Y nunca de su corazón (XXX)

By on julio 4, 2019

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XXX

Y NUNCA DE SU CORAZÓN

Continuación…

Creyeron que era el gobernador que llegaba, y no. Resultó “Belchoch”, el diputado suplente por el distrito. “Soltaron” casi todos los voladores cuando vieron asomar en la curva el automóvil de vía. Que sólo vino a dar el visto bueno de la estación y las calles y a los preparativos de la recepción. Y que hasta mañana llega el “jefe” a la inauguración.

–Ojalá que llueva esta noche y se mojen los adornos que ya pusieron –dijo uno.

–Lástima que no sea así. Mañana es cuando va a llover. La luna tiene la corona de arco iris que anuncia la lluvia para el día siguiente –pontificó otro de los jugadores que, para alcanzar a ver el meteorológico augurio, se hacía visera con las manos, ya que la insolente luz de la “lámpara de camiseta” no se lo hubiese permitido.

–¡Y la cena que le tenían preparada! ¡Lástima de comida! –se lamentó alguno.

–¡Sí y pues! –dijeron varios de los presentes.

Fue cuando Abelardo entró en la choza a mirar a su hermanito muerto. Se acercó a contemplarlo. Sobre una pequeña mesa cubierta con un blanco mantel almidonado, entre la humareda y el calor de los velones en el centro de la pieza, yacía el difunto, amortajado como una momia diminuta y reciente. Abelardo tal vez lo viera sin reconocerlo, como entre el humo de su visión deficiente. Quizá las facciones rígidas y llenas de pliegues del finado se le hicieran extrañas, ajenas a su afecto y lejos de su dolor. Sería tal vez que, como hijo mayor, estaba familiarizado con la muerte, por la de sus hermanitos y las personas de las familias vecinas. El hecho es que se retiró sin haberse conmovido, al menos ostensiblemente, y fue a sentarse en un rincón, en el suelo, junto a su madre que, sentada en un butaque, lloraba en silencio con un llanto suspirante y entrecortado. Abelardo entregó su cabeza a la caricia de su mamá y fue en ese momento que la comadre Elodia, curiosa e impertinente por inoportuna, preguntó a Petronila:

–Y ese mi ahijadito, “cumán” ¿por qué tiene su ojo tapado?

–¡Jay, “cumán”! que no lo oiga Crisanto. Le sacaron su ojo a mi hijo. Se lo operaron allá en Mérida.

–¡Pero es posible! ¿Y por qué “dejastes” que le saquen su ojo?

–Porque si no se lo operaban tenía que perder el otro, me dijeron los doctores. Que porque la enfermedad del ojo de Belito es de hambre. De no comer. Que todos nosotros no comemos lo que debemos comer, “cumán”.

–¿Y cómo vamos a comer si no se “busca” que comer; si no se “busca” trabajo y no se gana nada? –la comadre Elodia decía buscar por encontrar o hallar. Y era que estaba pensando en maya y hablando en español, en el español que se habla en Yucatán. Estaba traduciendo, pues, su pensamiento. Y en el idioma maya sólo hay un verbo para significar la acción de darse a la búsqueda de algo, el mismo que indica la acción de encontrar y esa otra, fortuita, de dar con una cosa sin buscarla, es decir: hallarla. Petronila continuó explicando.

–Si hubieras visto, “cumán”, cómo estaba el ojo de ese chiquito: parecía una de esas ciruelas que se ponen al sol a que se sequen, y que primero se arrugan por el sol que las empieza a secar. Así estaba el ojo de mi hijo por las llaguitas que se le estaban formando. Y de repente le entró materia en su ojo y se lo tuvieron que quitar. Yo vi que hay muchos doctores que sufren cuando curan estas enfermedades de los chiquitos. Y dicen que ya no es el tiempo de que haigan estas enfermedades.

–¡Eso si hubiera justicia, “cunám”, como dice Severiano Ak’é!

–Se lo llevaron preso “en” Mérida, ¿mas si no?

–¡Qué va, “cumán”! ¡Peor! Lo sacan todos los días a barrer el parque. Y no dejan que su mujer y sus hijos se acerquen y que hablen con él. Sólo les reciben su comida de Sev. Hoy hace ocho días que lo pusieron con otros presos a lechar la escuela que va a inaugurar el señor gobernador…

–Así es que ya hicieron una escuela nueva…

–¡Ojalá, “cumán”! Es esa vieja casa-escuela del camino real de Mérida que hicieron en tiempos de don Felipe Carrillo. Ya le quitaron su placa vieja y le pusieron otra placa de bronce con el nombre del gobernador y del presidente municipal. ¿Y su ojo del bueno de mi ahijado, Pet?

