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Casa de Huéspedes (Tercera Parte – Final)

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Casa de Huéspedes

(Tercera Parte – Final)

Los Apson

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Esa misma noche sería la presentación formal de “Los Apson” en el Salón Riviera de la Narvarte. Su repertorio, ensayado con esmero, incluía los mejores rocks y baladas de moda: “Ahí nos vemos, Cocodrilo”, “El Rock de la Cárcel”, “Popotitos”, “La Plaga”, “Agujetas de Color de Rosa”, “Melodía de Amor”, “Pon Tu Cabeza en Mi Hombro”, “Que las cerezas están maduras eso lo sé”, y dos docenas de piezas más.

El grupo estaba integrado por Bisoña en los teclados, Rubén en la guitarra eléctrica, Mauricio en la batería, Ramón en el bajo y  a veces como solista con algunas canciones, Pepe Ballote en el saxofón y, por supuesto, Margarita como la primera voz del conjunto.

En  la casa todo era entusiasmo. Los muchachos preparaban su indumentaria y arreglo personal para lucir mejor, el pelo largo cubriéndoles las  orejas con alguna melena, su vestimenta de rockeros – camisa de color morado, corbata  dorada y chaqueta verde tachonada de lentejuelas,  pantalón negro ajustado y zapatos de charol. Lucían muy elegantes y apuestos. Margarita, preciosa, con blusa escotada de color verde esmeralda haciendo juego con sus ojos, y minifalda de amarillo encendido.

A las seis de la tarde comenzaron a llegar los primeros concurrentes. Media hora después, el salón estaba pletórico de jóvenes que ansiaban escuchar las interpretaciones del nuevo conjunto musical.

Comenzó el baile. Con un solo de batería, Mauricio llenó de estruendos bien acompasados el ambiente, seguido de ágiles acordes con que Bisoña en los teclados preludiaba el primer rock. La guitarra eléctrica  de Rubén inundó con sonidos metálicos el salón, Ballote con el sax definió la melodía, y Román en el bajo cuidaba los compases del concierto.

“Popotitos, no eres un primor, pero bailas que da pavor”, cantaba Román.

Julián llegó al baile. Al entrar vio a su novia Georgina, que bailaba frenética con un joven haciendo divertidas cabriolas rocanroleras: el tirahule, el paso debajo del puente, complicadas alzadas y lanzadas. En una de ellas, el joven no logró sujetarla con firmeza, resbalaron las manos por el sudor y Georgina rodó por el suelo hasta los pies de Julián, que apenas llegaba al baile.

– “Buenas noches, Amor”, dijo Julián en tono burlón. “Veo que te diviertes mucho.”

Reaccionando, Georgina  se incorporó y respondió altanera: “Pues qué quieres que haga si tú llegas tarde.

Julián se alejó al ritmo de “Nos vemos, presumida, no te puedo aguantar.”

Los Apson tocaban “Pon tu cabeza en mi hombro”.

Julián invitó a bailar a Margarita, que aceptó entusiasmada. Bailaron “de cachetito”.

Georgina hizo un berrinche y abandonó el lugar.

Dos de octubre de 1968

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Eran las seis y diez de la tarde del 2 de octubre  en la Plaza de Tlatelolco cuando se desencadenó el tiroteo, instantes después de que tres luces de bengala – una roja y dos verdes – estallaran, disparadas desde un helicóptero que descendía. Las balas zumbaron por doquier, las ametralladoras tabletearon en el ambiente y los cuerpos cayeron sangrantes, como ofrendas a Huitzilopochtli.

Una noche antes, durante la cena, Hugo había invitado a todos los huéspedes de la casa a asistir al magno mitin que se realizaría en la Plaza de Tlatelolco. Se tomarían decisiones sobre continuar el movimiento, o posponerlo hasta después de las próximas olimpiadas. Hugo formaba parte del Consejo Nacional de Huelga  de la Universidad y del Politécnico, que exigían democracia y respeto a los derechos humanos, y con muchos detalles explicaba a sus compañeros el estado que guardaba la huelga estudiantil.

