Literatos de Matamoros, Tamaulipas, México (XI)

By on noviembre 14, 2019

XI

José Martín Hernández Torres. Matamoros, 1965. Maestro. Participa en el Taller del Instituto Regional de Bellas Artes de Matamoros. Publicó narraciones en la revista delatripa: narrativa y algo más.

Un domingo

Martín Hernández

Mis hermanas y yo nos arreglamos con la mejores “garritas” y cada domingo vamos a la única misa que se oficia a las ocho de la mañana.

Los primeros rayos del sol tiñen levemente de rojo el azul oscuro del cielo; el gallo anuncia un amanecer y revolotea sus alas urgiendo despertar a sus compañeras. A medida que la claridad aumenta, el escandaloso polvo que se levanta empieza a brillar, las estrellas a ras del suelo el sol las hace brillar.

Otras aves vuelan.

Son las urracas con su pleito casado con los “chicos”; Pedro las llama “pájaro de mil voces”. Los “chicos” se van a cuidar los nidos y huevos que a las urracas les resulta un manjar. La persecución siempre está acompañada de golpes de alas y graznidos que arruinan los trinos matinales del petoamarillo y el trepatroncos.

¡Odio a las urracas! Son ladronas. A una de mis hermanas le robaron un arete; dicen que les gusta todo lo que brilla y que adornan sus nidos con objetos brillantes. Pedro dice que lo hacen para atraer a los insectos por la noche, capturan el brillo de las estrellas y la luna en sus nidos. Los insectos siguen la “luz” y ¡zaz! la urraca los atrapa sin salir del nido. Es la razón por la que sus nidos están en lo más alto de los árboles.

Salimos de casa antes que nuestros padres.

Entre la alegría de escuchar y ver a las aves por el camino, escuchamos el sonido sordo de una campana que repica, “tan, tan” y “tan-tan-tan-tan…”. Es la segunda llamada. Apresuramos el paso para tener el mejor lugar dentro de la iglesia.

La enorme puerta de madera agrietada está abierta de par en par y la primera banca a la entrada aún no ha sido ocupada. ¡La ganamos! El olor a madera húmeda, incienso y cera es intenso. De tan lejos que estamos del púlpito, a veces no escuchamos el sermón dominical; eso sí: podemos ver a todos los feligreses llegar y saludarnos discretamente con “aquellos”.

A mí me gusta Pedro, es algo mayor que yo. A su llegada me pongo nerviosa: siento enrojecer mi cara, sudo detrás de mis orejas, lo siento correr por el cuello, y hasta la entrepierna me empieza a latir. Su tono de voz grave al decir “Buen día” hace que mi corazón pegue de saltos; a veces siento que esos golpes mueven mi blusa y temo que sean perceptibles por las burlistas de mis hermanas. Pedro llegó y lo mejor de la misa ha pasado.

Al terminar, nos quedamos quietas para ver a todos salir. Pedro me mira, y con el movimiento de los ojos y cejas acordamos encontrarnos a la salida.

Cada una de nosotras se encuentra con su respectivo “aquel”; nos acompañan en el trayecto de la iglesia a la fonda donde hemos de encontrarnos con nuestros padres.

Pedro y yo caminamos y comentamos lo sobresaliente de la semana transcurrida; nos detenemos en “la sombrita”, un lugar que ya hemos declarado nuestra propiedad. Es una barda medio derrumbada donde podemos sentarnos a la sombra de un mezquite, cómplice de algunos otros encuentros y también de acondicionar el lugar, pues su tronco es el causante de tal derrumbe. En su sombra, discretamente Pedro me toma las manos y me da un beso; es apresurado, ya que no queremos llamar la atención de quienes vuelven de la iglesia. Es tan solo un momento, apenas para escucharlo decir “a la noche nos vemos en el baile”, e inmediatamente separar nuestros caminos.

Nos reunimos, mis hermanas y yo, y vamos a dar alcance a nuestros padres. Tienen separada una de las mesas de la fonda. A nuestra llegada, saludamos a mucha gente que vimos en la iglesia. Nos sentamos y mi madre pregunta con cierto tono de intriga por qué tardamos en llegar, qué nos pareció el sermón; mi padre levanta la ceja y tuerce la boca con cierta burla al momento que nos dirige la mirada. Nosotras sonreímos y no damos respuesta. Presiento que mis padres ya saben de los pretendientes que tenemos.

Todas las tardes, las urracas empiezan a buscar lugar en las ramas de los árboles. Son escandalosas y cagonas, sus graznidos aturden y, durante el lapso en que llegan a buscar su árbol, es mejor no pasar o parar por debajo de alguno. Los árboles que rodean la plaza del pueblo son sus preferidos. Vale la pena aguantar esas incomodidades por tener un fresco atardecer en la plaza.

La plaza tiene al centro un quiosco, es tan grande como para dar cabida al grupo musical; en la cúpula tiene pintado un cielo azul, y uno que otro angelito parece jugar entre las nubes tenuemente rosadas. Si me paro frente al quiosco, mis ojos pueden distinguir el polvo en el piso, que parece nunca haber sido barrido. Los barandales metálicos, con rebuscadas curvas, se integran en patrones, generando un ritmo visual que invita a rodearle sin parar.

Los músicos del pueblo han subido al quiosco. Una guitarra rayada por el uso es afinada, el acordeón suena y se escuchan en su teclear suaves golpes sordos semejantes a taconear “tac tac tac”, el bajo sexto da sus primeros graves “pum pum pum pum” y la tarola suena su “plitz plitz”.

Las primeras parejas empiezan a llegar, los caballeros pagan por sus distintivos, y las mujeres platican entre ellas. Sus sonrisas, los vaivenes de las caderas y sus piernas sin cambiar de lugar muestran la impaciencia por abrir el baile. Los árboles y postes tienen tendederos de focos amarillentos que iluminan las amplias banquetas que rodean la plaza. Ahora las urracas tienen que soportar el murmullo de la gente.

El momento de iniciar el baile ha llegado; el acordeón inicia la melodía, y de inmediato el resto de los instrumentos entran al ritmo de un huapango que anima a los presentes a iniciar con el taconeo y zapateo para alzar nubes de polvo por toda la plaza. Sudor, risas, codazos, pisotones, pedos y demás, en el vuelta y vuelta, gran anochecer, convivencia y armonía social.

El grupo musical del pueblo ha callado. El baile ha terminado, la luna llena de brillo. Está tan grande que «el conejo» se distingue a todo detalle; es luna de media noche, acompañada por infinidad de estrellas que parecen titilar y tiritar, como si la frescura de la noche llegara hasta su lugar.

El calor de mi cuerpo disminuye rápidamente, en tanto mi vestido sigue bamboleándose, como si el viento continuara escuchando la música y traviesamente quisiera seguir.

Algunas personas siguen reunidas, sus risas y murmullos son acompañados por los grillos.

Es hora de regresar a casa. Mis hermanas, amigas y yo caminamos sin contratiempo alguno.

Será una semana más de espera hasta que se vuelvan a escuchar las cuerdas, percusiones y acordeón. Nuestros cuerpos compartiendo el ritmo, los sonidos atrapados del bajo sexto y la redova, el ritmo de nuestros corazones latiendo intensamente, y la combinación de nuestro respirar y sudor los he de llevar en mi mente. Instrumentos sin sonar, cuerpos distantes.

¡Ah! Una semana te voy a esperar.

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