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José Juan Cervera
La voz es instrumento para moldear figuras carentes de nombre que proclaman su destino entre sombras empeñadas en reverenciar plenitudes desconocidas.
La palabra es ejercicio de constructores. Quien distraiga su vocación en el uso de materiales deficientes optará por abandonar sus obras e inmolarse con ellas.
Hay armonías ocultas en mensajes primarios que dispersa el viento. Un principio de orden los llama a dar cuenta de la luz que los guía en la predestinación de su encuentro.
Cuando el clamor de un pensamiento crece hasta lograr su expresión, algo en su interior aprende a moverse con fortuna en la oscuridad de su cautiverio.
Un gesto se condensa en la aridez del rostro que muestra la imposibilidad de acunar matices cálidos y silencios redentores.
La confluencia de afectos acaba en interrupción cuando la sustancia que fluye de un lado se dilapida en terreno negado para fundar el entendimiento.
Las ramas que se entrecruzan en diálogo auspician simiente robusta en terreno propicio.
De pronto el silencio habla en nombre de vocablos que pierden el ánimo de cubrirse con imposturas al uso.
El reloj dicta la hora de callar al punto en que la esencia de los seres toma vías alternas para hacerse audible.
El retoque de algunas doctrinas termina por envolverlas en apariencia de novedad, aunque impedidas de alzar el vuelo acomoden sus formas en superficies opacas y voces impostadas.





























