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Casa de Huéspedes II

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Casa de Huéspedes

(Segunda Parte)

Los primeros disturbios

A muy temprana hora, Susanita sirvió el desayuno. Todos los de la casa irían a sus ocupaciones: los muchachos a la Prepa, Tachito y Julián a sus trabajos. Menos Andrés, que tocaba por las noches en una orquesta de cabaretucho  por el rumbo de El Toreo, desde la media noche  hasta el amanecer. Uruchurtu, regente de la ciudad de México, había restringido severamente los horarios de los cabarets de la capital, situación que estimuló la proliferación de esos tugurios improvisados en la frontera con el vecino estado.

Pronto habría otros huéspedes.

Román llegó de Mérida con el propósito de estudiar para ingeniero electricista en el Politécnico, y regresar a su tierra para ejercer la profesión. Su mamá era muy amiga de Susanita, del mismo pueblo – de Hunucmá, en Yucatán – y le dejaba a su muchacho con todas las recomendaciones. Román adoptó a Susanita como su segunda madre.

También llegó Hugo, estudiante de economía en la Universidad, y miembro de las juventudes del Partido Comunista. Aspiraba a dedicarse a la política a través del ejercicio de su profesión, con ideales de apoyar las causas populares.

Otro nuevo huésped, un joven de Venezuela a quien todos llamarían por su apellido – Bisoña –, estudiaba el piano en la Escuela Nacional de Música,  y aspiraba a convertirse  en  un destacado jazzista.

Fue necesario entonces buscar otra casa más grande y en mejores condiciones.

Se mudaron a una nueva que tenía, además de amplia estancia: comedor y cocina, ocho recámaras que se compartían o, si alguno prefería la privacidad, tenía que pagar extra. Y dos baños  que facilitaban el aseo de los huéspedes sin  las esperas de prolongados turnos.

Durante la cena, a las siete de la noche, se daba la oportunidad de conversar sobre las noticias principales del día, los deportes – principalmente el fútbol – o temas políticos, sobre los que pontificaban doctoralmente Julián y Hugo.

– “Este nuevo gobierno viene más duro que el otro”, profetizaba Hugo. “El temperamento del Presidente de la República es un serio peligro para las aspiraciones democráticas del pueblo. Ya ven cómo le ha ido a los médicos: regañados, reprimidos, encarcelados algunos, cesados otros, y ay de aquél que continúe con sus huelguitas y sus plantones en el Zócalo. Han de saber que nuestro paisano, el Dr. Balam, está en la cárcel por sus ideas.”

– “¿Qué hacer?”, preguntaba Hugo y se respondía así mismo: “Resistir por todos los medios a nuestro alcance, manifestándonos en la calle y enfrentándonos a la policía del gobierno. O a través del periodismo combativo, como lo hace Mario Renato en el ‘Por Qué’ y, si no hay resultados de que afloje el gobierno, pues no quedará más remedio que irse a la guerrilla.”

– “Este gobierno, el anterior, y el que viene son lo mismo”, agregó Julián. “Acuérdense de los presos políticos que estuvieron, o todavía están, en la cárcel, acusados del supuesto delito de disolución social: el muralista Siqueiros, Demetrio Vallejo, Valentín Campa, Othón Salazar y otros; o del triste final de Rubén Jaramillo y su esposa embarazada, arteramente asesinados. Ya sabemos lo que les espera a aquellos que no se plieguen a los mandatos del régimen que se dice revolucionario.”

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Los hijos de Susanita,  Mauricio y Rubén, informaban  alarmados  la intervención de la policía en un conflicto entre estudiantes de su escuela preparatoria particular – Ochoterena – y los de una  vocacional del Politécnico. La policía había tomado con lujo de fuerza las escuelas, golpeando sin misericordia a los estudiantes, con saldo de heridos graves con el pretexto de evitar enfrentamientos, hecho sangriento que ocasionó que los alumnos se declararan en huelga y se manifestaran pidiendo la destitución del jefe la policía. “Imposible conceder tal demanda,” había dicho el regente de la ciudad, “el principio de autoridad es primero.”

Los demás, sin opinar, nada más escuchaban. Salvo Román, que se atrevió a hablar.

– “Es que… Son los comunistas los causantes de tanto alboroto.”

– “No, Román”, dijo Hugo. “Eso no es así de simple, los comunistas quieren lo mejor para el pueblo, en ello consiste su lucha. También están reprimidos, por eso operan en la clandestinidad.”

