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Antecedentes Históricos de la Hacienda San Antonio Too Yucatán

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Antecedentes Históricos de la Hacienda San Antonio Too Yucatán

CAPÍTULO 1

Para dar comienzo de la vida histórica y su fundación de esta heredad, tenemos que mencionar a sus primeros propietarios, Lic. Don Manuel Pasos Gutiérrez, y su esposa Doña Gertrudis Bolio de Pasos; sus hijos, Don Manuel Pasos Bolio, Salomé, Don Pepe, Rafael, Roberto, Tulita, Teresa, Pastora, Carlos, Joaquín, Pasos Bolio, y su esposa Doña Eliza Fernández de Pasos; nietos Ricardo, Joaquín, Don Alberto Pasos Fernández, ex-copropietario de la zapatería “EL AGUILA” de la Ciudad de Mérida. Son todos estos los que formaron parte de la descendencia y que fueron herederos, los cuales cooperaron con sus padres y abuelos en la administración de la Finca, y fomentaron el casco de la hacienda

¿Por qué le dieron el nombre de San Antonio Too? No sabemos cómo se originó ese nombre, según los testimonios y datos que nos proporcionó un anciano decano, el más antiguo trabajador indígena que vivió en la hacienda como peón, que dijo llamarse Nicolás Dzul Dzul, fue originario de la hacienda Lepán, del Municipio de Tecoh o Sacalum (Tierra Blanca) según consta en sus certificados provisionales del Oficial del Registro Civil de aquella población, fue nacido el día 6 de diciembre del año de 1872, hijo natural de Felipe Dzul y Bonifacia Dzul (Finados).

Don Nico Dzul desde muy pequeño se quedó a merced de su madre, ya que su padre y abuelos fueron llevados por los soldados para una recoja o leva. En aquella época había muchas inquietudes y sublevaciones a causa de la dictadura porfiriana. Así, don Nico Dzul y su madre se vieron obligados a abandonar su terruño y bajaron a vivir a una población que se llama X-Pehual, hoy Tixpéhual. Pero, desafortunadamente fueron vistos por los soldados y apresados sin poder escapar, y fue puesto en las filas del ejército, abandonando a su pobre madre a su suerte.

Con todas las tropas, fue transportado rumbo a Valladolid. Don Nico Dzul recuerda bien: tenía 14 años de edad ya cuando, estando encuartelado entre los soldados, oyó mencionar que el nuevo capitán general, en aquella época, envió comisionados a La Habana, y después a México, con el propósito de conseguir recursos para afrontar la situación apremiante en que se estaba debatiendo la Raza Blanca, la que ya había apelado hasta a la venta de las valiosas alhajas de las iglesias. Fue objeto de que él, y los demás fugitivos supervivientes a la matanza, huyeran de ese lugar, despavoridos entre las turbas y huestes rebeldes. Hicieron pecho a tierra entre la espesa vegetación de los bosques vallisoletanos. Caminaron leguas y leguas buscando alguna población indígena, pero en aquellos momentos en toda esa región sublevada nadie se hallaba en sus hogares, y cuando menos se refugiaban en lugares aislados, en cavernas, y también en cuevas.

HE AQUÍ LA ANGUSTIA Y DOLOR

El espanto y el terror fue llevado hasta seis leguas a los alrededores de aquella heroica ciudad de Valladolid, cometiéndose al paso de las tropas indígenas incendios, robos, asaltos, violaciones y asesinatos. El saqueo duró ocho días, y todo lo que se presentó a la vista de los indios fue objeto de su furia.

En los poblados, puertas y ventanas, muebles de uso, árboles y flores, sembradíos, todo fue devastado. Un rayo, diez rayos que hubieran caído en cada una de las casas no hubieran hecho tanto estrago. Los asesinatos no sólo fueron horrorosos, sino también bárbaros y de caníbales, pues los cuerpos fueron arrastrados en triunfo, en las calles quemados y colocados; los indios, alrededor de las hogueras, escuchaban con rabia el crepitar de las carnes, y, algunos, para dar prueba de su ferocidad, la arrancaban y mascaban. Cada población habitada no fue respetada, ni las iglesias, porque hasta los que se refugiaron en ellas fueron sacados y asesinados a las puertas del templo.

He aquí, la angustia y dolor de un sobreviviente de aquellos tiempos de guerra, del sufrido pueblo yucateco.

“¡Ay! Sucunita… Amigo, no es posible que escribas todo esto con serenidad. Tiemblo y me espanto al menor ruido, como si oyese venir la turba de asesinos sobre de mí, el corazón no puede menos llenarse de pesar,” me dice don Nico.

Venancio Narváez Ek

Continuará la próxima semana…

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