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El Cóndor
(IV parte – Final)
Intenté ayudar hasta lo último; lo que aquellos necios no sabían era que también había tomado la decisión de partir antes de que se acercasen a mí para darme “La noticia”.
Nunca esperé tan sordo egoísmo de su parte. Aunque no pertenecía con ellos, quería agradecerles su escueto cobijo, tratando de salvarlos de lo que se avecinaba.
En el fondo esperaban verme rogar por quedarme, para así hacer sentir su superioridad sobre los cóndores a través de mi inexistente miedo. En vez de amarme, hubiesen seguido humillándome y haciéndome creer que era menos. ¡Lo cual no era el caso!
La naturaleza interior es la que manda y, fuese un entorno malo o bueno, la madurez te avienta a seguir por tu cuenta. Los que del nido nunca se alejan, son aquellos que se niegan a madurar para evitar pensar por ellos mismos.
Justamente, con la viveza de mi conciencia y la presteza de mi voluntad, me dirijo hacia el risco, mientras ellos me miran, aferrados en su culpa, salvaguardada en la negación, negación de lo que no eran o intentaban ser.
Les echo un último vistazo, los miro compasivamente: son de espíritus muy pequeños, vacíos de serenidad, con las alas cerradas de sus almas, sus cuellos doblegados por la vergüenza, mientras esconden el pico de la verbal soberbia. Más allá de su terrorífica apariencia, podía ver a través de las capas el miedo a ellos mismos.
No eran necesarias palabras algunas: en la espalda puedo sentir la energía turbia de estas aves. Si por ellos hubiese sido, me hubieran aventado al mar en espera de verme fracasar, convencidos de que nunca lograría alzar el vuelo, que acabaría estrellándome entre las piedras del precipicio, tragándose el mar mi inerte cuerpo, ahorrándoles la necesidad del entierro o las plegarias de buena suerte a mi ánimo.
Solo que ellos no alcanzaban a descifrar que aquello que sentía no era miedo, sino mi concentración para saber identificar el momento preciso para alzar el vuelo ¡Era esperar el viento en contra, como en contra tuve siempre a aquellos cuervos!
De pie en la orilla, veo danzante al mar metros abajo, tratando de intimidarme, pero el horizonte es quien indica realmente mi trayecto. Metiéndome en la cabeza que debía mantenerme sobre esa línea recta que mi mirada seguía hasta el sol, comienzo a sacudir mis alas para relajar el cuerpo, sintiendo venir el viento. ¡Sería la primera vez que volaría!
Los cuervos sarcásticamente me observan, sin proferir ni el más mínimo deseo de buena suerte, ni mucho menos fanfarrias. Su silencio e indiferencia hacen que me concentre mejor para levantar mi primer e inmortal vuelo.
Por la falta de experiencia, la primera brisa que juguetea con mi pico me hace pensar que estoy en el momento preciso: abro mis alas.
El viento no es suficiente; pero ya había dado el primer paso a la nada.
Sin encontrar a qué aferrarme, comienzo a caer. En mi desesperación, sigo aleteando con fuerza. Sin pensar en qué tan cerca ya me encuentro del suelo, me enfoco en lograr abrir mis alas. El instinto de supervivencia me hace poner todo el corazón, atrayendo así un ventarrón de alivio que, en un santiamén, me ayuda a abrirlas de una manera que jamás imaginé.
Impresionado por la envergadura de mis alas, sin darme cuenta, ¡ya he emprendido el vuelo y estoy planeando finalmente por los cielos! De esta manera, el viento me asevera que soy de las especies que más alto vuelan los cielos, teniendo como testigo de tal acontecimiento al firmamento.
La concentración en mi travesía me hace olvidar lo que he vivido, lo que dejo atrás, enseñándome lo que realmente debo pensar: lo que llevo en mí mismo, porque a cada quien la vida le deja volar hasta donde merece llegar.
El sol del atardecer es el más hermoso: por ratos oro, por ratos sepia. Sin darme cuenta, por estar admirando su belleza, ahora estoy sobrevolando las nubes de la anunciada tormenta, comenzando ya a transformarse en una espiral que, al llegar a tierra, golpeará como un huracán el lugar donde solía habitar.
Deseo que logren sobrevivir aquello que están por experimentar, que algún milagro los pueda salvar. Nunca dejé de tenerles buena voluntad, ¡porque gracias a ellos aprendí cómo no se debe vivir!
El sol está por irse, la brisa de la tarde es la más relajada e inspiradora, comprobando así que arriba de la tormenta la vida continúa, con un sol que la cobija y la luna que en la noche la amadrina.
Ambos me regalan en este primer viaje encontrarme con quienes realmente pertenezco: ya los diviso sobre mi trayectoria a unos cuantos kilómetros, ahí donde termina la borrasca. Entre vientos me esperan, girando sus cabezas. Escucho el saludo de sus plumas que se alegran de mi existencia.
¡Estos son los primeros minutos de vuelo en mi vida!
Ignoro qué me depare el mañana, ¡pero estoy consciente de eso sabiendo de manera muy cierta que finalmente estoy volando hasta lo más alto…!
¡Para llegar muy lejos!
Arminda Villanueva Garrido





























