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Las Cantinas de Mérida II

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Las Cantinas de Mérida

II

EL BAR CHEMAS

Así me gusta llamarlo. No “Chema´s Bar”, como está o estaba escrito en su fachada. Siempre me ha molestado la descastellanización de Mérida y de sus establecimientos comerciales. Habrá que puntualizar que Castellano viene de casta y no de Castilla. Y nuestra ciudad tiene casta. No hay que perderla.

El bar Chemas, en su tiempo, fue una especie de institución. Se reunían ahí, en sus buenos tiempos, estudiantes, políticos respetables –porque hay de los otros–, comerciantes, profesionistas, altos ejecutivos, pero nunca malandrines. La severa vigilancia de su propietario, el siempre cordial Demetrio Molina Ávila, no permitía desmanes.

Don Demetrio peregrinó en tres estaciones cuando menos. Lo conocí en su taberna “El Versalles”, que tenía como vecina la Casa de Montejo. Se trasladó después a un local con idéntico nombre ubicado al lado del Centro Cubano, a unos cuantos pasos del Palacio Municipal. Siguieron frecuentándola sus antiguos parroquianos, como Arturo Abreu Gómez, impenitente vendedor de libros, Armando García Franchi, siempre de impecable traje de casimir, Pedro Rosado Acereto, a quien todo el mundo había bautizado con el nombre de “kilowat”, Rodolfo Concha Campos y muchos más. La mayoría solo tomaba tres o cuatro vasos de “chicas” y se iba a comer a su respectiva casa.

Mi padre, que solía hacer lo mismo, me dijo una vez que fuera con su protocolo de notario a casa de don Demetrio a tomar una firma de su esposa. El Chemas había acabado de comprar el local de la botica “La Gota de Agua”, ubicada en el cruce de la calle 55 y 66, en cuyo vasto patio interior a veces funcionaban circos, de esos de carpa farandulera y trashumante. Tomada la firma de su señora esposa, a cuyo nombre puso el predio recién adquirido, comenzó a transformarlo. Huelga decir que después de la firma de la escritura de compraventa, me invitó a tomar una cerveza en “La Negrita”, del tradicionalmente coprolálico “Bizco” Escalante.

El “Versalles” se lo dejó para administrar a su medio hermano “El Bucho”, como se le conocía, y don Demetrio instaló el “Chemas Bar”.

Fue una especie de cenáculo de las más variadas especies. La política y la literatura se aliaban en él, así como el estudio. Había un cuartito muy acogedor. Una mesa de granito y ocho sillas. Ahí nos sentábamos a estudiar un compañero y yo, y a veces otros amigos se nos unían. En aquel tiempo – estoy hablando de más de treinta años atrás” – las “chicas” costaban veinte centavos, las “medianas” treinta y las “largas” cuarenta. Ahora creo que las “largas”, que son las únicas que se venden, pues ya no hay “chicas” ni “medianas” cuestan cuarenta pesos. Problemas de la sucesiva inflación.

Gentes de mayor edad que la mía cuentan que también se vendían las “niñas”, que eran la mitad de una chica y costaban diez centavos. Y es oportuno citar o referirse al Quijote cuando decía: “Dichosa edad y tiempos aquellos que los antiguos llamaban de oro”, o algo por el estilo porque no tengo mi Quijote a mano, ya que se lo di prestado a Mario Zavala, y no puedo hacer la cita exacta, pero por ahí va.

Total, que mi compañero y yo nos instalábamos a estudiar con gran disgusto de Don Demetrio, el “Chemas”, ya que lo único que consumíamos era aire, y no por falta de ganas, sino por carencia de dinero. Con las escarcelas vacías, con un par de “chicas” nos conformábamos para alumbrar nuestros cerebros de estudiantes. No daba para más nuestro patrimonio precario y limitado. Pero tal vez ese pequeño cuartito tenía magia, pues lográbamos excelentes calificaciones.

Lo que sí consumíamos, aparte del aire –y en abundancia– era botana. El famoso ha-sikil-pac que nos servían de vez en vez con crujientes tostadas era manjar de Dioses. En una ocasión, muchos años después, le pedí al Chemas un pomo para llevarle esa delicia a un amigo que vivía en México y que aquí en Mérida compartía conmigo esa rica botana. Le llevé el frasco y se puso a dar saltos de alegría. Casi me pone casa.

También los miembros del grupo literario “Voces Verdes” nos reuníamos en ese íntimo y tranquilo privado del Bar Chemas. Muchas veces examinamos y corregimos nuestros propios trabajos –aprendices de escritores y feroces críticos de nosotros mismos–. El señor Coronado, a quien le decíamos “cloroformo” por la lentitud que nos servía lo poco que podíamos pagar, tal vez por instrucciones del propio Chemas, me dijo una vez en “El Mesón del Mestizo”, allá en los portales de Santa Lucía, donde prestaba sus servicios, lo de los berrinches que hacía el Chemas al saber que firmaríamos la cuenta. Es justo reconocer que jamás nos negó la firma. Incluso nos dio no pocos anuncios para sacar nuestra mensual revista literaria, cuya salida jamás falló. Su frecuencia era cronométrica, sin ninguna ayuda oficial pudiendo haberla tenido, cosa que nunca intentamos para mantener nuestra independencia.

Para terminar este minicapitulo, un detalle más. Hicimos casual contacto con un joven escritor norteamericano, de nombre Jack. No recuerdo su apellido o tal vez nunca lo supimos. Estaba alojado en la casa de huéspedes de la señora Cervera Lynch. Escribía un libro sobre la guerra de Corea, en la que combatió. Como comprenderán es historia antigua, Vietnam es más reciente.

Cierto sábado en la noche en el Indian´s Bar, donde recalábamos todos después de nuestras acostumbradas visitas novieriles, Jack se encontró con el tristemente célebre “Verde” Castillo, tradicionalmente agresivo –creo que ya ha muerto–. Tuvieron ambos un cambio de opiniones, en plan pacífico y caso cordial.

Al día siguiente, domingo, coincidimos con Jack algunos de los integrantes de nuestra joven revista. Llegó el “Verde” Castillo. Vio a Jack, se acercó a nuestra mesa y de un “descontón” le rompió la nariz al escritor y lo tiró al suelo. Nosotros jamás estábamos habituados a ese tipo de violencia, en este caso a traición, y nos quedamos impávidos, desconcentrados, incrédulos. Pero don Demetrio Molina, como campeón olímpico, apoyó una mano en el mostrador, dio un salto sobre él, agarró al avieso agresor por la solapa y lo sacó a patadas a la calle. Después nos increpó a todos por cobardes. Estábamos realmente avergonzados. Lo único que nos quedaba por hacer era llevar a Jack a la Cruz roja para las curaciones de emergencia y acompañarlo al DAP a denunciar el delito de lesiones.

Pero esto es solo el principio; quedan muchas cosas que contar sobre el Bar Chemas.

[Continuará la próxima semana…]

ALBERTO CERVERA ESPEJO

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