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El Cóndor – Primera Parte

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EL_CONDOR_PARTE_UNO

El Cóndor

(Primera parte)

Mi nacimiento es un misterio, siendo que por algún juego de la naturaleza caería en nido vacío y ajeno, empollado entre ramas y los rayos del sol que ayudaban.

Cuando rompí el cascarón, me encontré con quienes nunca debí crecer. De pelaje parecido, mas yo un cóndor y ellos cuervos, algo indicaba que no éramos de la misma familia, aunque tampoco obstaculizados para coexistir plenamente. Éramos especies que nos mirábamos siempre desde lejos, sin llegar a convivir, ni mucho menos a competir; pero volar como nosotros – ¡tan alto y tan lejos! – eso para los cuervos resultaba un sacrilegio, por no aceptar que pertenecían a limitados cielos. Al menos tenían el consuelo de vivir más en familia, lo que los cóndores no siempre podemos.

Así que fui rechazado desde el primer día, siempre observándolos desde lejos, mirando más allá a aquellos con los que debía realmente estar – los otros cóndores que ignoraban de mi existencia –, mientras imaginaba lo que sería volar junto a ellos. Con el tiempo, fui creciendo hasta el punto de que, siendo aún un polluelo, doblaba en estatura al más viejo de los cuervos. Me veían gigante, se acomplejaban al verme andar, picoteándome en ocasiones, pero sin lograr doblegarme. Era terco y obstinado. Sabía que algún día tendría que volar e integrarme a quienes pertenecía de verdad.

Nunca logré hacerme su amigo, ni a quien sintiera familia aunque constantemente quería ayudar, ¡ser parte de la parvada! Pero solamente conseguía humillaciones, siendo nuevamente relegado sin piedad. Trataba de hacerme tan pequeño como los cuervos; pero el cuerpo me delataba, aun cuando intentaba andar lento para no tropezarme con ellos siendo que sin mala intención, por la naturaleza de mi altura, muchas veces me era imposible verlos.

Cuando mis alas comenzaron a emplumar, fui dejando poco a poco la talla de un polluelo para convertirme muy pronto en un joven adulto con capacidad para volar. Al abrirlas, a veces me llevaba entre ellas a los que estaban cerca, que salían expulsados por el aire tan fuerte que causaba solamente al batirlas. Esto hacía enojar a los cuervos, que entonces planearon a mis espaldas cómo deshacerse de mí, porque consideraban que no había suficiente espacio para un espécimen más grande entre ellos.

Sobrevivía a base de los restos que los cuervos dejaban. Cambié mi alimentación, incluso a cosas más vegetarianas, ¡tan solo para sobrevivir y un día finalmente poder partir de ahí!

Los cuervos adultos, entre juegos, enseñaban a volar a los más pequeños. Obviamente, yo era completamente hecho a un lado. Pero no le daba importancia alguna, todo aquello lo guardaba en mi memoria, a sabiendas que aquel conocimiento lo aplicaría algún día en mi cuerpo, cuando madurase suficientemente para dar el primer aleteo.

Me volví autodidactica y es que el diseño aerodinámico del cuervo es distinto al que yo poseo. Ambos teníamos cosas en común: plumas, alas y viento y, también – de alguna manera, aunque a diferentes alturas – ambos nos movemos entre cielos.

Comencé mis prácticas aventándome desde piedras suficientemente altas que encontraba. Caía rodando por los suelos, llevándome burlas y risas, mientras que ellos aplaudían por los logros menos esforzados a sus polluelos.

A veces, por la juventud de mi conciencia, me rendía y pensaba que tenía muy altas las expectativas; pero, al subir la mirada y encontrarme con las lejanas siluetas de gran envergadura en sus alas, más cercanas al sol que de mi existencia, intuía que era de ellos o al menos algo más parecido a lo que podía lograr con aquellos cuervos.

[Continuará]

 Arminda Villanueva Garrido

yogo1977@hotmail.es

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