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Mario Bojórquez en Baja California
Oscar Contreras Tovar
El pasado 29 de agosto, el poeta sinaloense Mario Bojórquez (Los Mochis, 1968), director de la revista Círculo de Poesía y una de las voces más significativas de la poesía mexicana contemporánea, con una trayectoria llena de reconocimientos y galardones, compartió en Ensenada una conferencia y charla literaria entrañable. Fue un testimonio de vida, de afectos y consejos para la creación.
Agradeció a Flora Calderón y Lauro Acevedo, panelistas presentadores, amigos de larga trayectoria, para luego situar su relación con Baja California. “Cuando vuelvo aquí, a Ensenada, a Mexicali, Tijuana, a Tecate, y más al sur, me siento en casa, no me siento extranjero,” confesó. Esa cercanía tiene un fundamento vital: aquí viven sus hijos y nietos. Esa raíz familiar se entrelaza con la raíz literaria.
Bojórquez recordó que a principios de su juventud llegó a Baja California, encontrando en la UABC sus primeras oportunidades de enseñanza literaria, convenciendo a la poeta Ana María Fernández de darle espacio en los talleres universitarios. Esa experiencia fue el inicio de un camino en el que la literatura se convirtió en destino y en misión compartida al fundar centros y talleres que formaron nuevas generaciones de escritores.
La charla no fue solamente autobiográfica; fue también una reflexión sobre la poesía. Es hermoso lo de leer y escribir como oficio que se vuelve todo un milagro. Bojórquez advirtió con ironía que no se puede recomendar a nadie practicar este género, pues rara vez trae aplausos o recompensas materiales. Sin embargo, cuando un poema logra existir es ya un prodigio.
Uno de los momentos reveladores fue cuando explicó, tal y como lo hace un profesor de lingüística, que una palabra contiene efectos sonoros y simbólicos que modelan la experiencia del poema. El poeta narra: “Cuando un poema logra existir, se produce un milagro de la creación”; el poema no es solo un conjunto de versos, es una macro palabra, una entidad cerrada y completa que genera solidaridad interna entre sus sonidos y significados. En esa medida, escribir poesía es una forma de calistenia, gimnasia espiritual y cognitiva que moldea nuestra forma de pensar y de vivir.
Relató cómo, al quedarse en Baja California, surgió la necesidad de inventar un espacio para comprender la literatura desde su propio interés y pasión. Así nació el Centro de Estudios Literarios, que no era un aula convencional, sino un taller vivo donde lo mismo se estudiaba lingüística que poesía, porque, como bien señaló, la materia prima del poeta es la palabra, y no se puede crear con ella sin conocerla en profundidad, incluso con la fonología.
El ejemplo que ofreció fue tan revelador como sencillo al tomar la palabra “oscuro” y desmenuzarla fonéticamente hasta encontrar en cada letra un matiz de sentido, un efecto emocional. De la “O”, abierta al inicio, pasando por la “S” que serpentea, hasta llegar a la vibrante “R” y termina otra vez en “O” generando atmósferas. La fonología se convierte en herramienta creadora. La poesía, entonces, no es sólo metáfora o imagen, es también música, vibración, arquitectura sonora.
En esa explicación reveló un aprendizaje profundo: la poesía es una forma de solidaridad entre las palabras, un entramado de pruebas y resonancias que construyen sentido. Bojórquez nos recordó que detrás de cada poema late un ejercicio consciente de precisión y sensibilidad donde cada sílaba pesa, cada fonema vibra, cada silencio habla.
Más allá de las anécdotas y los reconocimientos, lo que el escritor dejó en Ensenada fue la certeza de que la poesía es una forma íntima y de trascendencia compartida. Su manera de hablar no era la del académico distante, sino la de un hombre que ha hecho de la palabra su casa y su destino. Al escucharlo, uno comprendía que la poesía no está reservada para los festivales ni los premios: habita en lo cotidiano, en el acto humilde de buscar una metáfora para comprender lo que nos duele o nos maravilla de nuestra historia y entorno.
Cuando explicó la diferencia entre significado y sentido, no sólo trazó una línea conceptual, nos invitó a repensar la vida misma. Porque si el significado se agota en la definición, el sentido es lo que orienta la existencia, lo que da dirección a cada palabra y a cada gesto. Esa es quizá la lección mayor: que la poesía no es un adorno ni un lujo, sino una necesidad espiritual que nos mantiene humanos.
Los presentes, atentos y conmovidos, entendimos que hablar de poesía es también hablar de ética, de responsabilidad y de libertad. El experto lo expresó con imágenes que recordaban a los antiguos maestros: el poeta como guerrero de la palabra, como caminante que debe sostenerse con impecabilidad frente a un mundo que a menudo banaliza el lenguaje.
Sus palabras resonaban en quienes lo escuchaban como un llamado a recuperar la seriedad de la imaginación, la ternura de los símbolos y la valentía de decir lo que otros callan.
Detalló el misterio de la metáfora, esa unión imposible, como la canción de los Hombres G “Chica Cocodrilo”, que genera una realidad alterna que no existe en el mundo, pero que abre la puerta a la imaginación y a la ética del poeta cuya impecabilidad se parece al camino del guerrero en las enseñanzas de Don Juan.
Recordó a Octavio Paz para subrayar que el propósito último de la poesía no es el significado, sino el sentido, ese lugar donde las palabras adquieren destino y se justifican en el mundo.
Mario Bojórquez no solo habló de poesía: hizo de la conversación una charla entre amigos escritores, recordándonos que cada poema es un pequeño milagro, que el escritor te deja esa extraña inquietud de empezar a hacer poemas de todo lo que te rodea. Así, aconsejó: “Un corazón que es perfectamente joven, en ese sentido nunca tiene dificultad para hacer y reencontrar amigos”.




