Bisoña se disculpó por no poder asistir, alegando que era extranjero y no se lo permitían las leyes mexicanas, so pena de ser deportado a su país si se involucraba en algún asunto político de México. Sin embargo, comprendía lo justo del movimiento y animaba a los que pudieran asistir a la concentración.

Andrés y Susanita prohibieron a sus hijos adolescentes aceptar la invitación de Hugo, pues estaban convencidos de la peligrosidad de la manifestación: ya se habían dado algunas muertes de muchachos en el Politécnico y en la Universidad cuando los enfrentamientos con la policía. Presentían que algo trágico pudiera ocurrir.

Román, como estudiante del Poli, estaba convencido de que su asistencia al mitin era un deber cívico que no podía eludir, así que decidió participar. Margarita, que había tenido una desagradable experiencia anterior  en la delegación de Policía, contra todo lo que pudiera pensarse, se entusiasmó con la idea de asistir, si Hugo y Ramón la acompañaban.

Julián, que aún no lograba terminar sus relaciones sentimentales con Georgina, estaba esa noche en casa de ella para finiquitarlas. Sin embargo, en lugar de lograr sus intenciones de concluir el noviazgo, Georgina lo convenció de que la acompañara al mitin de Tlatelolco para ahí discutir el asunto.

Al día siguiente, cuando las luces de bengala se encendieron  y comenzaron los disparos, Julián y Georgina  se refugiaron en la entrada de un departamento, en la casa del conserje. Era más fuerte la tensión que sentían por sus dificultades amorosas, que por el efecto de la balacera, y no se daban cuenta cabal de la gravedad de la situación.

“Georgina, entiéndeme: no puedo seguir como tu novio, pronto tendré que partir de esta ciudad en cuanto termine mis estudios. Primero necesito labrarme un futuro en mi profesión; necesito dedicarle todas mis energías, y para hacerlo debo de estar solo”, pretextaba Julián.

Las balas penetraban por las ventanas y apenas lograban esquivarlas tendidos en el piso. El tableteo infernal de la metralla, los gritos de terror y los ayes de dolor de los heridos se confundían con sus acaloradas discusiones.

– “Sí, lo sé… Me lo han dicho: andas de novio con Margarita, esa muchacha medio loca de ahí donde vives. Pero no te preocupes, yo me voy… Yo me voy…”

De pronto, Georgina tomó una fatal decisión.

Intempestivamente se incorporó, se dirigió a la puerta sin que Julián pudiera detenerla.

“Adiós”, dijo con serenidad.

El fuego cruzado continuaba, los cadáveres de los estudiantes tapizaban la plaza.

Una bala perdida le atravesó el corazón.

Dio unos tambaleantes pasos, cayó en los brazos de Julián, y la sangre de Georgina se mezcló con las lágrimas de él.

A duras penas, con la ayuda de otros sobrevivientes de la matanza, eludiendo el cerco de los soldados que los acosaban, Julián rescató el cuerpo sangrante de Georgina.

Una ambulancia de la Cruz Roja la llevó al hospital. Los médicos intentaron revivirla, hacer algo por salvarle la vida, pero todo fue inútil. Al fin se dieron cuenta de que el corazón de Georgina estaba hecho pedazos, por la bala…y también por el amor.

En la Cruz Roja, a Julián le confirmaron la muerte de Georgina. Avisó a los padres, que llegaron presurosos.

Las escenas de dolor fueron desgarradoras, como siempre que muere una persona joven en plenitud de la vida, más cuando es en situaciones trágicas.

Pero no eran los únicos padres que estaban en la Cruz Roja; también los había de otros estudiantes que habían caído víctimas de la intolerancia, del escarmiento autoritario, del temperamento enfermo. Esperaban con ansiedad información sobre sus hijos.

El sepelio de Georgina fue en la soledad: sus padres, uno que otro pariente, algún amigo, y Julián. La policía hostigaba, vigilaba de cerca, en busca de estudiantes, para hacerlos presos.

