¿En dónde está Ricárdez Broca?

By on enero 11, 2024

Letras

Juan Ricárdez Broca

Ricardo Mimenza Castillo

(Especial para el Diario del Sureste)

Un amigo mío, caminante y trovador que lleva el apellido de Méndez, no hace mucho me contaba haber hallado el rastro del terrible militar que ensangrentaba nuestro estado en 1923 y que, derribando a nuestro querido Partido Socialista del Sureste, segara la vida del noble Carrillo Puerto y de sus camaradas de infortunio.

Dicho joven Méndez  –quien para más señas recorrió Yucatán en bicicleta e informó a mi viejo amigo Edmundo Bolio Ontiveros cuando era oficial mayor de gobierno de unas piedras labradas o estelas mayas que se encontraban diseminadas entre los bosques de Dzitás, y que fueron recogidas para el Museo Arqueológico–, con razón de haber ido a Centro-América a trabajar con un ganadero de aquellas regiones, tuvo ocasión de topar ese rastro y ahora es la primera vez que se escribe algo sobre el particular.

Sabido es que la prensa, a raíz de la fuga de los delahuertistas de esta ciudad –y cuando empavorecía los ánimos el recuerdo de sus desmanes–, dijo que Ricárdez Broca se había suicidado en un rapto de desesperación en una ciudad de Guatemala o en la misma capital de dicha república.

Corrió esa versión y muchos la tuvieron por valedera a pesar de que, dado que recogió o se incautó de suficiente dinero en su fuga, esto hacía suponer que mal podía estar desesperado aquel condotiero y que estaría gozando de los frutos de su rapiña en lugares lejanos.

Pues bien, ese joven Méndez, quien llevaba la correspondencia del ganadero a quien servía, sorprendió en ella la firma de Ricárdez Broca como comprador de ganado y domiciliado en Belice. Nuestro amigo Méndez –curioso de saber la verdad y comprobar el caso– aprovechó una ligera estancia suya en Belice y pudo saber que en dicha población o colonia inglesa se hallaba Ricárdez Broca radicado y en concubinato con una hermosa peruana, rico de dinero –aunque también quizá de remordimientos o de temor, pues no se dejaba entrevistar de extraños y vivía resguardado por una mano de gauchos argentinos que le arreaban el ganado que adquiría y trasladaba en su comercio, el cual era su modus vivendi.

Hizo más Méndez: fingiéndose centroamericano, fue al bungalow de Ricárdez Broca y preguntó por él.

Y la sirena que lo acompañaba le respondió que no podría recibirlo por estar enfermo y que ella podría ser portadora del mensaje o recado que le llevase.

En fin, que no estaba visible.

¿Influía en el ánimo de aquel matoide algún recelo –pues las debía y con creces–?

Es fácil suponerlo por estar vigilada su residencia por sus criados guachos y con pistola al cinto.

Este detalle es hoy de oportunidad cuando se trae al debate la responsabilidad que se le achaca por los crímenes del 3 de enero y por las ejecuciones y ahorcamientos que hiciera en nuestra plaza principal con gente humilde y desdichada, igual que en Progreso y otros lugares del estado.

No falta quien atribuya dichos crímenes a Hermenegildo Rodríguez, de quien no se sabe el paradero, y añada que a dicho Rodríguez le profesaba Ricárdez Broca un miedo cerval.

De todos modos, el dato que aporto acerca de la residencia de dicho ex mílite en Belice, cuando menos hace pocos años y a raíz de haber vuelto el joven Méndez de aquellas regiones, sería interesante comprobarlo. Toca a los que deben, hacerlo.

Pero hay que afirmar que, si en el patíbulo del 3 de enero de 1923 ganó Carrillo Puerto la corona del martirio, allí quedó patentizada la saña estulta de aquel matoide y de sus corifeos.

Y ya lo veis, anda rico y comerciando en ganado el verdugo de nuestra legalidad en aquel entonces.

 

Diario del Sureste. Mérida, 29 de diciembre de 1935, p. 3.

[Compilación de José Juan Cervera Fernández]

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.