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Canto a Gustavo Río – II

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APUNTES DE ACTUALIDAD

POR MONICO NECK

Pocos podrán olvidar las frases con que empiezan dos novelas: «En un lugar de la Mancha» y «Era muy niño aún cuando me alejaron de la casa paterna», de María de Jorge Issacs. Y yo, no tan niño, pero sí era apenas adolescente cuando conocí a Gustavo Río, barítono y compositor yucateco. Llegaba de Europa y había estudiado en no sé qué famosa escuela de París.

Muy joven era entonces: acaso no llegaba a los veinte. Cuerpo menudo y rostro extraordinario de maya, en clara morenía. Ojos pequeños y agudos, reveladores de grandes inquietudes artísticas, caminar agitado como de prisa perpetua. Y juvenil. Pertenecía a la alegre juventud de entonces, en la que también cantaba la voz cálida de Alfredo Tamayo; se oía el piano, casi prodigioso, de Benjamín Aznar y de Filiberto Romero, y se admiraba la dirección orquestal de Arturo Cosgaya, los tres últimos maestros –digamos– en la música peninsular… No es vanidad provinciana: Portillo y Rojas llegó a decir, en carta dirigida a Pino Suárez, que Mérida era uno de los mejores centros artísticos de la República…

Gustavo Río y Alfredo Tamayo estudiaron y cantaron en el Conservatorio de la metrópoli, y triunfaron. Volvieron al terruño; y Tamayo, bohemio incorregible –en el buen sentido de la palabra– y trashumante inquieto, ya viejo sigue cantando y enseñando, ya en México, ya en Tampico, ya hacia donde guíe sus pasos la inquietud y el arte. Y Gustavo, de mucho tiempo ha, ha echado raíces en la vieja y prócer capital de Yucatán.

Y la alegre juventud de hoy lo sigue y lo admira.

CANTO A GUSTAVO RÍO

Gustavo, cantor excepcional y genial compositor, ha inspirado un bellísimo canto, un poema rítmico y moderno –vino nuevo en odres viejos– de un poeta joven, catalán de origen y yucateco por nacimiento: Juan Duch, ya ampliamente conocido en los centros intelectuales de la metrópoli, de la República entera… Dice el prólogo de la Editorial Provincia, refiriéndose a Gustavo Río: «Operas, conciertos, poemas sinfónicos, etc., constituyen el acervo con que ha enriquecido la producción musical vernácula, y que por las limitaciones de la vida provinciana no ha sido conocido y estimado debidamente por la crítica nacional».

Pero vamos al «Canto» de Juan Duch. Es fresco y juvenil, sencillo y fuerte, sin esos amaneramientos que ahora se usan para «epatar»–digo yo en galicismo– a lectores que admiran sin entender. El poeta busca y encuentra al artista que con educación europea halló en su tierra su hogar, lo reconquistó y en él vive su vida de amor patrio y de amor al arte. Oigamos a Duch:

«Para llegar a ti, para cantarte, / he de pedir prestadas la voz y la garganta de tu pueblo, / la voz y la garganta de los vientos, / del suelo atormentado, / de la lluvia, / de los pájaros, / de las noches oscuras, pobladas de ruidos, / de los cálidos días, pintados de colores. / Para llegar a ti, para cantarte, / hay que entender y hablar / el verde lenguaje de los árboles, / el lenguaje amarillo del maíz, / el azul de los sueños, / el lenguaje sin nombre y sin color / de la sed y del hambre».

Y, luego, algo de las cosas de Yucatán.

EL CANTO ES DE DUCH

Y veamos hombres, paisaje y, en el cenote, aguas ocultas del terruño: «El hombre y el paisaje, / la historia y la esperanza / dan el ritmo a tu música. / Y la patria, / esta patria de superficie dura y entraña generosa / que se muere de sed / mientras escucha el rumor escondido de las aguas; / que se opone al arado / y es tierna y suave, en cambio, / para el filo imperceptible de los sueños».

El canto de Juan Duch se apasiona por el maestro y le canta de este modo al enamorado del terruño: «Tú no eres, maestro, de esa Europa distante / tan grata a tu memoria, / ni del México tranquilo y señorial / del novecientos, / que evocas en tus charlas con nostálgico acento. / Eres nuestro. / Te lo dice tu pueblo».

Conjunción, en fin, de dos ensueños. O de dos soñadores: el músico y el poeta. Y Gustavo Río es de México. Ama intensamente a la patria grande y a la patria chica. Pero en ésta se ha quedado. En ella vivió su juventud bohemia, su madurez productora; y en ella vive su vejez fecunda. «No se entiende a Mérida, sin Gustavo» –me decía recientemente un amigo común–, porque es nuestro artista, acaso el último superviviente de su generación…

¿Setenta años? Tal vez más. Pero el paso es aún juvenil. Dice el poeta: «Y hay que buscarte también en la ciudad. / Hay que seguir las huellas de tu paso nervioso, / de tu prisa constante, / por las calles de Mérida». Y yo, y muchos años ha que no lo veo, lo veo así: de prisa, sonriente, con palabras gratas entre los labios, modulaciones de su voz de barítono y de hombre sencillo y bueno, que ha pasado por la vida «envuelto en el rumor alegre de la brisa».

México, D.F. 22 de agosto de 1951.

Apuntes de Actualidad EL NACIONAL, México, D.F.

Continuará la próxima semana…

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