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ALFONSO HIRAM GARCÍA ACOSTA
Escribo unas líneas sobre “La Negrita”, una cantina que forjó el “Bizco” Escalante en la calla 62 X 47 de Mérida, que heredó a su hijo Carlos “El Chino” Escalante, y que frecuentábamos cuando jóvenes estudiantes, universitarios, pues era una cantina singular con sabor a cantina de tercera con parroquianos de primera
Visitarla era habitual para conversar, acompañados con una cerveza helada, con nuestros compañeros universitarios y algunos de nuestros maestros, en franca camaradería. Un barman especial, el “Chino”, peleaba y respondía con filosofía cantinera; sus ocurrencias eran siempre ingeniosas y te pasabas el tiempo sin sentirlo, casi sin botana. Si pedías un platito extra -eran de plástico de juguete- te decía: “Este no es restaurante, si quieres comer bien anda a tu casa; o para eso pide un coctel de camarones a mi socio.”
Se paraba frente a ti en la barra, se servía un trago de ron, lo vertía en su vaso y decía: “Gracias por invitarme este trago,” y te dejaba su vasito volteado para incluirlo en tu cuenta. Brindaba con toda la barra. A las cinco de la tarde, ya bien servido, dejaba el turno a sus empleados y paraba un taxi que lo llevaría a su casa; los empleados eran, a partir de ese momento, los socios del “Chino” y cuidaban la cantina como propia, sin tocar la economía del bar, pues era su fuente de empleo, con un propietario que sabía que le cuidaban sus intereses.

La Negrita, cuando la manejaba el Chino Escalante, era un Club de amigos donde se podía beber sin llevar dinero, aunque nunca alguien se fue sin pagar: regresaba a saldar su cuenta, so pena de no volver a entrar.
Fui uno de sus muchos amigos, ya que Carlos Escalante “El Chino”, fue también deportista, jugó fútbol y practicó en la lucha libre con nosotros en la Universidad. Cuando se le dijo que lucharía en la Plaza de Toros Mérida, llegó, pero no era el Chino que destacaba al frente de su barra: estaba temblando de temor por su debut. Tuvo la suerte que ese día llovió y se canceló la función de lucha, y el Chino, que iba a debutar como “El peligro Amarillo”, nunca pisó un encordado, aunque practicó más de un año con nosotros en la todavía Universidad Nacional del Sureste.
La Negrita era una cantina sui géneris a la que asistían maestros universitarios, abogados, jueces, teatristas, intelectuales, poetas y lo más granado de las personalidades de los años 50s. Ahora es un centro turístico con música, que funciona por las tardes, con amplio menú, buen servicio y atención turística, pero sin el sabor de antaño. Las cantinas como “El Dzalbay” (que era para albañiles) o “El Cardenal”, en Santiago, ahora son parte de la recreación turística, con alto costo, y europeizados, sin sabor a Yucatán y a sus tradiciones.

La Negrita, para nuestra generación de bachillerato y profesional, era un espacio ideal para refrescarse del abrumador calor de Mérida, con un concepto de cantina tradicional mexicana. La gente busca ahora un poco de ese pasado y mucho del presente. Nos reuníamos en ese local compañeros de estudio y carrera como Alfonso Mendoza, Joaquín Escalante, Roberto Peniche, Edgardo Salazar, los hermanos Jorge y Humberto Esquivel, cuya constructora estaba enfrente, y abogados, filósofos, maestros de nuestra Universidad y periodistas, toda una gama de personajes, capitaneados por el “Chino” Escalante hasta su fallecimiento.
La Negrita te ofrecía un rico coctel de camarón y ostión; a las 2 de la tarde, un platito de castacán con cascara de chicharrón. Si deseabas algo más, como queso y jamón, cruzabas la calle y en “El Motor Eléctrico, la tienda de la esquina, los comparabas y compartías con tus contertulios. Ahí, Arturo Escalante nos entregaba nuestros planos autorizados por Obras Públicas; le decíamos Mac Artur, pues a las cinco de la tarde abría las mamparas y decía: “y volveré…”.
Gracias, Carlos Escalante, por tu ironía y amistad en el Plano Astral en que te encuentres.
“La Negrita” vive y seguirá siendo una cantina tradicional de Yucatán, con otro concepto de bar, con música de alto volumen, platillos sofisticados de alto nivel culinario. El patio, donde antes solo encontrabas un triste baño, ahora está lleno de mesas y cementados para bailar. Dejó de ser como muchos otros bares: una cantina social para mitigar el calor con una cerveza bien fría, una botana para pájaros hambrientos, y una clientela envidiable de las sociedades tradicionales de la ciudad emérita, que saludaba a los amigos. Abur.





























