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La Colección VII

Pavo ocelado
(Meleagris ocellata)
Remontar la selva dejando atrás la milpa.
Ir en busca del sueño colgado de las ramas.
Recoger el fruto verde, brillantes gajos de sol.
El violeta de la ceiba en el plumaje de los pavos eterniza.
Se inunda de gritos el alba:
los pavos intentan escapar con su torpe vuelo,
pero la muerte anida en su garganta.

Pájaro reloj
(Eumomota superciliosa)
Azulados colores entre los ramajes del cenote.
Cuelga péndulos el pájaro reloj. Marca la hora justa en que los animales llegan a beber la respiración.
Guardián de agua, rememora, en el plumaje, el líquido sentir de la humedad. Esta piedra húmeda, este cenote.
Caricia lluviosa, canto y ritmo del cortejo en que descienden los péndulos oscilantes, y estira el cuello para picotear a los fantasmas de la fauna.
Reptiles

Cocodrilo
(Crocodylus acutus)
Debajo de la panza se extienden las memorias. Las escamas aprisionan el futuro de la ría.
No hay como acercarse al resoplar de fauces para sentir el poder de la mandíbula, acerado precipicio del terror.
El cocodrilo nunca descansa: flota su destreza y renueva remolinos al atrapar la muerte.

Nauyaca
(Agkistrodon bilineatus)
Silenciosa, llevas la muerte atorada en los colmillos.
La escupes cuando sientes la invasión intimista recorrer la senda de tu refugio.
Enroscas el cuerpo sobre el polvo, buscando la venganza de la muerte niña.

Cascabel
(Crotalus durissus)
Bajo la sombra de los árboles, al levantar el polvo del camino, cuando el sol vomita dolor sobre la espalda del trabajador del campo, ahí espera la muerte, enroscada, agitando la sonaja, llamando a la tristeza para lamer su herida. Ahí está la muerte, cubierta de escamas, ahí espera en la rapidez de la mordida. Ahí queríamos llegar para calmar el espíritu en esta invasión de selva.

Iguana
(Ctenosaura similis)
No se queman las panzas las iguanas por la voluntad de ser plazas de sol entretenidas en los ramajes del zapote.
Ni se quejan si los insectos pierden el ritmo de su vuelo de hambre.
Las frutas ilusionan la lengua.
En escamas verdosas, la iguana guarda espacios de agua para los días de calor.

Tortugas
(Terrapene carolina)
Detén el tiempo sobre el carapacho, roca,
voluntad de polvo.
Arrastra la mirada de los huracanes.
Entierra el odio evolutivo.
Ríe la burla de transgredir la muerte.
Permanente pretérito en los escudos de su concha.
No pueden olvidar cómo crecen gota tras gota las estalactitas.
Acumulación de arena, extinción del Hombre.
Recuperar el polvo de la noche
que se vierte sobre la lengua de la tortuga
y su sequedad en los gemidos de su boca quieta.
Polvo y polvo.
Mancha en mancha.
La silueta de los cedros detrás de su caparazón.
Y adentro del agua
el silencio retenido de la lengua.
¿Hasta cuándo miraré tus fauces
cerradas sobre el filo de la luna llena?

Tortugas carey
(Eretmochelys imbricata)
Antes que las mareas arruinaran el destino de permanencia en la profundidad, y la agonía por el deseo de ahogarse se disolviera, tu rencor por el aire era difuso.
Pero el milagro de los castigos divinos recomendó a la muerte cumplir la penitencia de regresarte a tierra y traer los huevos cada ciclo de tormentas.
Remontar la playa para depositar las crías en esas oquedades que atraen el hurto y la fiesta del Humano.
No hay que perder la voluntad histriónica de la tragedia.
Desde encender los nidos, perseguir la luna, arremeter oleajes, esquivando garras y picos. Arrastrar por años, lustros, el miedo de ataques contra la voluntad: sobrevivir las extinciones y la mirada hambrienta de las gaviotas y su revolución de alas. Competir contra los tiburones por el espacio de arena y vida. Arremeter bajo la sombra de la marea roja, atisbar la vida del oxígeno.
Vuelves cada año a dejar tus lágrimas de sal sobre la inhóspita duna que erosiona: erosiona hasta la laja.
Adán Echeverría





