A la salida del cementerio, Julián fue detenido y conducido esposado a la delegación, en donde se le hicieron cargos por el delito de Disolución Social. El juez que siguió el proceso llevaba la consigna de encontrarlo culpable. Condenado a seis años de prisión, fue recluido poco después en el Palacio Negro de Lecumberri.

“Llévatelo, y a la primera pendejada te lo chingas”, escuchó Hugo, antes de que lo bajaran a empellones del  primer piso del edificio Chihuahua. Después supo que eran del Batallón Olimpia, militares vestidos de civil. Eran tan jóvenes como los estudiantes. Algunos traían una pistola en la mano; otros cargaban metralleta. Todos traían un guante blanco.

Los del batallón les dieron  instrucciones: “Todos a la pared, todos al suelo y al que alce la cabeza se lo carga la chingada.”

Mientras tanto un tipo alto, con el corte de pelo al estilo militar, fornido, disparaba contra la multitud. Otro le pegó un tiro en la cabeza a un estudiante que se atrevió a protestar.

Hugo había sido orador del mitin; habló en nombre del Consejo Nacional de Huelga. Estaba en la tribuna situada en el primer piso del edificio Chihuahua cuando comenzaron los disparos. Pudo ver cómo se formaba un remolino en la plaza; la gente corría como una ola de mar.

Los  bajaron del edificio. Un sujeto  decía en qué turno debían bajarlos. Era el que mandaba: patilludo, orejón, con rostro de criminal nato, lombrosiano. Cuando le tocó el turno a Hugo, el de los turnos dijo a su jefe: “Este fue orador en el mitin.” Entonces lo jalaron, le mentaron la madre y después lo golpearon. El patilludo le pegó con la pistola en la boca y empezó a sangrar. “Llévatelo”, dijo a su compañero, “y a la primera pendejada… chíngatelo.”

Ya bajo custodia del Ejército, con la cara sangrando, lo pasaron bajo los chorros de agua que escurrían del edificio. Había que lavarle la cara para poderlo fotografiar.

Con los ojos vendados se llevaron a Hugo al campo militar número 1, el que está cerca del Toreo, en la frontera con el Estado de México. Ahí continuaron las vejaciones. Lo encerraron en un galerón con camas de metal junto con otros estudiantes. Por las noches se escuchaban disparos y el vigilante les decía: “Ya se las partieron a algunos, mañana siguen ustedes.” La tortura psicológica era tremenda.

A los tres días los trasladaron al Palacio Negro de Lecumberri. Los antecedentes de Hugo como activista de izquierda se consignaban en un voluminoso expediente que el juez no se ocupó de revisar. A los estudiantes detenidos en Tlatelolco se les condenaba por el Delito de Disolución Social.

Sin saber cómo, instintivamente, Román y Margarita casi a rastras se echaron al fondo de una zanja formada por las paredes de las ruinas de una construcción azteca. Apretujados, se amontonaron en un rincón semi techado.  Ahí permanecieron agazapados, presos del terror en la penumbra del anochecer, mientras arriba morían sus compañeros estudiantes, víctimas del fuego cruzado entre el ejército y los francotiradores del Batallón Olimpia que, apostados en el edificio Chihuahua de la plaza, disparaban sin piedad  sobre la multitud inerme.

Después de mil peripecias, lograron escapar del cerco del ejército, que continuaba buscando estudiantes  para encarcelarlos. Llegaron a la casa en la madrugada. Susanita los esperaba con el jesús en la boca, temerosa de que hubieran sido victimados en la refriega.

Era una tarde soleada de octubre, quince días después de la masacre. Sobre el Estadio Azteca ondeaban las banderas de los países del mundo: el Presidente inauguraba los Juegos Olímpicos. El repudio se hizo manifiesto: una prolongada rechifla del pueblo congregado en el recinto clausuró la voz del mandatario, que el servilismo de la televisión convirtió en aplausos.

EPÍLOGO

En los patios de Lecumberri, Hugo y Julián se encontraron. Al verse, se estrecharon  en un abrazo fraternal y prendieron un cigarrillo.

