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La Tórtola, vuelo y regreso a los orígenes

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La Tórtola, vuelo y regreso a los orígenes

Fui por agua. El pasillo estaba desierto a esa hora. Los ejecutivos de la oficina por la mañana prefieren café, y las secretarias jugo de fruta, o té.

Pasé por la cocina-comedor, pero tampoco ahí había alguien. El despachador de agua está junto a una puerta-ventana. Me serví y bebí.

Al levantar la vista vi una paloma silvestre, de las que conocemos como tórtolas. La avecita estaba posada en el muro de enfrente.

Mientras bebía otro medio vaso de agua, me concentré en mirarla; me acerqué al cristal de la ventana.

Observé que la paloma giraba la cabeza ya hacia un lado, ya hacia el otro, como tratando de fijar la mirada hacia donde yo me encontraba.

En el cuadro del cristal de la ventana estaba atrapada y se prolongaba la ciudad, los árboles, el cielo, sus nubes, pero detrás se asomó una sombra: yo.

De pronto, se estremeció, supongo que al distinguirme, y desplegó su instinto de supervivencia. Hizo el ademán de impulsarse para levantar el vuelo, pero luego algo la detuvo, volvió a tranquilizarse, a relajarse, y quedarse sobre el muro.

La paloma – tuve la impresión – parecía mirar con detenimiento los protectores de metal de aquella ventana.

Recordé que un año atrás una tórtola construyó su nido entre los protectores y el cristal de la ventana del comedor.

En el instinto de aquella tortolita cabía lo discernible. Quizás todas las de su especie ocupaban las ramas de los árboles, pero el marco de una ventana tenía algo de especial.

Durante un tiempo, aquella ventana fue momentáneamente clausurada, debido a que paralela a ella se habilitó un muro de cajas de archivo muerto, lo que a nosotros a la hora de la comida nos limitaba la luz y la visión del exterior.

Así que un día retiramos aquellas cajas para enviarlas a la cartonera, y encontramos el nido y aquella paloma “encamada”, como decía mi abuela.

Mientras almorzábamos, veíamos el ir y venir de aquella ave. Otras veces se levantaba del nido y se posaba en el muro, se desperezaba, emprendía el vuelo, y regresaba.

Luego observamos que permanecía más tiempo en el nido. A través de los cristales vimos a las crías. Mientras almorzábamos, los polluelos estaban muy quietos, pero al llegar la madre se inquietaban.

Ella las criaba y luego se posaba sobre ellos; los polluelos se sumergían en la mar del cálido plumaje materno.

Cuando ya estuvieron más grandes, me decidí a raptar uno de aquellos pichones. Al intentarlo, la paloma defendió el nido, golpeando con su ala la mano intrusa. Reflexioné, y nunca más volví a intentarlo.

Las semanas pasaban, los pichones mudaban el escaso pelambre y empezaban a vestir su plumaje gris, por lo que pensábamos que un día cualquiera abandonarían el nido.

 Quizá fue el día cuando un pichón cayó al patio.

Fue un hecho fortuito haberlo encontrado, porque bajé a dejar una silla rota y allí estaba la avecita, dando pequeños saltos.

La recogí, y la deposité de nuevo en el nido.

El otro polluelo no estaba. Tal vez tuvo más valor y fuerzas para volar.

Me agradó haber trastocado el destino de aquella paloma. Una horas más…una noche… pudieron ser fatales. Después despareció para siempre.

No hay nada más triste y desbordado de soledad que mirar un nido solo y vacío.

Ver aquella tórtola me hizo pensar en que acaso alguno de los dos polluelos volvía al lugar donde nació, o quizá era otra ave en actitud de valorar si la ventana con cristal y protectores reunía condiciones de seguridad y supervivencia, o era vulnerable a las acechanzas de algún depredador.

Me quedé con la primera idea: a la memoria de aquella ave volvían y persistían atisbos, ascuas, de recuerdos: el nido, su hermano, su madre, la visión de otros semejantes a él – su reflejo en el cristal de la ventana – y, finalmente, el vuelo definitivo hacia la libertad e independencia.

Pienso que recordaba algo más, un hecho inexplicable.

La imagen en aquella ventana le asustó, pero luego aquello que guardaba en la memoria fue más nítido.

Su intuición no le permitió más.

Levantó el vuelo y se perdió en el infinito de la ciudad.

Juan José Caamal Canul

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