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Polo
A la memoria de José Leopoldo Caamal Chan
Tekantó 15-XI-1940 – Mérida 3-I-2016
Su espectro pasea por el mercado santiaguero.
Le llaman por el apodo, ¿quién no le conoció?
Camina con la peculiar impronta de la familia, va y viene por el vecindario.
Un aura de familiaridad y asistencia corona al soberano.
Las llaves de la cordialidad y los años le abren más de una puerta.
Sus manos envuelven granos y especias.
De todos recibe frutas, verduras y manjares.
Acude puntual a extinguir la flama de los fogones donde se cuecen las raciones de mañana.
Mande la confianza.
Golpea las teclas de la Remington portátil, las tareas finales de su carrera.
Los retratos de Lucía y Verónica, estrellas del universo Teleguía, en la puerta de su estante.
Un sábado, una noche. Los zapatones de la canción el gigante.
Lidia con los sobrinos, en la bruma de la broma y la severidad, puntualizando a su manera los espacios de respeto y dignidad.
Funambulista en la cuerda de la guasa y la sensatez, cualidad de nuestra sangre, pero respetuoso, correcto y solemne dónde, cuándo, y con quién debía ser.
Revolotean los sobrenombres en los sobrinos.
Paseo estas céntricas calles por él tanto andadas.
En la bóveda celeste, las constelaciones siguen el lugar asignado, el planeta continúa su movimiento cíclico, la vida continúa, pero su presencia hace falta.
Un domingo, personas y automóviles bullen, el calor aumenta y las nubes ciñen la ciudad, mientras la tarde enfría.
El sol huye por el poniente, y la noche reconcilia la paz y el descanso.
Lo veo en la voz de los abuelos, acostado sobre el costal, debajo del túmulo de hojas y hierbas, cortadas y barridas.
Sobre el estanque mira los contornos de las nubes, el vuelo de las aves, y luego la vida, la alegría, la jocosidad y la posteridad.
Habrá un pensamiento para el deseo y el momento de retornar.
Juan José Caamal Canul





























