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El Gordo

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VI

El Gordo

Ese era el día esperado por “el Gordo”. Él había tomado sus previsiones y estaba seguro de lograr su objetivo: ser “Primer Diputado”. Para lograr ser Primer Diputado necesitaba el voto de la primera autoridad, la recomendación del actual Primer Diputado que se retiraba a la vida privada, y seis votos de los restantes nueve diputados; dentro de estos seis votos se incluía, desde luego, el voto del propio “Gordo”, quien ocupaba el octavo escaño.

Era una situación difícil, ya que pretendía ascender del octavo lugar al primero. Sabía que esos avances tan rápidos no eran acostumbrados, pero no se arredraba ante la situación; era inteligente, tenía carisma, sabía ofrecer y convencer a sus subordinados. Asimismo, era un excelente orador, a tal grado que propios y extraños se maravillaban cuando escuchaban de él alguna pieza de oratoria. Su voz era acorde a su gran tamaño: 1.80 mts. de estatura con casi 160kg de peso. Cuando él hablaba elevando la voz, todos escuchaban; además, lo que decía siempre parecía lógico, manejaba a la perfección los giros gramaticales; sus vastos conocimientos de la situación socio-política del momento, combinados con algunas pinceladas de cultura general, le permitían desarrollar los temas de tal modo que arrancaba gritos de admiración y grandes aplausos de quienes le escuchaban. Él solía decir: “Soy el Demóstenes del siglo XX.”

Gracias a su oratoria y a su carisma natural había logrado conjuntar un gran número de seguidores.

Estaba cierto que la presencia de éstos a las afueras del edificio en el que se llevaría a cabo la reunión para las votaciones finales, influiría en el ánimo de los Diputados Consejeros a la hora de elegir al Primer Diputado.

El edificio en el que se llevaría a cabo la reunión estaba en medio de una gran plaza. Este edificio era de una estructura cuadrada con una base de 20 por 20 metros de dos plantas; en la planta baja se encontraban las oficinas de la Convención de Diputados y en la planta alta, a la que se accedía por una escalera en forma de caracol con una estructura de acero que se encontraba a las afueras del edificio, había una sala múltiple que lo mismo servía para las juntas del Consejo de Diputados que para banquetes organizados por y para ellos mismos. A un lado de la escalera se encontraba un montacargas para el servicio. Por el lado sur de la sala se encontraban la cocina y los servicios sanitarios, los otros tres lados tenían grandes ventanales, los lados oriente y poniente contaban con sendos balcones desde donde los diputados se dirigían a las multitudes que se reunían en la plaza con el objeto de escucharlos. Cabe señalar que este edificio, construido a principios del siglo XX, era muy alto, tal y como eran las construcciones de esa época, de tal suerte que los balcones ya mencionados se encontraban a cinco metros sobre el nivel del piso.

Antes de la reunión para las votaciones, se serviría un suculento ágape ordenado y costeado por “el Gordo”. Mucho de su capacidad de oratoria y del saber hacer trabajar a los demás para sí le había servido para llegar a diputado, pero era indudable que los ágapes que ofrecía a sus superiores, y el trato amable (casi servil) hacia ellos había contribuido en gran medida para lograr sus ascensos.

Todo estaba dispuesto desde temprana hora: ricas viandas consistentes en mariscos de diversas clases, preparados en variados guisos, así como quesos finos y jamones de calidad, conformaban el banquete. El Gordo dio los toques finales y supervisó la sazón de todos y cada uno de los platillos personalmente.

El programa, estructurado escrupulosamente, revisado detalle a detalle: el Gordo recepcionaría al pie de la escalera a la Primera Autoridad del partido y a los Consejeros Diputados; cuando ya hubiesen subido todos o la mayoría de ellos, él subiría las escaleras, desde luego, con el apoyo de tres de sus colaboradores que le empujarían de abajo hacia arriba, y otros dos que desde arriba le iban ayudando jalándolo hacia el frente. Ver subir al Gordo era un espectáculo sinigual: nadie se explicaba cómo podía pasar por tan estrecha escalera, y sobre todo acceder al salón múltiple por esa pequeña puerta y, lo admirable, el aguante de esa vieja escalera de caracol.

Todo resultó como estaba previsto. Después de que el Gordo subió, casi de manera inmediata empezaron a arribar cientos de simpatizantes acompañados, por un lado, por un grupo de mariachis, y por el otro, una “batucada” integrada por cincuenta jóvenes. Todos vitoreaban: ¡GORDO! ¡GORDO! ¡GORDO! ¿Cuántos llegaron? Casi 5000 personas; gran movilización; intachable en su ejecución. Automóviles particulares, camionetas de servicio público y camiones de pasajeros, todo muy bien organizado, pero… ¡siempre hay un pero!

