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Dzilam de Bravo y don Otilio Estrada

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Don Otilio Estrada, promotor y creador de los animales gigantes, seres de cartón y papel que animan los carnavales de Dzilam de Bravo. (Foto archivo de Juan José Caamal Canul)
Don Otilio Estrada, promotor y creador de los animales gigantes, seres de cartón y papel que animan los carnavales de Dzilam de Bravo. (Foto archivo de Juan José Caamal Canul)

Dzilam de Bravo y don Otilio Estrada

Hace algunos años se me dio la oportunidad de conocer a un marinero, a un viejo lobo de mar. Ya cuando le conocí era una persona con las fuerzas y los ímpetus menguados por los avatares de la vida. Observándole, apreciamos que fue un hombre de constitución titánica, un hijo de Neptuno.

En aquel momento que le visité, 1998, en su voz se escuchaba la fatiga por el esfuerzo al hablar. Quizá un viejo fumador, o un buzo con los pulmones cansados. O ambas cosas.

Pero esta persona tenía algo, y por algo le habíamos ido a ver: Era un creador, un artista.

En la historia local era conocido como un impulsor, en compañía y colaboración de otros marineros, de los carnavales de Dzilam de Bravo, a los que había dotado de personalidad propia.

Estamos en la vieja Dzilam, refugio y escondite de piratas, añeja comunidad en cuyo vértice de tierra firme y mar se levantaba la planta desfibradora que tiraba sus mermas, el bagazo de la agave sisalana, al mar abierto.

Una de las características del mar de Dzilam de Bravo es que se puede caminar grandes trechos y el agua no rebasa la rodilla; otra es que el limo marino está lleno de pequeñas conchitas astilladas. Entonces hay que caminar doscientos, trescientos metros, hasta encontrar espacios o bajos para sumergirse. Pero el mar avanza continuamente hasta tierra firme, llevándose pedazos a cada momento. Este mar, hasta cierto punto tranquilo, mar espejo de la bóveda celeste, mar universo donde se duplica la inmensidad.

Pueblo de marinos un poco sin pasado, o con el pasado reciente, poéticamente tiene un cementerio marino, no porque exista la costumbre de que la mar abra su corazón y el lecho vele el sueño eterno de sus hijos, sino por que la acción de la naturaleza – las corrientes marinas, las circunstancias de estos ámbitos, el mar – paulatina, paciente, implacablemente se ha comido, y seguirá comiéndose en los próximos años, grandes extensiones de tierra y, entre ellas, le ha arrebatado el cementerio.

Rodeado de fotografías, apuntes, bocetos, cientos de objetos que reunió a lo largo de su existencia y que pensó que algún día servirían, pero aún sin saber para qué, conversamos. Hablamos del hecho que hubiera emprendido el carnaval de los animales gigantes.

La estructura de los animales gigantes, una tradición de la imaginación de los carnavales porteños en Dzilam de Bravo. (Foto archivo de Juan José Caamal Canul)
La estructura de los animales gigantes, una tradición de la imaginación de los carnavales porteños en Dzilam de Bravo. (Foto archivo de Juan José Caamal Canul)

Afuera se escuchaba el batir de las alas del viento, que amenazaba con levantar la techumbre de láminas galvanizadas. En el exterior, el sol intenso al mediar el día. El paso y la conversación de las personas, huellas y ecos, se alejaban o acercaban. La vida transitaba ininterrumpidamente.

Dentro de la habitación, dentro del predio de una sola pieza, se detenía el tiempo, se convocaban los recuerdos. Un hombre rejuvenecía, se emocionaba, emergía en medio de las tinieblas de la enfermedad y los años, y en su mirada volvía a brillar la alegría; en su mente navegaban de nuevo los sueños y los proyectos para los próximos meses y años.

En el puerto es tradición, en el ambiente de los carnavales, los animales gigantes, seres zoomorfos que primero fueron y tuvieron las características de lo que hasta en cierto momento la naturaleza les ha dotado, nos ha mostrado y aprendimos, pero que en la imaginación, en ese espacio que todo lo reelabora – porque ese es el valor y el tamiz del artista creativo –, han surgido otros seres con más apéndices, tamaños, colores, medios por el cual se suponen que estos monstruos perciben el exterior a través de los sentidos.

Estuve ahí cuando las estructuras se limpiaban y preparaban para revestirlas de nuevo con la piel colorida de papel de seda. Miré los fósiles de hierro y madera, esqueletos aún con las carnes deshilachadas de cartón y papel de año anterior izándose al viento.

Entonces pensamos en el hecho de que esta persona, quizá en algún momento, visualizó, ya sea en los carteles de cine, ya instantáneamente durante la proyección de una película, al monstruo de la laguna y él lo reprodujera.

