luis H. Hoyos Villanueva

Continuará la próxima semana…

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