–Su ojo bueno me dijeron los doctores que va a tener nube. Pero que no va a quedar ciego. Y que si no le damos leche y huevo y carne para que coma, puede perder su ojo bueno.

–Sí y pues. Sólo si, ¿dónde vamos a tomar todo eso para dar a nuestros hijos, Pet? Eso no lo ven los doctores. Nomás recetan.

Abelardo comenzó a llorar ruidosamente. Y se alzó sobre sus rodillas para llegar con su llanto estridente al oído de su madre. Y decir entre sollozos:

–¡Yo no quiero que me saquen mis ojos, “mam”! ¡No quiero quedarme ciego como mi hermano Belito! ¡No quiero, no quiero…! Y su llanto se convirtió en esos berridos de boca abierta que el terror arranca a los niños.

–Calla tu boca, Abelardo. ¡Cállate, hijo! Te va a oír tu papá.

Su papá, desde el patio, ya lo había oído. Y pareció no dar importancia a los alaridos del chico porque al entrar en la choza no se dirigió a Balito, sino a José Isabel que dormía en los brazos de su padrino y tío, Concepción Simá. Se detuvo frente al niño. Titubeó. Se inclinó a observarlo, un poco tambaleante. Ya había bebido algo. Al fin se decidió a cerciorarse de lo que había oído en labios de Abelardo y destapó el ojo vendado de José Isabel. Y se horrorizó ante la órbita vacía.

–¡Jesús! ¡Santísima! ¿Pero es posible? ¿Sólo “llevastes” a tu hijo “en” Mérida a que le saquen su ojo? –comenzó a reconvenir a su mujer que se acercaba–. ¡Pero, Petronila! ¿Te “atrevistes” a dejarlo, mujer? ¿Qué vamos a hacer con Belito así ciego? –y siguió diciendo cosas y profirió blasfemias contra el destino de los pobres, de su propia miseria y de su mala suerte a medida que, apoyado en su concuñada Elodia, se alejaba hacia la mesa de los bebedores que aún seguían jugando.

El rumor de los rezos creció. Aumentó el número de voces que se sumaron a la plegaria. La rezandera mayor rompió a cantar el “Suba”, que corearon unánimemente todas las mujeres: “Al cielo, al cielo, al cielo quiero ir… Suba, suba, suba, la virgen al cielo…”

x  x  x

Al día siguiente se cumplió el vaticinio. Después de la inauguración de las mejoras de la “Escuela Felipe Carrillo Puerto” llovió torrencialmente. Pero el gobernador ya estaba a cubierto de la lluvia y de toda incomodidad. Reía a más y mejor, sin dejar de beber y de comer, en el gran banquete del palacio municipal. Estaba riendo con los chistes y cuentos del diputado suplente, por mal nombre “Belchoch”, que ya se había apuntado “cuatro caballos” en ese juego de suceder a su propietario en la próxima legislatura. El gobernador, al despedirse, le hizo la dádiva de una sonrisa y, lo que fue más envidiado, de un abrazo también.

Cuando a las cuatro –hora de entierros durante el día y de muertes en la madrugada– Crisanto, con su carga mortuoria y seguido del cortejo funeral pasó frente a la escuela –“recién nacida a una nueva misión luminosa”, que dijera el gobernante– camino del cementerio municipal, los voladores, en la estación del ferrocarril y las campanas en las torres de la iglesia, estaban diciendo adiós en su idioma peculiar y manifestando las bendiciones y la gratitud de todo un pueblo al señor gobernador que proseguía su “gira de trabajo”.

Los papelillos multicolores, macerados por la lluvia, ya no sonaban como miles de mosqueros cuando los agitaba el viento. Los símbolos del escudo nacional serían guardados para hacerlos posar, otra vez, quizá sobre el pecho del mismo gobernante, o de otro que estuviera, a su tiempo, en el poder.

Crisanto, que llevaba el féretro sobre su cabeza –se diría que estuviera a punto de lanzar el pregón de su dolor– se volvió ligeramente y, casi de reojo, sin dejar de caminar, leyó la placa conmemorativa:

“Siendo Gobernador Constitucional del Estado Libre y Soberano de Yucatán el C. Profr. Juan Soler Soberón y Presidente Municipal de esta Villa de Oxcantún de Hidalgo el C. Tárcilo Pavón, se reconstruyó e inauguró el edificio de esta Escuela Felipe Carrillo Puerto.” Abajo estaba una fecha.

Mirando la placa, Crisanto tuvo una idea y se hizo un propósito. La tumba de su hijo tendría una lápida. De mármol. Ni la maleza ni el tiempo borrarían de la tierra el recuerdo de su hijo. Y nunca de su corazón.

Jesús Amaro Gamboa

Continuará la próxima semana…

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