Román insistió:

– “Son ellos los que ocasionan tanto desmadre. Vean en el Politécnico: con cualquier pretexto organizan huelgas, se suspenden las clases, y los que queremos estudiar perdemos el tiempo.”

– “Pero el gobierno se pasa: la golpiza que recibieron los maestros que se manifestaron pacíficamente por el rumbo de la Normal es ejemplo de la brutalidad con que procede la policía. Yo estaba ahí, a mí también me tocaron los madrazos,” dijo indignado Tachito.

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– “Ya. Dejemos la política y hablemos de otra cosa. De fútbol. Ya ven, ahora derrotaron a la selección por muy poco margen: 2 a 1 a favor de Haití. Se asustaron los muchachos por lo del vudú, les hicieron brujería. Jugaron bien, estuvieron a punto de empatar pero, como siempre, temerosos, terminaron perdiendo. El pendejo de Nacho Trelles, cuando regresó la selección, dijo que habían ido a aprender. Pues sí, han de ser de lento aprendizaje, siempre es lo mismo. Y todavía así algunos ilusos fueron al Ángel a gritar: ¡MÉXICO! ¡MÉXICO! ¡MÉXICO¡ ¿Verdad, Julián, que tú estuviste ahí gritando con tu noviecita Georgina?”, intervino Mauricio con tono burlón.

Mientras tanto, Susanita atendía con esmero a sus huéspedes, Andrés ensayaba en su cuarto y Bisoña, aburrido de escuchar discusiones de política y de fútbol, se levantó de la mesa, se sentó al piano y se escucharon sentidos compases de blues y de jazz que apaciguaron el ambiente.

Entonces llegó Margarita

Al día siguiente llegó una nueva inquilina, Margarita, atractiva muchacha de 18 años. Sería la única mujer huésped de la casa. Su presencia causó gran alboroto entre los jóvenes. No trabajaba ni estudiaba, era un poco misteriosa su presencia en la casa. Sus padres la habían encomendado a Susanita mientras realizaban un viaje.

Al parecer, Margarita sufría de algún trastorno psicológico que poco a poco comenzó a manifestarse a través de ciertas conductas que se salían de lo considerado normal. Todos los días, sin que tuviera algo que hacer, se levantaba muy temprano y ocupaba el baño principal, retrasando la salida de quienes tenían que asearse para ir al trabajo. Permanecía mucho tiempo acicalándose, a grado tal que Susanita tenía que golpear la puerta con fuerza pidiéndole que saliera, pero no hacía caso. “¡Margarita, no tardes tanto!”,  gritaba desesperada.

Al cabo de largo tiempo salía del baño,  pintarrajeada,  con peinado extravagante, perfumada con perfume corriente, y mirando a sus compañeros de casa como perdonándoles la vida. Todos los días los huéspedes tenían que soportar tan extraña conducta.

Sin embargo era graciosa, bonita, de cuerpo curvilíneo, coqueta con todos los muchachos. Así que por esas cualidades le soportaban sus defectos, con la esperanza de conquistar su corazón.

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Bisoña la convenció de que cantara, acompañándole con el piano. Margarita tenía buena voz y poco a poco, con  las enseñanzas del pianista, se hizo de un amplio repertorio de canciones modernas, rocanroles, baladas, boleros y otras de diferentes  ritmos.

Un día Mauricio le dijo: “¡Qué buena voz tienes, Margarita, y qué bien interpretas las canciones!”

– “¿De veras, Mauricio?”

– “Sí”, respondió el joven. “¿Qué te parece si te incorporas como vocalista de nuestro grupo musical Los Apson?”

Margarita aceptó con entusiasmo, y desde entonces ensayó con ellos los ritmos de moda.

Un día se presentaron en una fiesta y su actuación fue todo un éxito: Margarita conquistó muchos admiradores. Sus bonos subieron ante sus compañeros de tal manera que le perdonaban sus extravagancias, como aquella otra de caminar en la obscuridad de la casa pasada la medianoche, cubierta con una sábana blanca, como si fuera un fantasma.

Pero no fue debut y despedida. Los Apson interpretaban muy bien las canciones de  moda y su vocalista poco a poco se fue convirtiendo en una intérprete muy solicitada.

Un día Román le declaró su amor.

– “Margarita”, le dijo. “Estoy muy enamorado de ti, siento que te amo, te pido que seas mi novia, pronto me recibiré de ingeniero y podremos casarnos.”

– “Por el momento no quiero tener novio, no seas loco, Román”, respondió Margarita. “Quizá más adelante, pero podemos ser buenos amigos. Además eres muy chico para mí, te quiero como a un hermano.”

