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Gratos Recuerdos de Mi Juventud

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Vivencias Ejemplares. Apuntes de un Maestro Rural.

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Gratos Recuerdos de Mi Juventud

Raúl,

Confieso que me produce un gran deleite recordar, después de una infancia – ¿Te acuerdas? – llena de privaciones, y cuando casi lo más que conocía con base en Itzimná – que no era lo que es hoy – estaba poco más al sur de la “Plaza Grande” y era la escuela de música de Bellas Artes, al lado de la panadería “El Degollado” y enfrente del Diario del Sureste.

Terminada la primaria en la “Zaragoza”, entramos mi hermano Pedro y yo al internado de Secundaria Federal en donde te volví a encontrar. Estaba donde se encuentra hoy un estacionamiento en la calle 62, entre 55 y 57. Después vino el internado en Hecelchakán, Campeche, en el que estudié la Normal, de donde salí en 1959 para trabajar como maestro rural.

La vida me llevó a Zacatecas, que me dejó deslumbrado con sus desafiantes serranías y, más concretamente, al ejido de El Ahijadero en donde me empapé de una realidad totalmente nueva para mí, con su miseria y el abandono de su pueblo conformado por gente alta y bonita, inteligente, valiente y noble. Pueblo, el zacatecano, dueño de una riqueza histórica que describen magistralmente escritores como Mariano Azuela en su libro Los de Abajo.

Pasar abruptamente de ser un hijo de familia, hasta terminar la escuela primaria e interno por 6 años, a ser el personaje más importante – por mi función social en la comunidad rural donde, como maestro, se es también el médico, el consejero y el procurador de otros servicios – era una experiencia que me marcó para siempre, que le dio contenido a mi vida y que, me digo hoy, me hace sentir que valió la pena haber nacido.

¿A cuánta gente le importan mis vivencias como maestro?

No lo sé. Pero, en cualquier caso, también doy gracias a la vida y a ti porque en Voces y Letras, que tú creaste, puedo dejar testimonio de estos hechos hermosos cuya descripción contribuye un poquito al conocimiento de nuestro México querido, y a la vida de un maestro rural.

Hoy, creo que yo era un joven maestro bastante travieso, y me digo que hice bien.

Vivía, te digo, encandilado por la agreste geografía serrana. Exactamente detrás de mi escuelita comienza la tierra a despegarse del llano y no podía -y no quería- librarme de la fascinación que me producía el agresivo cerro de La Daga -quien le puso el nombre, sabía por qué-.

Yo me decía: “¡Tengo que subir!”

Se me ocurrió un día invitar a mis alumnitos a una excursión al cerro, claro, hasta donde cómodamente pudiéramos llegar. Consiguieron permiso de sus papás unos 12 o 15 chiquillos y un fin de semana iniciamos el ascenso.

Emocionados, entre bromas y risas, entre preguntas que yo les hacía y ellos a mí en un hermoso escenario para una clase de historia de la naturaleza, íbamos subiendo en un apretado grupo. Recuerdo que me quedé encantado y detuve a mi clan infantil para admirar unas manchas móviles de encendido color escarlata y que resultaron formadas por… ¡arañas! Estas alfombras luminosas tenían un diámetro de entre uno y dos metros. Yo cuidaba que los niños no se acercaran demasiado, porque esos animalitos podrían resultar venenosos, y así continuamos.

Desde cierta altura inicial, nos divertíamos descubriendo la casa de cada uno; los límites del rancho entre los cauces de los arroyos del Águila y del Muerto; las tierras de diferentes matices, según estuvieran recién trabajadas o no; las figuras caprichosas de las nubes; los sombrerotes debajo de los cuales pasaban a caballo -o en burro- los campesinos.

De pronto, el grito de un canijo rapazuelo -perdón- de apellido Limones, de 8 o 9 años, desde unos 15 metros más arriba, nos volvió a la realidad.

Yo no vi, claro está, en qué momento se desprendió de la pandilla. El hecho es que exclamó: “¡Eeey! ¡Esos de abajo!¡ ¡Ahí les va un torito!”

Diciendo y haciendo, arrojó una piedra que yo calculo tendría unos 15 centímetros de espesor, la cual, botando y rebotando en otras, iba ganando peligrosa velocidad. Los chamaquitos no atinaron ni a moverse de pronto, y yo también, paralizado al principio, grité: “¡Agáchense!»

Probablemente no me entendieron, porque allá esta palabra significa otra cosa; así que no recuerdo si lo hicieron o no. Salté a un lado para atrapar a una nenita que estaba un poco separada, hacia la que me pareció que se dirigía el “torito”.

Justo a tiempo.

La abracé, protegiéndola con mi cuerpo, y oí muy cerca de mi cabeza un espeluznante zumbido – ¡frrrrr! – de la piedra, que estuvo a punto de convertirla -mi cabeza- en una sandía madura estrellada…

Ahí terminó la excursión pretendida.

Hecho conciencia de sus riesgos por aquel loco, y a la vez afortunado incidente, organicé la retirada entre el silencio de mi pequeña tropa.

MTRO. JUAN ALBERTO BERMEJO SUASTE

 Continuará la próxima semana…

 

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