Nada más adecuado para el ambiente costeño: un monstruo, mitad hombre, quizá mutado por comer tanto bagazo o sargazo; el mar creando un ser para cobrar venganza a los humanos inconscientes del daño a los elementos.

Aquí está la fotografía de este hombre, posando con un traje que fue el horror de los trasnochados en luna llena, de los que se aventuraban sin más a transitar la ciénaga, las calles secundarias, o que brincaban las cercas de los vecinos.

Don Otilio Estrada, caracterizado como el monstruo de la laguna. (Foto archivo de Juan José Caamal Canul)
Don Otilio Estrada, caracterizado como el monstruo de la laguna. (Foto archivo de Juan José Caamal Canul)

Asombra lo poderoso de su memoria para confluir en el modelo – que imagino el de Hollywood–, confeccionado por profesionales de maquillaje y vestuario. Él ideó en una humilde choza, acompañados de sus pensamientos, el rumor del viento luchando con el mar y el mar bufando en la arena.

Pero no solamente imaginó un ser con las características mitad hombre, mitad anfibio, además rabiosamente enojado, horroroso, que metiera miedo y que logró. Muchos años después hallaría que muchas de sus ideas a alguien más se le ocurrió y las pensó en la distancia, y las materializó también.

Aunque pueda pensarse lo contrario, como hoy en día en la que hay un imaginario uniformado, y lo extraordinario es encontrar excepciones en cuanto a lo común, banal y en serie, todo cuanto acontece es en tiempo real. Hace algunos ayeres los estallidos imaginativos y culturales se daban en puntos distantes. Lo interesante es que, a pesar de las distancias, hubiera coincidencias y similitudes. Así ha sido la historia de la humanidad en cuanto al desarrollo de las artes, escritura, lengua, gastronomía, etc.

El monstruo de la Laguna Negra (Estados Unidos, 1954) de Jack Arnold
El monstruo de la Laguna Negra (Estados Unidos, 1954) de Jack Arnold

Precisamente ese fue el fin de crear animales gigantes, crear seres que atemorizaran a las personas, agregarles algo de “vitalidad” – sonidos, luces, que emitieran bufidos, los ojos brillaran en la oscuridad – para templar la valentía del más curtido de los hombres que se hacen a la mar y que quizá se sienten más seguros en ella que en tierra firme. Aquellos marineros varados en tierra solo tenían “la intención de divertirse y hacer algo distinto.”

Pienso en este don Otilio Estrada en un momento solitario, acompañado de sus pensamientos, mirando lo que se supone es la mar, en las primeras horas, aun en las tinieblas del nuevo día. A su lado, el fiel sonido tenue de una estación de radio que transmite música tropical más allá del mar, quizá de Cuba o de algún punto del Caribe. Quizá haya quien ponga en duda esto que escribimos, pero hasta hace algunos años las transmisiones radiales concluían antes de la medianoche y entonces las señales de otras transmisoras más poderosas ocupaban el manto ondulante de la noche marina donde las estrellas refulgen en su lecho o aparentan estar suspendidas en el aire.

El viajero que retorna a reencontrase con paseos, edificios, paisajes, vistas o panoramas de un ayer no muy lejano, encontrará otra efigie, otro rostro a este pueblo del mar.

Dzilam de Bravo, pueblo de todos, de nadie, pueblo que surgió y creció en la confluencia de todos los elementos posibles que, así como la amalgama para la vida, pareciera que se revira, contrapone y lo disputa para llevárselo a la desaparición.

Dzilam no es un lugar cercano, y hasta hace algunos años no era un lugar al cual se pudiera ir tan fácilmente. Las vías de comunicación eran accidentadas. Había que ir hasta Motul, luego llegar a Cansahcab, y de ahí decidir ante dos caminos que se bifurcan, optando ir por Temax o Dzidzantún, para continuar a Dzilam González, y proseguir luego hacia el norte hasta Dzilam de Bravo.

Desde este pueblo de pescadores, al noroeste hay una red de carreteras que enlaza las principales comunidades costeras. De aquí al noreste no hay ninguna vía. Hasta la presente fecha, no hay más carreteras costeras. El siguiente punto o playa es Río Lagartos, al oriente.

Piénsese que, si Yucatán estaba aislado, Dzilam lo estaba más. Creo que este fue un factor para que la comunidad desarrollara sus músculos culturales.

Otilio quizá hoy descansa. Acaso durmiendo el sueño justo de los hombres trabajadores inclaudicables.

No hemos vuelto a saber de él.

No hemos vuelto a saber de mucha gente; como quizá mucha gente no ha vuelto a saber de nosotros.

Pero aquí estamos…

Juan José Caamal Canul

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