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CAPÍTULO 34
Rumbo A Mérida
Al fin, entre carreras y juegos en las oscuras plazuelas de mis pueblos, Hopelchén y Dzibalchén, llegó el día de mi partida con destino a la ciudad de los Montejo, llegó el día de abandonar a los pequeños compañeritos de juego, y dejar aquella vida entre el ganado y entre los caballos.
Mi padre vendió San Martín, aquel rancho que tan gratos y tan hermosos recuerdos dejó entre nosotros y, con toda la familia acomodada en uno de aquellos “bolanes”, como se le llamaba por ahí a los carros tirados por mulas y cubiertos con toldos de lona para proteger a los pasajeros de las inclemencias del tiempo, dejamos Hopelchén, el pequeño pueblito donde naciéramos, para trasladar nuestra residencia a la ciudad de las veletas, de los faisanes y de los venados. Así, dejamos nuestro Estado de Campeche para incorporarnos a la ciudadanía de nuestro Estado vecino por medio de un viaje de Hopelchén a Mérida, vía Montebello-Hecelchakán, que eran por ese entonces las paradas reglamentarias para esa clase de viajes.
Montebello era un pequeño pueblito, muchísimo más pequeño que el de nosotros, que sólo contaba con algunas cuantas casas, rodeado de una extensa plazuela llena de piedras y yerbas altas. A un lado de la plazuela, sobre una especie de terraza alta, empedrada, a la que se llegaba por escalinatas de baldosas, se hallaba una profundísima noria donde el poblado de abastecía de agua. Una noria que, al decir de esa gente, tenía una profundidad por encima de los cien metros y en la que, para extraer gua, se utilizaban los servicios de una mula que giraba y giraba, mientras las cubetas bajaban y subían en el interior del pozo.
Por el frente de la plazuela se levantaba la casa principal del pueblo, que era una especie de mesón para los viajantes que pasaban por el lugar. Un mesón donde se detenían los “bolanes” para dar un pequeño descanso a las bestias de tiro, y también para que los entumecidos viajeros estirasen un poco los miembros después de la zangoloteada que representaba el pedregoso camino. Porque, si bien es cierto que se extendían colchonetas en el piso del carro, esos colchones no eran del todo suficientes para aliviar las molestias que sufrían los pasajeros durante el viaje. Y como en el mismo carro se acomodaban pasajeros y equipaje, el lugar que tocaba a cada uno, en algunos casos, era apenas suficiente para ir sentado con las piernas casi recogidas y con las manos bien afianzadas en las cuerdas que cruzaban el carro de un lado a otro, precisamente para que el viajero pudiese aminorar los enormes saltos del vehículo.
También se servía, en aquel improvisado y rústico mesón del pueblo, alimentación a los viajeros que lo solicitaran. Pero eran muy pocos lo que requerían aquel servicio. Los viajeros de ese tiempo solían cargar con el “bastimento” cuando emprendían un viaje por esos caminos infernales. Así que, junto con el equipaje, se ponía la canasta de mimbre o el típico sabucán de yute, en donde se acomodaban uno o dos pollos asados, algunos huevos duros, panes gruesos de masa de maíz torteada y algunas otras cositas que completaran la comida que se hiciese durante el viaje. Aquel “bastimento” con que se cargaba no era precisamente para ahorrarse algunos centavos que pudiesen costar los alimentos en los improvisados mesones, sino porque nunca se sabía a ciencia cierta cuánto tiempo podía durar el viaje.
La parada en Hecelchakán resultaba diferente. Resultaba mucho más larga, porque era el término de la parte del viaje en las incómodas carretas a través de aquellos espantosos caminos. Generalmente se llegaba al morir la tarde, cuando el sol terminaba de ocultarse por el horizonte, y cuando los viajeros disponían de toda la noche y buena parte de la mañana siguiente, antes de abordar la máquina de hierro que los llevaría al final del destino.
Si mi padre eligió Mérida para el traslado de nuestra residencia, en su decisión influyó, ante todo, la cuestión de nuestros estudios: Campeche no contaba con universidad ni con escuela preparatoria; el número de escuelas de la enseñanza secundaria era también muy reducido, y hasta el estudio de la primaria resultaba un tanto deficiente. Mi padre ambicionaba que todos nosotros tomásemos carrera profesional y, si al final de cuentas, una parte de los hijos le fallamos y defraudamos sus aspiraciones, él tuvo la satisfacción enorme de haber cumplido con creces las obligaciones que la vida le encomendara.
Nos entregó un hogar lleno de amor y cariño y puso en nuestras manos la oportunidad de labrarnos un porvenir con seguridad y futuro. Luchó para sacarnos adelante, sin escatimar esfuerzos y sacrificios. Si aquellos esfuerzos y sacrificios no llegaron a convertirse en las carreras profesionales que tanto él como mi madre ambicionaban, al menos hizo de nosotros unos hijos completamente felices para quienes el nombre de sus padres representaba veneración, respeto y amor.
Dispuesto el traslado de nuestra residencia a la ciudad de Mérida, un día mis padres se presentaron a Dzibalchén, donde por entonces me encontraba, a comunicarme la noticia y a darme la despedida, porque yo no marchaba con ellos.
Ya mis tíos José del Carmen Barrera Lara y María Concepción Baqueiro Lara me habían hablado del viaje de mis padres y de mis hermanos, pidiéndome que me quedase con ellos, para marchar después con sus hijos Manuel y Ermilo, cuando ya la familia estuviese establecida. Como mis padres no se opusieron a la petición de los tíos, allí me quedé por otra corta temporada, esperando el día que partiesen los primos para viajar con ellos.
Así que cuando me llegó el día del viaje, cuando me llegó el día de reunirme con la familia, establecida desde hacía más de un mes en la capital yucateca, bailé y salté de gozo, olvidando amigos y todo aquello que quedaba en el pueblo; olvidando aquellas hermosas noches que pasara en la plazuela; olvidando aquellas tardes de cabalgata cuando, encima del “Marqués” y desobedeciendo al tío, salíamos a correr a campo abierto; olvidando las caminatas de paseo por las extensas sabanas; olvidando todo, porque Mérida estaba convertida en mi sueño dorado.
Mérida representaba para mí algo conocido y desconocido al mismo tiempo. Lo conocía a través de mis lecturas, a través de aquellas revistas que le llegaban al tío José del Carmen y con las cuales enriquecía mi adoraba biblioteca. La conocía, como también conocía a China, la India y África, pero mis conocimientos no pasaban de aquellos artículos que publicaba la revista.
Raúl Emiliano Lara Baqueiro
[Continuará la próxima semana…]





























