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Letras

Joel Bañuelos Martínez
A la memoria de mi madre y de la tía Eusebia Martínez Castañeda
La jovencita corría desesperada. Una nube de blanco polvo levantaba el galope de un caballo que casi le pisaba los talones. El temerario jinete espoleaba su montura con la intención de alcanzar a la muchacha que, desesperada en su huida, había arrojado el cántaro de agua que cargaba en su cabeza.
La persecución inició en el arroyuelo de la salida del pueblo, donde las mujeres iban mañana y tarde a abastecerse de agua para sus tinajas y botellones de barro.
Era peligroso para las muchachas salir solas entrada la tarde, o muy temprano, por dos razones: en esos tiempos, cualquier hombre podía raptar a la muchacha de su elección y luego casarse con ella, si así lo decidía, o, de lo contrario, abandonarla y buscar otra.
Eran tiempos de revuelta. Había gavillas de cristeros diseminadas por gran parte de Zacatecas y Jalisco. Mexquitic, por lo agreste de su geografía, era constantemente asolado por grupos de ellos y de militares buscándolos. Corrían rumores de que tanto cristeros como soldados eran para el caso la misma plaga: robaban haciendas, mataban gente, y mancillaban mujeres.
Así que no era para menos la angustia de la jovencita al ser perseguida por aquel jinete de pantalones de manta, camisa de la misma tela, huaraches, un gran sombrero de petatillo, y el rostro cubierto por un pañuelo rojo.
Con la mano izquierda en la rienda, y la derecha fustigando su caballo con la cuarta de blanco cuero sin curtir, la atemorizada muchacha gritaba pidiendo auxilio, deseando y rogando a Dios que alguien la ayudara, que alguna puerta estuviera abierta para refugiarse de aquel malhechor que de vez en cuando deslizaba su mano, con todo y cuarta, por su cintura, con la intención de sacar su pistola.
Como era de esperarse, en ese ambiente de terror e inseguridad nadie dejaba su puerta abierta. Todas las casas tenían por dentro una o dos trancas de madera que aseguraban, por dentro y de lado a lado, las dos hojas de puertas y ventanas. Las casas que tenían corral también estaban aseguradas. La joven perdía ya toda esperanza de ser ayudada por alguien, y su casa estaba todavía a varias cuadras de distancia.
Mexquitic era un pueblo de calles polvorientas y casas de adobe o ladrillos, con techos de palma o zacate, muy pocas con tejado, sólo los pudientes hacendados o comerciantes tenían esa posibilidad.
El pueblo era, y sigue siendo a decir de muchos, muy tradicionalista, de gente muy creyente y noble.
En ese pueblo nació Francisca Martinez Castañeda (Pachita), la mamá de Bravonel. Lo aquí referido fue narrado de viva voz por ella, recordando su pueblo, sus orígenes y dónde, algunos años antes de morir, regresó acompañada por una de sus nietas a recorrer otra vez sus calles, sus parientes, y al más chico de sus hermanos, quien tampoco está ya en este plano terrenal.
Los padres de Francisca se dedicaban a las labores de un árido campo. Su cosecha era para el autoconsumo. Sus padres fueron Hermenegildo Martínez y Eustasia Castañeda. Sus hermanos Eusebia, Cayetana, Guadalupe, Severa y Agustín. Su mamá emigró a Nayarit y le dio dos hermanos más: Francisca y Martín, ellos de apellido Robles.
La jovencita, jadeando y a punto de desfallecer por el esfuerzo, presa del terror, sintió cómo el brazo del jinete le rodeaba la cintura y luego la levantaba en vilo. La terció entre su cuerpo y la cabeza del caballo. La cabeza de la silla le lastimó el estómago. Sus desgarradores gritos se ahogaban en llanto y el galope tendido del cuaco.
De pronto, el caballo frenó abruptamente frente a la casa de la jovencita, mientras el encapuchado jinete se deshacía en sonoras carcajadas, no tan varoniles, mientras golpeaba la puerta de la casa gritando:
—No me gustó esta mujer, está muy flacucha y descolorida. Se las vengo a devolver.
Bajó del caballo a la aterrorizada muchacha y se descubrió el rostro, carcajeándose, ante la complacencia de la familia de la chica, que estalló en nerviosa risa al mirar la cara del jinete mientras exclamaba, temblando todavía;
—Eusebia Martínez, tenías que ser tú, condenada muchacha…
Todos rieron de buena gana, festejando la osada ocurrencia de Eusebia, la hermana de Francisca, tía de Bravonel.
Eusebia era una muchacha muy bromista y aventada, capaz de ponerse al tú por tú con cualquiera. Fue la tía que nunca conoció Bravonel, pero que él idealizó como una heroína de ésas que iban por los caminos viviendo aventuras, ayudando desprotegidos, como “La monja Alférez”, sin descubrir su personalidad.
Decía doña Pachita, con cierto aire de complicidad y resignada complacencia, a su hijo Bravonel cuando éste hacía alguna inocente diablura: “Tú heredaste a tu tía Eusebia.”
Puede ser, puede ser, no se descarta la “remota” posibilidad…
Mazatlán, Sinaloa, México.
19/Feb/2019





























