Mayismo – Uayéismo en Nuestras Raíces

By on noviembre 2, 2016

Editorial

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Mayismo – Uayéismo en Nuestras Raíces

El concepto religioso que tenían los mayas sobre la vida, los dioses y las almas, queda evidente en las conmemoraciones anuales del Hanal Pixán que – apartado de los rituales cristianos conmemorando únicamente a los “difuntos fieles”, el momento de reencuentro con las almas, los espíritus, la esencia intangible pero siempre presente – está en el tiempo de los “pixanes”,  que son todos aquellos que no están entre nosotros físicamente, pero que siempre tendrán sitio en la mente y corazones de sus familias y amigos que les trataron en vida y con los que convivieron, bien o mal, pero formaron parte de sus existencias terrenas.

Este concepto está más enraizado en las mentes de origen maya que el religioso cristiano de los “fieles difuntos”, cuya fidelidad a la iglesia es condición para ser invocados en las ceremonias.

La mentalidad mayense es más amplia, no es restrictiva. Por ello, quienes vivimos actualmente en la tierra tenemos arraigo y sobrevivencia actual. Convocamos a todos los pixanes, sin calificativos previos ni descalificaciones.

A todos ellos les señalamos, desde días previos, el camino de retorno hacia nosotros con luces y velas ubicadas sobre las albarradas, marcando los caminos. Cuando esto ocurre, las casas o domicilios han sido previamente puestos en orden, es decir, limpiados, aseados, arreglados, los trastes lavados y la ropa limpia, etc. La higiene del espacio y la individual debe ser idónea para las convivencias anuales y se prepara a conciencia.

Los mayas eternos, nuestros admirados antepasados, son convocados y recordados año con año, porque es ahí – en la memoria de las mentes antiguas, en las poblaciones especialmente apartadas y humiles, en las casas de palma de huano – donde se cobijan las sanas costumbres heredadas, muy distintas a las que en las clases pudientes y familias de culturas ajenas afloran por estas fechas, a imitación de las campañas de mercadeo de costumbres importadas, originadas en creencias que nos son extrañas y ajenas.

Por lo común, en el seno de las familias pudientes, aristócratas de nuevo cuño o nostálgicos de un pasado –ya afortunadamente superado– es donde se dan estos otros festejos de disfrazados malignos, violentos, horríficos. Nada que ver con el sagrado tiempo del Hanal Pixán, respetado desde hace decenas de generaciones mayas en la vasta zona de influencia de nuestra cultura madre.

Algunos funcionarios de gobierno intentan manejar la imagen maya con festivales, no para exaltar sus virtudes, sino para acomodarse y pretender reconocimientos que la gran nación mayense hasta estas fechas les ha negado. Toleran, porque no pueden evitarlo, que aventureros de la cultura se cobijen con su nombre, que se comercie con él, que edifiquen edificios mal llamados museos, grandes museos, que devienen en espacios vacios de poco uso y visita, creados al gusto y satisfacción económica de alguna microbiana personalidad que lo ocupa.

Lo maya, los mayas, son otra cosa muy distinta a los simples monumentos levantados al culto de una torcida personalidad. Ellos levantaron pirámides a sus dioses, a sus soberanos espirituales, a los elementos de su gran cultura, aún no plenamente entendida y/o valorada.

La fuerza de los pixanes, los espíritus viajeros anuales, acude a nosotros, perseverantes en sus visitas para recordarnos lo valioso de una cultura, aún presente y viva en nuestra gente, su mentalidad y pensamientos.

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