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Encandiladas (III)

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Karina conoció a Sonia en un pequeño restaurante de comida italiana a cuyo dueño trataba de vender sus vinos, asegurando que no sólo tendría mejores ganancias, sino que también su clientela quedaría satisfecha con su producto. Un cliente difícil, sabía, pero no se rendiría fácilmente. Abrió dos botellas, una de vino blanco y otra de tinto, y entregándole una copa con un poco del segundo, le pidió autorización para invitar a sus comensales a degustar una copa. El restaurantero accedió y con una charola con copas ofreció a los clientes un poco de vino. Yo conozco esa marca y me encanta, le aseguró Sonia con una sonrisa que molestó visiblemente a su acompañante. Entonces es conocedora, siguió Karina, complacida de su comentario, si gusta le puedo dar más. Sí, gracias. Pasó a otras mesas y les pidió que al final le hicieran mención al dueño si les había gustado o no el vino, y les entregó una tarjeta de presentación. Si mi vino lo convence, me llama, le dijo al propietario del restaurante y salió. Cuando pasó por la mesa de Sonia, ella volteó a verla y le sonrió, diciéndole que le había gustado mucho el vino. Karina se lo agradeció con una sonrisa y se percató de que la amiga de Sonia la reprimía con los ojos; entonces comprobó que estaba celosa, y sonrió para sí.

El dueño del restaurante italiano le llamó y le pidió un pequeño pedido, aclarándole que seguiría a prueba el vino. No hay problema, le aseguró Karina contenta de haberlo convencido. Días después, recibió una llamada más, producto de esa noche: era Sonia, quien le quería preguntar cuál sería el vino más indicado para quedar bien con su jefe, que cumplía años. En ese momento estaba en esa disyuntiva y, curiosamente, muy cerca de su casa. Más por curiosidad que por un interés comercial, se ofreció a asesorarla en la tienda, o mejor a invitarla a su casa donde tenía muy buenos vinos y de mejor precio. Es una buena idea, le dijo Sonia, en unos minutos estoy allá. Karina la recibió con su ropa deportiva y lista para ir a correr, pero la visita se prolongó más de lo que había pensado, Conversó con Sonia por más de tres horas y al final la despidió con la botella que andaba buscando y con otra más que le obsequió.

Bebiendo esa botella de vino, Sonia convenció a un amigo para que le diera la oportunidad a Karina de demostrarle la calidad de sus vinos. Tú lo que quieres es ligártela, le susurró el chico, lo que me parece muy bien: a ver si se te quita lo amargada. La risa de su amigo no le gustó, pero se conformó cuando aceptó recibir a la vendedora de vinos la noche de apertura de su restaurante. La noche de la inauguración el trato se cerró rápidamente, lo que le dio mucho tiempo a Sonia para conversar con Karina. Sin ocultar su curiosidad, trató de indagar sobre su vida sentimental, sin obtener nada en concreto. Contrario a esto, ella sí le contó que era gay, pero que no tenía pareja. Esa noche empezó el coqueteo abierto de Sonia, lo cual esquivaba risueña Karina.

Sonia continuó buscándola, pero se dio cuenta de que por el momento se tenía que conformar con su amistad, ya que había una historia inconclusa que todavía ensombrecía el corazón de Karina. Por ella cambió sus horarios y estuvo siempre lista, en previsión de que la chica quisiera salir con ella, pero la relación no avanzaba. Cuando se estaba dando por vencida, después de dos meses infructuosos, sucedió algo que le dió nuevas esperanzas: la inquilina de la vendedora de vinos dejaría la habitación al final de mes, según se lo había asegurado ella misma. Sin más, Sonia le comentó a Karina que le pidieron su departamento porque el hijo de la dueña regresaba a la ciudad con su familia y ahí se alojaría. No sé qué voy a hacer, exageró a Karina. No te preocupes –le contestó, después de dudarlo un poco–, te puedes venir a la casa un tiempo, yo ya no pensaba rentar la recámara, pero mientras encuentras otro lugar te puedes quedar conmigo. Te daré lo de la renta, agregó Sonia. Está bien, le contestó.

Patricia Gorostieta

Continuará la próxima semana…

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