La persona que debería hacer los pagos a los diversos prestadores de servicios, ¡volvió a hacerlo! No se presentó a la hora del evento, y envió en su lugar a la secretaria a fin de solventar los compromisos más apremiantes. Cabe decir que ésta, a punto de llanto, tuvo que pagar el 100% de los alimentos y servicios del banquete ya que “el proveedor de eventos” fue muy claro: el Gordo no vuelve a timarme, si no hay pago por adelantado y en efectivo, retiro el servicio, prefiero tirar la comida a los cerdos que servir gratis al Gordo.

También los camioneros, los taxistas, los mariachis, el proveedor del equipo de sonido, etc., solicitaban su pago; a todos se les prometía que antes de una semana se les saldarían sus respectivos adeudos. Todos deseaban cobrar, por lo que se vieron obligados a completar los servicios –so pena de no cobrar nada les dijeron. Además, temían enfrentarse al “Gordo” quien, cuando se enojaba, era implacable. Eso sí, para calmar los ánimos se dieron algunos anticipos; a quien más suplicó, más se le dio. El descontento por la falta de pagos no sólo imperaba entre los proveedores de servicios, sino entre algunos de los colaboradores cercanos a quienes se les adeudaba dos semanas de emolumentos. Lo cierto es que se había invertido mucho para llegar a ese punto, sin contar con los recursos suficientes, pero… ¿qué importaba? Ya se veía llegar a la cima del liderazgo.

El Gordo había, al parecer, “amarrado su triunfo”. él decía que la primera autoridad no podría vetarlo, dado que él era muy hábil y le había cerrado todos los caminos, por lo que ya se sentía el “elegido”.

El Gordo platicó a sus cercanos:

-“Todos ellos son tontos. Yo soy el único inteligente, el único carismático y el mejor orador. Así que no hay duda: ¡Yo soy el futuro del país!”

Las presiones de los simpatizantes desde el exterior, y el cabildeo al interior, rindieron los frutos esperados. Después del ágape se pasó a la elección; el resultado no fue ninguna sorpresa: el Gordo llegó a “Primer Diputado”. Después de la designación, las felicitaciones y la celebración consecuente.

El Gordo, como era su costumbre, se dirigió a la multitud con una brillante pieza de oratoria. La gente se retiró satisfecha por los resultados. Después de despedir a la multitud, despidió a todos y cada uno de los diputados y a la “Primera Autoridad” y, cuando se hubieron retirado, festejó con sus allegados.

Pidió a sus secretarios le dejasen solo para poder dedicar treinta minutos a la reflexión. En esos momentos de soledad, el Gordo se sentó a frente de la gran mesa, se tomó una copa de vino y la meditación la acompañó con dulces y pasteles. Transcurrido un tiempo prudente, llamó a sus secretarios para que le ayudasen al descenso. Acudieron a su llamado dos de los cinco que habitualmente lo atendían.

– “¿Los otros?” dijo el Pelón. “Solicitaron a otros diputados les acepten en sus equipos de trabajo y al parecer se engancharon, ya ve Usted que ellos están más preocupados por su sueldo que por servir al amigo. Y lo que dijo el Segundo diputado –continuó diciendo, a manera de acusación- si aguantan el trato del Gordo les habremos de parecer hermanitas de la caridad.”

El Gordo no se inmutó y, dirigiéndose a la puerta para acceder a la escalera de caracol, les dijo:

– “¡Con ustedes dos la hacemos! ¡Faltaba más!”

Uno de los secretarios le empujaba y el otro le jalaba; difícil tarea. Había comido tanto, que no pudo pasar a través de la puerta. Vanos fueron los esfuerzos de esos dos jóvenes que pretendieron durante cerca de media hora hacer pasar al gordo por esa pequeña puerta, hasta que se tomó una decisión. El Gordo les instruccionó:

– “Váyanse a descansar y regresen mañana a las 11 hrs. con refuerzos”– les dijo.

Quitándose la camisa, se recostó en el sofá-cama que se encontraba a la puerta de los baños, donde quedó profundamente dormido. Tal era su cansancio, que no escuchó cuando con unas cadenas tiraron de la escalera de caracol para retirarla de su sitio. Fueron algunos camioneros que, enojados por no haber recibido su paga completa, acordaron vengarse.

– “No olviden que ahora es el primer diputado,” – decía el más prudente y condescendiente de los camioneros. “No debemos dañar la imagen de la autoridad,” insistió. Pero el más testarudo le contestó:

–“Quien daña la imagen de la autoridad es el propio Gordo con su comportamiento, la daña, así como la han dañado tantos diputados y funcionarios corruptos. Muchos de nuestros niños y de nuestros jóvenes, desde muy pequeños, asocian a la Autoridad con la corrupción. A los policías les temen: cuando se encuentran con alguno de ellos en lugares despoblados o a altas horas de la noche, piensan lo peor, los ven como al enemigo y no como a la autoridad, como a los guardianes de orden quienes tienen el encargo de protegernos. Así pues, no te preocupes, no dañamos imagen alguna, solamente tomamos un pequeño desquite.”

