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Vivencias Ejemplares. Apuntes de un Maestro Rural.

Soy famoso por mi aplicación… ¡de inyecciones!
Raúl:
Yo me había hecho famoso porque inyectaba y no dolía. Mi método consistía en introducir únicamente la aguja con un rápido golpe de muñeca; cuando el paciente lo advirtiera era porque la aguja ya estaba adentro, y él solo había sentido un golpecito. Después acomodaba la jeringa para inyectar. Cuando se trataba de un niño, cuidaba que no viera la aguja ni los preparativos, todo lo cual lo hacía mientras alguien lo entretenía. Al final, casi no se enteraba de lo que había pasado.
Recuerdo un día en el que me llamaron para inyectar a una bellísima mujer fuereña, proveniente de Guadalajara, según me platicó, de unos 35 o 40 años. Al yo llegar, me miró de arriba abajo; observó que me lavé las manos con alcohol y vertí un poco en la tapa del estuche de mis agujas y jeringa para hervirlas, hasta cuando con la jeringa seleccionaba alguna aguja y probaba con el algodón que no estuviera despuntada o con la punta doblada, y hasta cómo serruché el cuello de la ampolleta para absorber el agua bidestilada para ponerla en el recipiente con la penicilina en polvo.
Ella me preguntó: “¿Por qué no pone toda el agua?”
– “Porque a veces se tapa la aguja con el polvo y no hay manera de hacer pasar la medicina. Ese poquito lo recojo al final y es lo primero que pasa por la aguja al inyectar,” le respondí.
“Ah!” dijo, aprobatoria.
– “¿Te han inyectado penicilina antes?” pregunté para saber si le haría la prueba o no.
– “¡Sí! Mucha,” dijo con cierta tristeza.
Ya cuando iba a inyectarla me encuentro con unos glúteos llenos de duras bolas, al grado de que no había por donde poner libremente la aguja.
Pobrecita mujer. Yo no sé cuál sería su problema para haber necesitado tantas pinchadas, ni por qué se le habían formado tantas bolas, pero era algo terrible de ver. Ni modos. Sin comentario alguno, entre bola y bola, escogí el lugar que me pareció preferible y procedí.
Al terminar, cuando sintió otra vez el algodón con alcohol, me preguntó extrañada: “¿Qué pasó?”
–“Nada,” le dije. “Ya está.”
Se incorporó con los ojos muy abiertos y me dijo: “¡No puede ser! ¡No lo sentí!”
Deduzco que la habían inyectado antes sin cuidado alguno y con agujas despuntadas. Ve a saber.
Otra vez puse una intravenosa a una señora gooorda. Con toda mi paciencia y mi miedo, busqué y busqué, tratando de encontrar una vena en su enorme brazo, y después de un buen rato creí sentir una. Repetí el proceso, y cuando casi estuve seguro de que sí era su vena lo que creía sentir, introduje la aguja, ahí si lentamente. De pronto, el característico chorrito rojo apareció en la jeringa. ¡Qué alivio! No moví la aguja más, y muy cuidadosamente dejé ir la sustancia. En las siguientes inyecciones, el puntito que dejó como cicatriz la primera inyección me sirvió de referencia y ya no hubo problema. Me adoraba.
Cierta vez recibí la felicísima sorpresa de la visita de mi hermanito Carlos, quien estudiaba agronomía en Chapingo. Él me acompañó cuando tuve que inyectar a un niño en el ranchito vecino de El Tecolotillo.
Cuando regresábamos, me dijo sonriendo que un día iba a provocar un problema adicional a mis enfermitos, porque incontables gérmenes en el ambiente tan insano podrían penetrar por la aguja puesta mientras lograba colocar la jeringa. Este fue el primer aviso.
Días después, me llevé tremendo susto cuando, al inyectar a un muchacho, me volteé para tomar la jeringa y un chorrito de sangre me salpicó la mano –se veía re-bonito cómo salía por la aguja puesta–. Rápidamente la retiré, mientras trataba de explicarme lo que pasaba.
Controlado ya, puse la inyección en el otro lado, pero ya no apliqué la aguja primero… y nunca más lo volví a hacer.
Debo decirte, Raúl, que solo cobraba cincuenta centavos, que siempre agregaba: “Si los tienes”, y que muchas veces no les cobraba. Esto a pesar de que ganaba muy poco – ¡Qué mal nos pagaban a los maestros! -, pero es que nunca lo hice por incrementar mis ingresos, sino porque lo que quería era ayudar. Sólo cobraba para reponer las agujas y lo necesario para continuar. Alguna vez me di cuenta, sin embargo, de que realmente no perdía mucho, porque esa pobre gente me obsequiaba a menudo un rico queso que ellos mismos elaboraban en su casa, o jocoque.
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El día de las competencias deportivas en Mariana llegó fatalmente. Este fue el momento más intensamente vivido por mí en El Ahijadero. Las angustias por su causa no las olvidaré jamás.
MTRO. JUAN ALBERTO BERMEJO SUASTE
Continuará la próxima semana…





























