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El barquito
(Final)
El agua comienza a inundar el barquito. Con las manos y lo que encuentro intento sacarla.
El loco solo grita, se golpea, amenaza con tirarse al mar.
Entre malabares, saco el agua y le sujeto. No lo puedo calmar, así que me dedico a seguir sacando el agua; por él no puedo hacer más. Además me tengo que sujetar, que las olas están asustadas, que vienen y van entre la tormenta que a todos azota.
De milagro, o qué se yo, pero después de este vendaval nos hemos salvado los dos.
Hay decenas de delfines pasando a un costado del barquito. Dicen que, donde están ellos, los tiburones no merodean.
Ha salido de nuevo el sol, menos fulminante y finalmente más amable. Se ha formado un gran arco iris y el mar está hecho un plato. Al ver tales hermosos colores pintados en el cielo, aquel loco se incorpora y, entre fuertes gemidos y estruendosos alaridos, comienza a saltar y a pegarse de nuevo. A duras penas logro entender su nombre: “¡Soy Artemio!”
Avanza hacia mí y, con toda la fuerza de un temblor, me toma a jalones del brazo y me echa con total brutalidad por la borda.
Caigo al agua, pero nada me asusta. Sonrío y luego me ataco de la risa: estoy en aguas calmas.
Mi madre siempre dijo que tenía vista de águila, así que diviso una delgada franja de tierra, tan imperceptible para la vista normal, pero de mí no puede escapar.
Sonriendo, invito a Artemio a venir conmigo al mar; pero me ignora, se sienta con una tranquilidad tambaleante en el barquito, y con las manos comienza a remar y a alejarse, parsimoniosamente, sin decir nada más, destinándose de nuevo a su propio olvido.
¡La promesa de mi esperanza, a un par de kilómetros se ve cumplida! “¿Qué es lo peor que puede pasar ahora?”, me pregunto.
Con muchas ganas comienzo a nadar y a nadar. ¡Con todas las ganas del mundo!
Me agoto hasta la médula. Descanso un rato, manteniéndome débilmente a flote, pero las olas confabulan a mi favor. Me pongo boca arriba, me dejo llevar por ellas, mientras sigo admirando aquel arco iris en ese cielo dorado que la tarde me va regalando y, por fin, sin darme cuenta, toco tierra firme.
¡He logrado llegar!
Mis pies, después de todo este tiempo, por fin han tocado suelo. Me hinco y doy gracias por todo, hasta por lo que no pasó.
Con los días, ya reunida con el resto de mi familia, un periódico caería en mis manos.
Frente a mí el gran encabezado que enmarcaba una siniestra foto: “Restos humanos encontrados dentro de un tiburón.” En aquella escena sanguinaria, entre vísceras y carne despedazada, la estrella de David brillaba.
Así fue el final de Artemio.
Solo pude sentir compasión. Espero que aún quede alguien que llore por él.
¡Soy toda una sobreviviente!
La vida continúa brillando para mí, como brilla la estrella de David cada vez que me la encuentro, para de alguna manera recordarme cómo sobreviví, y que valore el estar aquí.
ARMINDA VILLANUEVA





























