Inicio Recomendaciones El Humorismo en Yucatán (X)

El Humorismo en Yucatán (X)

46
0

Visitas: 27

Humorismo_1

VI

Continuación…

Generalmente se recuerda a Pichorra por sus poesías festivas salpicadas de términos coprolálicos, y no pocos de ellos cargados de fuerte intención erótica. Efectivamente, la poesía de Pichorra –Lic. Enrique Aznar Mendoza– “es un plato fuerte, aderezado para paladares ordinarios y no para los convencionales finos que serán, en mi concepto, los que saboreen con mayor fruición.”

Muy cierto lo anterior, pero también es cierto que en ocasiones Pichorra produjo poesía blanca, o al menos de tinte rosa, capaz de ser catada sin rubor aun por la señorita más pudorosa o por la dueña más mojigata.

A continuación, daremos dos ejemplos de dicho tipo de poesía, que solo ocasionalmente produjo el poeta que nos ocupa. Uno de dichos especímenes es un exquisito madrigal, susceptible de figurar en la antología más exigente de dicho tipo de producciones líricas, que se caracterizan por su delicadeza, por su ternura. Helo aquí.

¡Qué linda estás con las galas

de libélula indecisa!

Con tu hermosura armoniza

ese bello par de alas.

Y es claro mi anhelo,

y hasta a la vista resalta,

que ya ni eso hace falta

para remontarte al cielo…

Este poema fue dedicado por Pichorra en un baile de la ciudad de Motul a una bella damita que estaba disfrazada de libélula.

El otro poema de esa índole, hecho por Felipe Salazar, aunque tiene su pincelada burlesca, es también limpio, y de fondo vindicador.

En la primera década de este siglo se estableció en Itzimná –donde hoy se encuentra el Colegio Montejo y hace algunos años estuvo el parque de diversiones– una feria estilo Coney Island, a iniciativa de don Nicolás Escalante Peón. Había montañas rusas, ruedas giratorias, velocípedos, etc., y naturalmente un flamante carrusel o tío vivo, que era la delicia de chicos y grandes, deseosos unos y otros de cabalgar a los bien pintados caballitos. Al tiempo que giraba incansable dicho carrusel, producía alegre tonadilla, al son de un organillo, que era el encanto de los niños.

Alguna vez Pichorra quiso dar vueltas en dicho carrusel, pero estaba escaso de dinero, como las más de las veces, y lo bajó con violencia –como era su costumbre– el encargado, un señor de apellido Vargas. Fue entonces que Pichorra se decidió a ponerle letra a la alegre tonada, de tipo de marcha, que aun recuerdan muchas personas de las que ya rebasaron el Cabo de la Buena Esperanza de la cincuentena, resultando así estructurada la canción siguiente:

Vamos al carrusel a dar vueltas mamá

dicen que esa es una gran diversión.

Está bien Manolón, una vuelta no más,

no te vayas a matar corazón.

Pues quisiera montar ese hermoso lechón,

que tiene barbas como un saxofón;

estás loco Manuel, ese no es un lechón,

es Vargas, el capataz, corazón.

Pues Vargas capataz, elefante o lechón

de cualquier modo lo voy a montar;

está bien Manolón, una vuelta no más,

no te vayas a matar, corazón.

¡Ay mamita, tengo quebrada la espina dorsal!

Te ha pasado por esa rueda infernal, corazón.

No desdeñaba Pichorra incursionar en el coto poético de la fábula, habiendo dejado algunos especímenes que son verdaderas joyitas, aunque tenían un desenlace chocarrero, y atisbos coprolálicos, a la usanza de los poemas románticos en su parte inicial y droláticos en la final, de Quevedo. Sirva de ejemplo la titulada “La Codorniz y el Nido”.

Cierta codorniz de un prado

miraba a calzón torcido,

de una oropéndola el nido

en una rama colgado.

Si el nido no está habitado,

se dijo yo anido abajo,

pues aunque tenga el trabajo

de subir y de bajar,

en cambio yo he de gozar

de buen viento, ¡qué badajo!

Al nido al punto subió,

y lo halló como deseaba:

ningún bicho lo habitaba,

y en él enseguida ovó…

Mas de repente sopló

recio ventarrón de oriente,

la rama al fin se resiente

y cae, haciendo gran ruido,

quedándose el viejo nido

hecho una torta indecente.

Moraleja:

Que te sirva de lección

lector, este desengaño,

jamás uses nido extraño,

sin temer un ventarrón,

ni ocupes furtivamente

los nidos viejos o nuevos,

¡que un mal viento, de repente,

te puede romper los huevos!

No son pocos los sujetos faltos de toda información literaria que atribuyen al popular Poeta del Crucero, Max Salazar Primero, todo aquello que rezuma ingenio en nuestra poesía popular.

No le quitamos su mérito –si es que alguno tiene– al afable rapabarbas surgido a la vida poética en el Crucero de Itzimná, pero no podemos permitir que se le atribuyan, como no pocos hacen, versos que ya eran famosos a principios de siglo, y que muchos piensan que son de la cosecha del Vate Correa.

La luna sale de noche,

y el sol asoma de día,

cuatro ruedas tiene un coche,

llenas de melancolía.

Bohemio impenitente, tragador incansable del coñac y la ginebra o del ron manchado, lo mismo en los bares de lujo –donde era bien recibido por la flor y nata de la llamada buena sociedad de aquellos días postreros del porfirismo– que en las más humildes piqueras, en las que alternaba con cocheros y cargadores y otra gente proletaria, el Vate Correa desparramaba la flor de su ingenio en diversas estrofas, generalmente breves, en las que al mismo tiempo evidenciaba sus dotes de versificador.

Al encontrarse con una de las más bellas damas de la alta sociedad meridana de entonces, aprovechó el homónimo de su nombre diminutivo con los grandes bultos de henequén prensado –le decían Paca, pues si hubiera sido en estos días extranjerizantes le hubieran dicho seguramente Fanny o Francis– para improvisar este delicioso poema, verdadero madrigal festivo, que encierra, como indicamos antes, un jugoso calambur:

Es tu sonrisa un edén,

eres linda y hechicera,

pero más me parecieras

y calmaras mi arranquera,

si en vez de Paca Cervera

fueras paca de henequén.

Conrado Menéndez Díaz

Continuará la próxima semana…

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.