La escalera fue tirada y desmantelada en cuestión de minutos.

A la mañana siguiente, grande fue la sorpresa del Gordo y de sus ayudantes al no encontrar la escalera en su sitio. Pero el Gordo, hombre de rápidas decisiones, ordenó a sus ayudantes, a través del sistema de comunicación interno, le proveyeran de ropa limpia, papel y lápiz, ya que por la tarde debería dirigir un discurso a sus correligionarios que asistirían a la celebración del triunfo.

Él, conocedor de las enramadas de la política, sabía aprovechar todas las situaciones, por lo que se dio a la tarea de preparar un excelente discurso para esa tarea. En su momento, tomó algunos alimentos de los que habían sobrado del ágape, los refrigeradores de la cocina contenían alimentos suficientes como para que se pasase de diez días allá arriba, tiempo suficiente para restablecer la escalera así que, aprovechando el sistema de intercomunicación telefónica recién instalado, giró instrucciones para que se programaran actividades consistentes en invitar a diversos grupos de la población, y facilitar la asistencia de los mismos a la explanada del edificio para que le escuchasen.

El Gordo le hablaría a la población, durante el tiempo que estuviera en los altos del edificio, dos veces al día: a la diez de la mañana se dirigiría a los estudiantes y escolares que serían invitados, procurando la homogeneidad de los mismos, y por la tarde se dirigiría a obreros y empleados de las distintas organizaciones sindicales; los sábados una sola intervención, dirigida a la clase política y burócratas, y los domingos un discurso por la tarde para visitantes del interior del Estado.

El Gordo estaba implantando, sin saberlo, una nueva manera de hacer política. Hablaba con tal emoción, que quienes le escuchaban se sentían orgullosos de tenerlo como Primer Diputado.

Los preparativos para los discursos, la atención a la gente que asistía a diversas horas, y la atención a las necesidades particulares del Gordo, hicieron que pase a segundo término la manufactura de la escalera, y como el tesorero, como era su costumbre, no pagó el anticipo requerido por los herreros, estos nunca iniciaron los trabajos. La construcción de la escalera cayó en el olvido.

El tiempo fue pasando “sin sentir”, dirían sus secretarios. El Gordo siempre con sus discursos emotivos mañana y tarde. La población satisfecha por escucharlo, pero querían hacer comparaciones, querían escuchar a los otros diputados. Decidieron pues, erigir otras nueve torres en distintos puntos de la ciudad, menos grandes que la que ocupaba el Primer Diputado, pero siempre de la misma altura y con las mismas características: con montacargas para proveerlas de servicios, y sin escalera.

Todos los diputados se dirigirían a la población como lo hacía el Primer Diputado y, al igual que él, no podrían bajar para estar cerca con la gente, no encabezarían demandas de los “grupos civiles”, tampoco serían asesores de sindicatos y asociaciones políticas, no procurarían invasiones de tierras ni manejos de tierras ejidales; no controlarían a grupos de estudiantes ni andarían por las calles rodeados por un séquito de amigos y amigas; no podrían intervenir para el otorgamiento de concesiones ni de contratos de construcción de la obra pública, para sus amigos o socios; tampoco podrían ayudar a los evasores fiscales enjuiciados por no pagar impuestos o derechos. En fin, solo se dedicarían a decir sus discursos desde sus respectivas torres. Cuando éstas estuvieron concluidas, se invitó a los nueve diputados a una gran fiesta y posteriormente, en medio de una gran algarabía, se les subió a ellas con apoyo de las escaleras telescópicas del cuerpo de bomberos, para que iniciasen sus trabajos de oratoria.

La “Era del Gordo” había iniciado.

Al paso de los años, se erigió una voluminosa estatua al pie que con grandes letras de bronce decía: AL GORDO, POR ENSEÑARNOS A TENER A LOS DIPUTADOS EN UN SITIO PARA BENEPLÁCITO DE LA POBLACIÓN.

En esta “nueva era”, la gente trabajadora abajo y los diputados arriba, en sus respectivas torres, todo fue paz y concordia. La población obtuvo mucho de las enseñanzas del Gordo, por lo que se destinaron fondos suficientes para erigir más torres y, en cuanto se detectaba que algún joven tenía las características suficientes para ser diputado, se le daba atención y seguimiento, para que en cuanto llegase a la mayoría de edad legal se le asignase “su propia torre”.

Niños y grandes, mujeres y hombres los admiraban desde abajo, pero sabían que existía una limitante: nunca les podrían acercar escalera alguna.

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Naser Badí Xacur Baeza

Continuará la próxima semana…

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