Días después, Bisoña la invitó al cine. Ya en la sala, el pianista le agarró la mano y ella la retiró. Poco después intentó poner su brazo sobre sus hombros, y Margarita se apartó. Después quiso besarla y entonces la muchacha le reclamó, empujándole enojada.

– “¡Qué pretendes, Bisoña! ¡No te propases, no seas majadero¡”

– “Es que…estoy enamorado de ti”, respondió acongojado el pianista. “Te pido que seas mi novia.”

– “Por el momento no quiero tener novio; tampoco me gustas”, respondió desdeñosa Margarita. “Pero, si te portas bien, podemos ser amigos. Y mejor nos vamos, ya no quiero ver la película”, finalizó Margarita levantándose del asiento y dirigiéndose a la salida.

Bisoña arrepentido de su conducta, corriendo tras de ella, le suplicaba que lo perdonara.

Mauricio también la pretendía, aunque en forma más discreta, pero fueron inútiles sus insinuaciones: Margarita no se daba por enterada, lo consideraba también más chico que ella, aunque en realidad no lo era.

Rubén, el hijo menor de Susanita, también le hacía la corte, pero Margarita también lo veía como un  hermanito pues apenas tenía 15 años.

Hugo le propuso a Margarita, después de varias conversaciones sobre el tema, inscribirla como militante de las juventudes comunistas del partido, que casi operaba en la clandestinidad. La invitó a un baile para que conociera a otros jóvenes con ideales de “emancipar a la clase trabajadora de México y salvar a la Patria de sus opresores los políticos corruptos y los millonarios”, según pregonaba.

Margarita se interesó y acudió al baile con Hugo. Él se portó muy caballeroso, la trató con respeto. Su intención era convencerla de que se hiciera miembro de ese grupo y  que participara como activista política.

Cuando más divertida estaba la fiesta, la policía interrumpió el festejo, acusando a los jóvenes de ser sospechosos de conspiración. Fueron detenidos y presentados ante el Ministerio Público. Margarita, asustada por el desenlace inesperado de la fiesta, lloraba desconsolada y le decía al juez que ella no tenía nada que ver, que sólo había acudido a la reunión por invitación de Hugo, que ratificó lo dicho por Margarita. Al fin, al cabo de tres horas, todos fueron liberados, previa amonestación y con la advertencia de que si reincidían serían consignados por el delito de disolución social.

Llegaron a la casa como a las 5 de la mañana.

Susanita, muy preocupada, le reclamó a Hugo por qué llegaban a esa hora, desconfiada de que hubiera seducido a Margarita. Dadas las explicaciones, Susanita se tranquilizó y le dijo que no metiera en sus líos políticos a la muchacha.

Solamente Julián no se fijaba en ella, pero Margarita sí se fijaba en él. Por más que le coqueteaba, el joven permanecía indiferente a sus reclamos. Julián estaba muy ocupado en sus tareas profesionales, en sus estudios de Periodismo. Los momentos de esparcimiento los compartía con su novia Georgina: yendo al cine,  al fútbol por complacer a su novia, a bailar al Prado Floresta en la Colonia Narvarte, y a veces preferían estar solos en algún hotel de paso.

Cierta noche, cuando Julián regresó a la casa, Los Apson y Margarita ensayaban las canciones de su repertorio; ella cantando y bailando con gracia. Su minifalda con cada movimiento descubría aún más sus contorneadas piernas.

Ella fijó sus verdes ojos en Julián y, provocativa, le cantó: “Melodía de amor, voz nacida del alma, shu shu por tu amor, vida moriré…”

Una corriente eléctrica sacudió todo el cuerpo de Julián, que quedó paralizado por la esmeralda luz de la mirada de la joven.

Desde entonces Julián perdió la tranquilidad. Poco a poco se fue alejando de  Georgina, declaró su amor a Margarita, que aceptó sin mayor tardanza los reclamos de su pretendiente. Se hicieron novios.

Una noche de sonambulismo, cuando Margarita cubierta con la sábana blanca caminaba por la media luz de los corredores, en lugar de regresar a su recámara se equivocó de puerta, entró al cuarto de Julián, que dormía profundo, y se acostó con él sin darse cuenta.

Julián sintió junto al suyo aquel cuerpo tibio. Percibió el olor de Margarita. Pensó que estaba soñando. También ella soñaba.

