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La nostalgia de los buenos tiempos

“¿Problemas con los de Colonia? Sííí, claro. Pero digamos que fueron leves. Como cuando el comisario Villalobos me castigó porque falté a marchar un día que fui a quemar el potrero con uno que era pariente de los de chocolate Pérez y me encerraron una noche en el bote. Recuerdo que el techo del calabozo era de guano y estaba frente a la fábrica, al lado de la llave de agua destilada. Entonces, desde allá vi que un muchacho que también estaba enamorado de Coki la estaba acompañando, no le importó a aquél que ella fuese mi novia. Había una máquina de escribir en la Comisaría y me puse a escribirle una carta para enviársela a mi enamorada. Creo que la carta nunca le llegó, pero no pasó de los celos, no pasó a más.”
“Otro que recuerdo es cuando un paisano me andaba echando indirectas porque estaba yo enamorando a Coki. Ese tipo también la quería enamorar, me amenazaba con romperme la maceta. Por su culpa, una vez me castigaron en la empresa y me fui de la fábrica, hice mi genio y no regresé. Estábamos trabajando en nuestro turno y pasó esto: El ambiente con los compañeros era de cotorreo, había relajo con ellos, se tiraban pelotas de hilo y este tipo me estaba re-mentando la madre de a gratis, yo no lo estaba insultando. ‘Si no sabes jugar, no te metas,’ le decía, pero no me hacía caso y seguía insultándome. ‘Solamente porque no eres de mi peso, tú pesas más que yo,’ me decía… ‘Si lo sabes ¿por qué te metes? ¿Por qué me estas insultando? Si no sabes cotorrear, ¿por qué te metes?’ le decía. Y este tipo seguía ofendiéndome hasta que me cansó. Nomás un cruzado de derecha le metí en el mero mentón y lo tumbé. Se iba trastabillando hacia las calderas, pero los compañeros lo evitaron. Enseguida fue y me acusó. ‘Él me estaba insultando, él lo empezó,’ le dije a los jefes en mi defensa. ‘Si no me creen, pregunten a los compañeros…’ Pero a mí me castigaron. Fue cuando me quité de la Colonia. Le dije a Coki que me voy, que dejo mi trabajo en la fábrica y me fui con mi hermano Javier a trabajar a Valladolid. Allá me desafané de la Colonia, pensaron que al poco tiempo iba yo a regresar a la fábrica a pedir trabajo de nuevo, pero no, no regresé. A la Colonia sí volví. No me acuerdo cómo se llamaba ese tipo, tenía hasta un apodo,” recuerda quien una vez intentó enamorar a una de mis tías, pero al primer desentendido abandonó la idea de cortejarla.
“Lo que hace uno de muchacho,” me dice entre risas. “Fíjate cómo pasó…” se pone de pie y me explica moviendo los brazos con onomatopeyas. “Frente a la casa de mi pretendiente había una mata de cedro, y me paré detrás a esperar que salga una noche que había un poco de fresco. A los pocos minutos vi que se asome en la sala y se dirigió a la puerta. Yo pensé que ya me había visto, a pesar de que estaba yo parado detrás del tronco de cedro. Sin más, caminó hacia el frente, cerró la ventana y la puerta. Creo que no se dio cuenta o no me vio que estaba yo parado ahí enfrente. Me di la vuelta, decepcionado, triste, y no regresé más,” me dice. “Lo mal entendí porque ella no me vio y yo mal entendí. Pensé que no quería verme y me quité,” comenta al tiempo que se sienta de nuevo, estira el brazo izquierdo y me enseña con cierto orgullo el nombre tatuado de su malograda enamorada. “Jejeje, lo que hace uno de muchacho,” comenta ahora entre risas un poco más prolongadas el que tiene un concurrido puesto de carnitas en la isla llamado “Don Chilis”.
“Entonces empecé a enamorar a Coki.”
Continuará…
L.C.C. ARIEL LÓPEZ TEJERO





