“Ya vendrán mejores tiempos, Julián”, dijo Hugo. “La sangre de nuestros compañeros no ha de correr en vano. Pronto vendrán  cambios en el país. Nuestra lucha no es estéril, tengamos paciencia y perseverancia.”

“¿Pero quién va a poder con este régimen que todo lo reprime?”

“El pueblo, Julián, el pueblo. Pronto cambiará este gobierno, aunque quizá pudiera ser para lo mismo. Sin embargo, no soportarán la presión popular. Tendrá que haber cambios, no por concesión gratuita, sino porque las circunstancias lo obliguen. La lucha deberá continuar permanente, sin tregua,  día con día, mes con mes, año con año, hasta el advenimiento de la democracia y, aun así, nunca los esfuerzos serán suficientes”, profetizaba Hugo.

Margarita con frecuencia visitó a Julián durante los dos años de cárcel. Le llevaba libros, golosinas, y no perdió oportunidad de hacerle más llevadera la vida en la prisión. Consolidaron su amor e hicieron planes para el futuro.

Andrés y Susanita hacían gestiones para liberar a los jóvenes.  Un abogado amigo se ocupaba del asunto. Se pagaban únicamente los gastos de los trámites que se cubrían entre todos.  Al cabo de tres años, fueron liberados.

La casa de Susanita se vistió de fiesta para recibirlos y un nuevo sol en el horizonte iluminó sus vidas. “Los Apson” tocaron sus mejores canciones; el baile se prolongó después de la medianoche. Julián y Margarita refrendaron su compromiso de amor hasta las primeras luces del amanecer.

El nuevo gobierno prometía cambios. Sin embargo, la lucha continuaría por el advenimiento de una verdadera  democracia, por el respeto a los derechos humanos, por el cambio del sistema autoritario de gobierno a otro más justo y plural.

 Román se recibió de Ingeniero Electricista. Regresó a su tierra, trabajó en lo suyo y, con el tiempo, llegó a ser un próspero empresario de la industria eléctrica, consciente de sus deberes de justicia para con sus trabajadores.

Hugo terminó sus estudios de Economía. Su destino era la política. Postulado por los partidos de izquierda, logró ocupar varios cargos de elección popular desde donde defendió las causas populares.

“Los Apson” lograron grandes éxitos artísticos durante algunos años más, hasta que pasaron de moda con el surgimiento de otros nuevos grupos musicales. Sin embargo, Mauricio cobró fama como baterista de renombre internacional, y continuó su carrera artística recorriendo otros países. Su hermano Rubén con el tiempo se convirtió en un alto ejecutivo bancario, y el pianista Bisoña regresó a su país, en donde se destacó como una  celebridad de la música.

Tachito continuó en el magisterio durante algún tiempo más. Al fin se jubiló y regresó a su pueblo, con el fin de vivir en la tranquilidad del terruño los últimos años de su existencia, que no fueron pocos: vivió hasta los 102. De vez en cuando recordaba sus viejos tiempos de la bohemia en la cantina, escuchando a los trovadores de su tierra.

Andrés, el irremediable violinista, siguió con la música y, para la felicidad de Susanita, ya no en los cabarets de mala muerte, sino en un conjunto de cuerdas en la iglesia católica de una colonia de postín que le pagó decoroso sueldo.

Julián y Margarita se casaron; procrearon tres hijos. Ella fue amorosa compañera y madre celosa del bienestar de su hogar.  Él logró sus propósitos de ejercer el Periodismo en su terruño, y ambos participaron en actividades políticas, desde organizaciones sociales independientes, propagando sus ideas de justicia social.

La casa de Susanita durante diez años más recibió y despidió estudiantes como huéspedes. Cada persona con sus luchas, con sus ideales, con sus ambiciones, con sus alegrías, con sus triunfos, con sus realizaciones, con sus frustraciones, con sus sufrimientos, con sus duelos.

Una constante búsqueda para vivir la vida con dignidad.

César Ramón González Rosado

 Mail: crglezr36@yahoo.com.mx

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