Durmieron juntos, entrelazados sus cuerpos, dejándose llevar por los reclamos de la naturaleza. Los primeros rayos del Sol que, indiscretos, se filtraron por la ventana los volvieron a la realidad.

Margarita y Julián despertaron sobresaltados, no se explicaban qué les pasaba. Ella corrió a su recámara antes de que alguien los viera. Julián alcanzó a decirle cuánto la amaba.

En el cabaretucho

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Andrés siguió con su trabajo en el cabaretucho del rumbo de El Toreo. Formaba parte de la orquesta, y muy bien cumplía con su rol de violinista. Conoció a Jacaranda, agraciada joven que trabajaba como mesera y, a veces, como sexoservidora. Ella se justificaba diciendo que era parte de su trabajo y que era necesario ser complaciente con los clientes para que volvieran al cabaret.

Andrés y Jacaranda hicieron amistad. En los intermedios de la música, si ella estaba desocupada, le acompañaba tomando algunas copas… De amigos pasaron a ser amantes. Cuando el tugurio cerraba, a veces  terminaban la noche en algún motel del rumbo. Poco a poco, Andrés se escapaba de la realidad y empezó a sentir celos cuando Jacaranda atendía a los clientes, y más si salía con alguno de ellos.

Un día le reclamó:

– “Jacaranda, quiero que dejes este trabajo. No soporto verte con otros en este indecente oficio de puta que tienes.”

– “Bien”, respondió. “¿Y cómo quieres que le haga para ganar dinero? ¿Acaso tú me vas a dar lo que gano cuando atiendo, o cuando me voy con los clientes? No creo que tu salario de musiquillo alcance para darme lo que necesito. Así que, Andrés, confórmate. Es mi trabajo; tú tienes el tuyo, yo el mío. Seguiremos siendo amigos, no tienes por qué sentirte mal, las veces que pueda haré el amor contigo, como siempre, sin que me tengas que pagar nada, por el puro gustito.”

Andrés no supo qué responder. Dio la media vuelta y se dirigió a la barra. Bebió una tras otra algunas copas; después se dirigió a su lugar cuando el director de la orquesta llamó a los músicos para seguir tocando.

Cada vez  Andrés bebía más y más. Su obsesión por la muchacha lo trastornaba y sufría por no tener dinero que ofrecerle para que dejara el oficio. Se volvió agresivo y sus reclamos a Jacaranda fueron más frecuentes y molestos, a pesar de que ella lo seguía complaciendo cuando era posible.

Al fin terminó la relación: ella no pudo soportar el asedio y tomó su decisión, a pesar de las súplicas de Andrés y de sus promesas de que ya no le reclamaría más.

Su frustración se proyectó hacia su esposa Susanita, que sufría las amenazas de su marido cada vez que llegaba al amanecer, pasado de copas.

Uno de esos días, cuando Susanita preparaba el desayuno en la cocina, la agredió. La tomó del cabello y la sacudió hasta más no poder. Los gritos de Susanita alarmaron a todos los huéspedes de la casa. Julián, que se disponía a salir para el trabajo, intervino, sujetando a Andrés del cuello quien, descompuesto por la ira, trataba de liberarse de los brazos que lo sujetaban. “Salga, Susanita, salga”, gritaba Julián.

 El escándalo fue mayúsculo, los hijos intervinieron.  Mauricio, indignado, le habló enérgico a su padre. Andrés, al ver a sus hijos, reaccionó, se dirigió a su cama y lloró desesperado. Al día siguiente llegaron los arrepentimientos y los perdones. Andrés convino con su esposa en dejar el trabajo del cabaret y someterse a tratamiento psiquiátrico.

En la terapia, el médico le dio a beber cierta substancia y, de inmediato alguna, bebida alcohólica que le ocasionaba reacciones alérgicas de vómito, escalofríos, temblores, taquicardia, asfixia  y otros síntomas graves. Por un tiempo el tratamiento evitaba su deseo de ingerir alcohol, y en cada recaída se aplicaba de nuevo.

Cuando  volvía a la casa, después de la terapia, iba envuelto con una cobija, encorvado, temblando de pies a cabeza, con el rostro pálido y cadavérico, con las manos temblorosas, sudando frío. Era tan efectivo el método de curación que hasta el más mínimo olor de alcohol le provocaba de nuevo los desagradables síntomas.

Un día volvió a Alcohólicos Anónimos y una nueva esperanza vislumbró en su horizonte.

– “Soy alcohólico y me llamo Andrés.”

[Continuará…]

César Ramón González Rosado

crglezr36@yahoo.com.mx

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